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Seis años son muchos para un inepto

Que sus garrafales errores ya estén alcanzando al Presidente, no será ningún consuelo para un pueblo que votó por él.

Un sexenio es un ciclo de gobierno inusualmente largo, sobre todo con un inepto en Palacio Nacional. Las decisiones y omisiones equivocadas tienen mucho tiempo para madurar y evidenciar al responsable. Andrés Manuel López Obrador, como todo dictador en evolución, ya muestra su gusto por el poder y las ganas de perpetuarse en el mismo. Como tantos otros, en cambio, acabará su gobierno entre el oprobio y el desprecio que merecen los gobernantes cuya ambición fue infinitamente superior a su capacidad.

AMLO ni siquiera podrá recurrir al pretexto de decir que heredó proyectos desastrosos. Su mesiánico afán de ser el alfa y omega de México lo lleva a destruir bien y construir fatal. Un ejemplo destacado es su primera acción destructora, todavía como Presidente Electo: cancelar el aeropuerto de Texcoco. Ser un bodrio arquitectónico no será el problema de Santa Lucía, sino el desastre que implicará manejar el espacio aéreo del Valle de México con dos aeropuertos.

Catástrofe como lo será Dos Bocas, otra improvisación del tabasqueño con una de sus obsesiones más marcadas: que México deje de importar gasolinas. Se supone que los primeros barriles saldrán de la refinería el primer día de julio de 2022, nada menos que para festejar cuatro años de la elección del líder. Lo más probable es que termine el sexenio y ese complejo tan propenso a inundarse no produzca una sola gota de combustible. Si lo hace, al mismo tiempo arrojará pérdidas financieras que se añadirán a las ya astronómicas de Pemex. El tren maya será otro agujero negro de recursos para alimentar un elefante blanco.

Esos son los proyectos de largo alcance cuyos fracasos serán evidentes a partir del año entrante, monumentos a un sexenio malogrado antes de concluir. Pero la ineptitud también muestra resultados en el corto plazo. No invertir en mantenimiento esencial en el Metro ha sido la tragedia más reciente con muertos y heridos, solo agregada a incendios e inundaciones en las instalaciones, aparte del pésimo servicio. Los centavos ahorrados ayer para financiar elefantes blancos y programas clientelares se pagan hoy con pesos por las costosas reparaciones que demandan.

Pero además se pagan con vidas. En los vagones del Metro, o en los niños y adultos que hoy carecen de medicamentos y que antes estaban disponibles. Porque AMLO pensó que distribuir medicinas era como repartir gansitos y Sabritas, y que el negocio mejor quitárselo a entes privados. Igual de sencillo era destruir el Seguro Popular y crear, por decreto, un sistema de salud danés. La imaginación obradorista no tiene límites, pero la realidad es más complicada.

En el futuro cercano serán niños que morirán por falta de vacunas contra enfermedades ya superadas, lo mismo que ahora por falta de quimioterapias. En uno lejano se sentirá el impacto de todos los expertos en las más diferentes ramas del conocimiento que han dejado el país, o no planean regresar al concluir sus estudios. Esa expulsión de pobres y educados será otra merma por muchos años mientras AMLO goza de un cómodo retiro sin necesidad de pensión gracias a las corruptelas de su círculo más estrecho.

Un México más atrasado, pobre y desigual es lo que ya es hoy evidente, y más lo será en los 40 meses por venir. Que sus garrafales errores ya estén alcanzando al Presidente, que otros más graves le explotarán en las manos, no será ningún consuelo para un pueblo que votó esperanzado por un inepto que se siente mesías salvador.

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