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Enloquecido y sin control

López Obrador ya no titubea en la confrontación abierta y directa. El ferviente estatista se quita la última máscara y se descara como lo que siempre ha sido: un autoritario.

Llega a la mitad de su gobierno muy enojado. Como siempre, Andrés Manuel López Obrador no tiene dudas de que está en lo correcto. La diferencia es que ya no titubea en la confrontación abierta y directa con aquello que enfrenta. El ferviente estatista energético se quita la última máscara y se descara como lo que siempre ha sido: un autoritario. Está dispuesto a salirse con la suya, cueste lo que cueste, al cabo que el pago por los daños no saldrá de su bolsillo.

El inquilino de Palacio ha ido en ascenso en su capacidad destructiva, y ahora busca una nueva cima. En 2018, poco antes de tomar posesión, anunció la cancelación del proyecto de infraestructura más ambicioso en décadas. AMLO consideró que sabía más que todos los expertos aeroportuarios que apoyaban Texcoco, y optó por un rimbombante ‘Sistema Aeroportuario Metropolitano’, que dada la orografía del Valle de México promete ser un completo desastre. Cientos de miles de millones de pesos tirados a la basura entre detener una obra gigantesca a mitad para dejarla en nada mientras construye una terminal aérea digna de un país de África subsahariana.

La segunda destrucción masiva fue a inicios de 2020, con la desaparición del Seguro Popular. Si desmantelar Texcoco era negar un legado a Enrique Peña Nieto, eliminar ese sistema de salud era hacer lo propio con Vicente Fox, que lo estableció, y Felipe Calderón, que lo expandió considerablemente.

Procedió a destruir hasta los cimientos, y montar sobre las ruinas su propia (obviamente genial) idea. Nada menos que tener un sistema de salud tipo escandinavo, en que consultas, procedimientos y medicinas serían por completo gratuitas. Todo esto, además, ahorrando dinero, porque redujo considerablemente los recursos para el nuevo Instituto de Salud para el Bienestar.

El Insabi inicialmente no resultó como se esperaba, y AMLO pidió poco menos de un año para que funcionara a la perfección. Todo esto cuando iniciaba el azote de la pandemia. Llegó la fecha mágica en diciembre 2020 y desde entonces, en su mente, ya cumplió: México, en salud, es como Dinamarca.

En ambos casos el enloquecido se convence que su acción es necesaria por las corruptelas que arrancará de raíz. Muerto el perro, se acabó la rabia. Lo que llega en su lugar, diseñado por el propio AMLO, es nuevo y puro. La destrucción del NAIM Texcoco se cifra en cientos de miles de millones de pesos, y el Seguro Popular en un número indeterminado de vidas destrozadas por muerte, enfermedad o sufrimiento que pudieron evitarse.

Llega el turno de destrozar el sector eléctrico nacional. La regresión devolvería a la Comisión Federal de Electricidad su poder monopólico y arrasaría con la infraestructura privada establecida para grandes consumidores, al paso que forzaría a CFE a generar al máximo de su capacidad, incluyendo lo más contaminante y costoso.

De paso destruiría la reputación de México como un destino confiable a la inversión y arrastraría al gobierno a un sinfín de demandas y juicios internacionales. ¿El daño potencial? Decenas de miles de millones de dólares.

No importa. AMLO se mira en el espejo y encuentra a una mezcla de Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos. Los villanos son Bimbo, Oxxo y Walmart, por supuesto abusivos y fifís. Si para Enrique de Navarra, París bien valía una misa, para el tabasqueño recuperar lo que llama soberanía energética, lo es romper una columna central de la economía. Es el enloquecido y sin control en su más reciente fase de destrucción.

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