Salvador Garcia Linan

Vulnerabilidad

“Viví” casi todo el tiempo sintiendo gran vulnerabilidad. No tardé mucho en renunciar a mi trabajo como ejecutivo en una empresa argentina en Monte Grande.

Cuando Fidel Castro “gobernaba” Cuba, visité con mi familia la isla cubana. Desde el primer trato con el empleado de Migración cubano, nos sentimos vulnerables. Llegábamos a una linda ciudad, pero en todos los lugares de La Habana, nos sabíamos extranjeros, porque sentimos siempre que alguien nos estaba vigilando. En una ocasión dos militares quisieron llevarse presos al par de jovencitos que nos “guiaban” por la ciudad. Los salvó mi credencial de periodista mexicano y mi decisión.

En otra época de mi vida, volví a sentir gran temor. Vivía y trabajaba en Argentina. Sin embargo, la dictadura militar que “gobernaba” ese país, me hacía sentir un alto grado de vulnerabilidad. (¿Miedo?). Para comenzar, me recomendaron que “nunca” saliera a la calle sin documentos de identificación. Con los militares no había leyes, sino extrema brutalidad. Aunque estuviera lloviendo, deberían llevarse las ventanillas del auto abiertas. Si un militar te ordenaba parar y no lo escuchabas, te disparaba.

Frente a mi departamento en el tercer piso, en las calles de Arroyo y Pellegrini, una noche escuché fuertes voces que ordenaban algo. Me asomé a la calle y vi a dos militares disparar a un joven civil que huía de ellos y se había metido en la parte trasera de un auto estacionado, buscando salvarse. Abrieron con violencia la puerta trasera del auto y le dispararon los dos militares, repetidas veces. Quince minutos después, llegó una camioneta descubierta y sin que ningún médico verificara su estado de salud, “aventaron” el cuerpo a la parte trasera de la camioneta, sin saber si estaba vivo. Uno de los militares al darse cuenta que yo los observaba, desde el tercer piso, me apuntó con su arma e hizo un movimiento violento, ordenándome que me retirase de la ventana. Lo cual hice de inmediato…

Con los militares se ¿vivía? con una amenaza latente día y noche. Si te detenían, eras hombre o mujer muerto, después de torturarte te echaban al mar desde una avioneta, amarrado y dopado.

En una madrugada, varios jóvenes de ambos sexos estaban reunidos en un departamento del sexto piso de un edificio céntrico de Buenos Aires. Los vecinos los delataron como guerrilleros en confabulación. (Era muy común que la gente, para “fregar” a una persona non grata, lo acusaran con los militares como guerrillero). Al llegar el aparatoso convoy de militares, tres de los cinco jóvenes prefirieron lanzarse al vacío y morir. Una chica, entre ellos.

“Viví” casi todo el tiempo sintiendo gran vulnerabilidad. No tardé mucho en renunciar a mi trabajo como ejecutivo en una empresa argentina en Monte Grande, soportando las agresiones de los compañeros ejecutivos argentinos acusándome de “que le estaba robando el empleo a un argentino, siendo yo extranjero”. Regresé a México. Aquí me ha ido muy bien. ¡En mi querido país!

Cuando caminando por las calles de Buenos Aires (“¿viste?”), veía a un destacamento de militares sacando a personas de un departamento o de una casa, con los brazos atrás atados y cubiertos sus rostros con máscaras negras, los que veíamos la escena, sin quererlo, anticipábamos dos cosas: 1) Les esperaban largas horas de tortura. 2) Les quedaban pocas horas de vida. No respetaban ni a las mujeres embarazadas ni a los ancianos ni a los sacerdotes.

¡Hay que tomarlo en cuenta, en México!

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