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López: año 3

El año tres ha concluido con el demagogo autoritario encarrilado, listo para otro trienio de poder y destrucción.

Un líder que gobierna mientras se mira en el espejo. Tres años de una política de tierra arrasada en que habla de transformación mientras se destruye lo duramente construido. AMLO se despojó de la piel de oveja democrática al llegar al poder. Se quitó esa incómoda máscara que por años utilizó, para mostrar lo que siempre fue: un demagogo autoritario.

López considera que una etapa histórica inició con su persona. Los grandes próceres de la nación serían Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Lázaro Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. La vida del México moderno arranca en 2018, y por eso no se cansa de festejarse a sí mismo. El primer día de julio, en que las urnas lo catapultaron al poder, y el primero de diciembre, en que por fin se calzó la banda presidencial con la que soñó toda su vida. En una nueva oleada de la pandemia, no titubeó en convocar a las masas al Zócalo, que un montón de acarreados lo aplaudieran mientras proclamaba el arranque de su cuarto año de reinado. México se sublima en su persona.

Un hombre que se cree convocado por el destino a conducir a una nación no puede equivocarse. López Obrador tiene absoluta confianza en la inteligencia, ideas, experiencia, propuestas y acciones de López Obrador. Necesita, nada más, fieles subordinados que sepan obedecer y no se atrevan a cuestionarlo, y de ellos se rodea. “No es ninguna ciencia” y “tengo otros datos” son los pilares de la acción gubernamental, muestra de quien todo lo sabe.

Nada de complejos procedimientos o enredosos esquemas, de esos que tanto gustan a los tecnócratas neoliberales. A destruir las reglas, los contrapesos, la vigilancia de otros poderes o instituciones autónomas. Lo que necesita un iluminado es el poder sin obstáculos, y es lo que el tabasqueño se ha estado labrando. Su golpe más reciente es un decreto en que López Obrador proclama como intocables, libres de todo control o escrutinio, las obras favoritas de López Obrador. Si en el medioevo el príncipe era señor de horca y cuchillo, este Rey Sol del siglo XXI dispone a su antojo de los dineros de la nación, listos para canalizarse hacia sus caprichos.

El genial estratega no hace sino cosechar triunfos a su paso, porque igualmente así lo proclama. Los fracasos no existen. A la mayor militarización de la vida pública responde, enfáticamente, que no se militariza. Ante la falta criminal de medicamentos dice de la misma manera que no es cierto, o anuncia que están a punto de llegar. Frente a la ausencia de crecimiento económico, que lo importante es el bienestar, y ante los cientos de miles de muertos por COVID, que ninguno careció de una cama de hospital, un ventilador o un médico. Los millones de nuevos pobres no existen, como tampoco los niños y adultos sin medicamentos oncológicos, ni aquellos que perdieron su empleo por la pandemia, la huida de inversiones, el crimen o el cambio en el régimen de subcontrataciones.

Las corruptelas de su gobierno, de sus colaboradores, de sus familiares más cercanos, tampoco ocurren. Ante la evidencia de la rapiña que aquellos con su apellido perpetran, su táctica es atacar enfurecido al mensajero, esperar a que el escándalo desaparezca de los encabezados, para entonces de nuevo decir que es una de esas aves que cruza el pantano, pero no se mancha (ciertamente no lo hace, para el trabajo sucio manda a otros con los sobres necesarios).

El año tres ha concluido con el demagogo autoritario encarrilado, listo para otro trienio de poder y destrucción.

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