En estos días, el debate sobre la presencia de las Fuerzas Armadas (Ejército y Marina) y su permanencia en las calles “combatiendo” al crimen organizado hasta el 2028, amén de la incorporación formal y estructural de la Guardia Nacional al Ejército, me parece ha olvidado centrarse en lo importante para la sociedad, para los ciudadanos de a pie de este país, que a saber sería: con estas modificaciones legales y la pretendida reforma constitucional se modifica la forma real y concreta de operación de seguridad, es decir, hay un cambio estructural de la política pública para combatir la inseguridad y la violencia que padecemos los ciudadanos, porque hasta donde alcanzamos a ver ni el presidente modifica su política de “abrazos y no balazos”, ni la oposición política en el Congreso presenta una alternativa real concreta y valida a estos temas.
Tener un estilo militarista de gobernar como el de López Obrador es un retroceso sin duda en nuestra democracia, y la lucha en contra de este “modito” de gobernar debe de ser entendido no como estar en contra de las Fuerzas Armadas, ya que ellas solo obedecen a su jefe que es el presidente, como " comandante supremo de las Fuerzas Armadas”; de la destrucción institucional que López ha hecho en muchas de las áreas de la arquitectura institucional del gobierno y las tareas asignadas al Ejército me parece que esta ultima es una de las más graves que hace, porque no solo tergiversa las acciones constitucionalmente asignadas a los militares sino en muchos de casos los expone al cohecho y la corrupción, ilícitos que si estuvieran en sus cuarteles y cumpliendo el mandato constitucional no estarían sujetos a esos riesgos ni “tentaciones " o serían quizá mínimos, pero hay que aclarar no son ellos lo que lo han pedido sino el presidente, con sus prácticas autócratas y su manera de evitar cumplir con la Constitución, las leyes, las normas y hasta la burocracia (por aquello de la verticalidad del Ajército) la que ha llevado a este proceso de militarización gubernamental.
El disparate presidencial de llamar a una “consulta” para que el pueblo decida si el Ejército debe de permanecer en las calles es una más de las diatribas de López Obrador y el solo expresarlo, un atentado contra el artículo 35 de nuestra Constitución, ni al caso seguirle la corriente.
La ausencia de contrapesos al inmenso poder presidencial actual y una oposición realmente disminuida, desacreditada y dividida que nada tiene de hacer y decir frente a las acciones y decisiones del presidente hace que incluso una victoria pírrica, como la que acaba de darse en el Senado, sea festejada en una proporción que no corresponde con la realidad, porque lo que ha hecho también este acto es desvelar la gran división que hay de lo que queda del PRI, y de la relación de éste con el PAN y el PRD para vaciar la colación de estas fuerzas partidarias y poner en evidencia y toda claridad el papel servil y de esquirol que la “dirigencia” del PRI hace como peón de López Obrador.
Una vez más en estas páginas hay que recordar lo que ya en otras ocasiones he escrito: que el triunfo arrollador que los electores le dieron en 2018 al Presidente tiene sus bases en un hartazgo de la sociedad con la tradicional “clase política” y sus partidos, que llevó a una gran irritación social por el cúmulo de hechos de corrupción, impunidad, violencia desenfrenada, inseguridad generalizada, mediocre crecimiento económico, falta de empleos, aumento de la pobreza y desigualdad, entre los temas más sobresalientes, no tener presente esto para el análisis, es olvidar el contexto en que se dio el triunfo de López Obrador, pero lo más importante la casi nula credibilidad que “a los de siempre” les tienen los ciudadanos y todas las encuestas de antes y recientes coinciden en ello, porque cuando esta " clase política” rechazada por la sociedad ataca al presidente sin antes hacer una autocrítica de su quehacer político y de gobierno, lo que hace con sus acciones, aún y sin que se lo proponga, es volver a polarizar la arena política, y si enfrente existe un presidente autócrata que no se comporta como jefe de Estado, dispuesto a “fajarse” con cualquier pretexto con lo que resta de la oposición y hacer lo que la política y la perversidad, le dan para aún pulverizarla más, pues entonces la polarización se vuelve constante y rutinaria, en detrimento de la política, de la gobernanza y al final de nuestra precaria democracia.
Desde siempre en la historia de las formas de gobierno en el mundo, han existido contrapesos y aquí resulta que uno muy importante como es el Congreso un grupo parlamentario de la “oposición” está dividido en las Cámaras, por un lado, uno servil al presidente por oportunismo político como lo es el de la Cámara de Diputados y otro aliado al resto de la oposición en el Senado, pero al final del día López Obrador logra un propósito político estratégico, pulverizar la oposición, por más raquítica que sea, pero ni las Fuerzas Armadas logran tener un marco jurídico que legalice su presencia en el combate a la inseguridad pública, y tampoco los ciudadanos tenemos ni seguridad ni se termina la violencia y el militarismo presidencial continúa.
Para frenar el estilo militarista de gobernar del presidente, la oposición política partidaria debería y debe ser la que guíe el papel de los poderes formales, institucionales y marcar línea a los poderes facticos legales frente al poder de López Obrador, pero para ello debe recordar, como escribió Gianfranco Pasquino, que “solo una oposición que se arriesgue a salir a mar abierto podrá, aún antes de ganar las elecciones, parecer y ser representativa y representante de muchos de aquellos grupos cuyos intereses se agreden, cuyos ideales se olvidan y cuyos valores se pisotean” (La oposición, Alianza Editorial, Madrid 1998). No olvidemos que la existencia de una oposición no es para torpedear solo por el gusto o el hígado al actual gobierno, sino porque su papel es para que el gobierne no mal gobierne y porque su existencia es parte consustancial a la democracia misma y este es el verdadero objetivo que debemos de plantearnos en un contexto del riesgo que la democracia tiene hoy enfrente de poderes y liderazgos personalizados que la amenazan.
Entonces, si la oposición no existe o está cooptada (o una parte del PRI) por el presidente, hay que crearla y fortalecerla desde la sociedad civil para contener la militarización del presidente que sin duda es un retroceso a nuestra de por sí débil democracia.