Econokafka

El dictador se desenmascara

Andrés Manuel López Obrador no necesita forzar al legislativo, lo tiene a su servicio gracias a la mayoría que le otorgaron las urnas.

El autócrata nunca será un demócrata y eventualmente se quita la máscara. Lo hace sin pudor cuando ya tiene el poder que tanto ambicionó. La democracia muere muchas veces apuñalada con el arma que entregaron los votos cuando no hay instituciones sólidas, los llamados frenos y contrapesos, que logren detener al autoritario que no titubea en derruir todo aquello que le estorba.

No hay una proclama abierta de dictadura, lo que hay es el reclamo de encarnar al pueblo. Se impone la autoridad proclamando el origen más puro imaginable: hablar por las mayorías y contra las oligarquías. Es el momento en que el gobernante dice que las leyes no importan y se declara vocero de las masas. Es el poder unipersonal más hipócrita posible: un individuo que se proclama como una mera correa de transmisión de millones de voluntades.

Adolfo Hitler utilizó el incendio del Parlamento (Reichstag) para legalizar su dictadura. Hugo Chávez su arrolladora popularidad para forzar al Congreso venezolano a convocar un constituyente. Andrés Manuel López Obrador no necesita forzar al legislativo, lo tiene a su servicio gracias a la mayoría que le otorgaron las urnas. Quien vivió su juventud obnubilado por el poder presidencial, ha reproducido lo más abyecto del priato cuatro décadas más tarde.

La diferencia es el personalismo de AMLO. Antítesis de Plutarco Elías Calles, el tabasqueño fundó su partido como vehículo para alcanzar el poder él, no construir un mecanismo para negociarlo y repartirlo sin conflictos. Morena es un mero accesorio, y sus legisladores levantadedos (a la usanza priista) que no deben atreverse a alterar ni una coma de aquello que provenga de Palacio Nacional (y no se atreven).

Como dictador, López Obrador tiene en la demagogia una forma constante de disfrazar sus intentos por hacerse de más poder. El hermano de Pío, primo de Felipa y cuñado de Concepción, con otros familiares directos que no se cansan de presumir dinero como los nuevos ricos que son, proclama que destruye por ahorrar dinero y para acabar con estructuras corruptas.

Con 29 meses de gobierno a cuestas, hay algo sobre lo que AMLO no ha podido dictar o decretar a pesar de su poder: la realidad. La economía no crece, como tampoco lo hace la producción petrolera, pero en cambio ha estallado el número de aquellos en pobreza. Su “sembrando vida” ha demostrado ser destructor de bosques, y sus pretensiones de honestidad republicana ya no las compra nadie. Ni quien se acuerde del monto de su rebajado sueldo cuando trata a la Secretaría de Hacienda como su hacienda de Palenque.

A pesar de su obstinación en vivir entre otros datos, en pintar una realidad alternativa (acaba de cumplirse un año de que proclamó “domada” la pandemia) es probable que sepa que va en camino de pasar a la historia (cuyos anales le obsesionan) como el peor Presidente del México contemporáneo.

Pero las derrotas no han provocado introspección, menos una reversa. La frustración en un mesiánico no lleva a reconocer los errores, menos a corregir el rumbo, sino a doblar la apuesta buscando recuperar todo. Es el momento del todo o nada, de la radicalización, de arrojar cualquier prudencia que quedaba al viento. La defenestración del amigo como candidato a gobernador de Guerrero ha sido, al parecer, la gota que derramó el vaso.

José López Portillo se radicalizó en sus últimos tres meses de gobierno, lastrando al país por años con sus locuras de fin de sexenio. A López Obrador le quedan 42 meses.

COLUMNAS ANTERIORES

El idealizador de la pobreza (ajena)
Los misterios de Herrera y Ramírez de la O

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.