Vivimos, qué duda cabe, una era de incertidumbre en el mundo. Pocos períodos históricos se presentan tan complejos como los que ahora nos está tocando vivir.
Cuando pensábamos que la democracia había triunfado en el mundo, después de la caída del muro de Berlín y con el simbolismo del fin del socialismo realmente existente y que la globalización económica se hacía una realidad con el modelo neoliberal, las crisis tempranas del modelo en los 90 en varias zonas regionales advertían de la complejidad de la transición económica de las economías cerradas a una apertura que también dejaba saldos negativos para sectores empresariales, actores políticos beneficiarios del antiguo sistema, y precariedad de algunos sectores sociales, pero las promesas de un mundo mejor para todos era atractiva; los avances tecnológicos para tener sociedades más modernas, mejoras de renta social per cápita, sociedades más democráticas con ampliación de derechos, y la revolución digital, entre otras, anunciaban una nueva era de progreso para todos, no fue así sin duda.
La crisis financiera del 2008 desveló “el capitalismo de amigos” y cimbró al modelo neoliberal. La pandemia de influenza en esos años y diez años después la de Covid nos mostraban otra cara de la globalización al dispersarse de una forma más rápida la enfermedad y lo frágil de la economía global frente a este tipo de acontecimientos inesperados.
Los saldos en el mundo por los movimientos del capital y de las empresas nos posibilitó mostrar los efectos de la pobreza y desigualdad social, no solo entre países, sino dentro de ellos, con marcadas diferenciaciones entre el campo y la ciudad; y un desarrollo desigual de las oportunidades para la gente hizo aparecer a los populistas para amenazar, desde dentro del sistema, a la democracia, a partir del Brexit y la llegada de Trump como ejemplos significativos.
La paz global que vimos aparecer con la terminación de la Guerra Fría por el desmoronamiento de la URSS y con ello, la amenaza de una guerra nuclear, ahora se desvanece por las amenazas de Putin de radicalizar a ese punto el discurso en su locura de rearmar el rompecabezas que era la antigua URSS, como si de la guerra de los Balcanes de los 90 tampoco hubiéramos aprendido nada; hoy su enfermiza obsesión de apropiarse de territorios de Ucrania vía la invasión no solo tiene al mundo entero en un estado de incertidumbre sino que sus consecuencias nos afectan a todos gracias a la globalización por la vía de los precios de los combustibles, los alimentos y los fertilizantes, haciendo que la ruta de recuperación económica, que se iba lentamente desarrollando después de lo más difícil de la pandemia del Covid, tiene esa guerra, por un autócrata, al borde de una recesión económica global.
En México tenemos una violencia que, aparte de las amenazas a nuestra democracia y de la crisis económica, pone en riesgo no solo la convivencia social sino la vida misma, en medio de un populismo que está destruyendo no solo las instituciones sino la ruta para un desarrollo económico que permita combatir la pobreza y la desigualdad social y tener una alternativa para las nuevas generaciones. Hoy los números de la emigración por falta de oportunidades y por la violencia se elevan; solo para darnos una idea, de enero a septiembre, 626 mil 972 mexicanos han sido detenidos y repatriados en Estados Unidos, sin duda, el número de los migrantes nacionales se ha incrementado por la falta de empleos con una economía tronada por un gobierno incapaz y corrupto, sin una verdadera política económica, por sus vínculos con los delincuentes y una mayor militarización que amenaza las libertades y la democracia, además.
El fracaso económico del gobierno sigue con la complicidad de la mayoría del bloque parlamentario aprobando un Paquete Económico, que fuera de toda realidad, piensa que la economía crecerá al 3 por ciento; cuando organismos internacionales financieros como el FMI dice que creceremos en 2023 a 1.2 por ciento del PIB; la OCDE, a 1.5 por ciento; CEPAL, a 1.1 por ciento; BBVA estima el próximo año un crecimiento de 0.6 por ciento; el Banco Mundial, 1.5 por ciento, y hasta Banxico, en 1.2 por ciento, con ello mayor pobreza. Los expertos consideran casi inminente una recesión global entrando el año.
Sin duda que con algunas dificultades, pero el mundo y el México de ayer sí nos daba mejor certidumbre y necesario es que reflexionemos dónde, cómo y quiénes fueron los responsables de su derrumbe o de la alteración de su ruta para que, con serenidad y mucha responsabilidad, busquemos retomar ese camino de paz, libertades, democracia, crecimiento económico y progreso social más equitativo. No es la añoranza de que todo pasado fue mejor, sino el compromiso ético de heredar un mundo y un México mejores a las nuevas generaciones; las elecciones de 2024 deben de ser justo la oportunidad de corrección del actual desastre.