La vaca
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La vaca

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La vaca

05/08/2019

Es conocida la narración de la vaca gracias a la que una familia pobre se mantenía a flote. Como aquella producía buena y bastante leche, la familia hacía queso que intercambiaba por pan y otros enseres. Pero un día la vaca desapareció, forzándolos a encontrar nuevas formas de subsistencia. Moraleja: de esa renovada precariedad surgió, a la postre, una mejoría, pues la vaca les impedía salir de la mediocridad.

Hay quien en 2019 piensa que apenas un par de años antes México vivía en la antesala de un estado del bienestar nórdico. No deja de ser paradójico que tanto esos nostálgicos, como el presidente Andrés Manuel López Obrador, digan añorar lo mismo: convertirnos en Suecia. Aquellos creen que de ahí venimos, éste promete que hacia tal escenario nos dirigimos.

La realidad es que éramos (somos) una familia pobre con algunos recursos productivos, pero no todos eran tan pobres como la inmensa mayoría: había en la familia unos cuantos que con malas artes monopolizaban lo que podía explotarse de la vaca, y había decenas de millones que sólo podían aspirar, por generaciones, a mendrugos.

El nuevo líder de la familia quiere que los que menos se beneficiaban de la vaca reciban algunos recursos. Por su parte, los que antes definían cómo había de ser el aprovechamiento y reparto de la leche y sus derivados alertan que es imposible cambiar las reglas de producción y que el nuevo Presidente nos llevará al desastre: la vaca se perderá irremediablemente y los pobres serán, al final, más pobres. Los ricos no necesariamente serán menos ricos, les falta decir más a menudo y de manera clara a ambos bandos, pero esa es otra historia.

Sin embargo, es real el riesgo de que pronto perdamos la vaca que permitió a muchos navegar penurias durante las últimas cuatro décadas, periodo en el que consolidaron riquezas de escala mundial algunos (poquísimos) hermanos de la familia.

¿Qué pasará si desaparece la vaca?

Ocurrirá, antes que nada, que parte de la familia estará muy enojada. Es una parte menor (muy menor, pero muy vociferante –la RAE no acepta el anglicismo “vocal”). Esa parte dirá que estábamos mejor antes. Claro, si por “estábamos” se entiende como equiparable el viajar en el vagón con aire acondicionado y bar todo incluido, que en el cabús donde la violencia y las enfermedades son, para esa mayoritaria parte de la familia, catastróficas por necesidad.

Y ocurrirá que esos poquísimos estarán enojados, sobre todo, por su incapacidad para aceptar, un año después, el tamaño y el significado de su derrota el 1 de julio de 2018.

Tan enojados e incapaces que hoy creen (y lo dicen en público) que una crisis pronta obrará en su beneficio, pues –salvadores de la patria– con renovada autoridad moral (¿!) podrán retomar lo que quede de la vaca para reinstalar el rentismo que a ellos les hacía crecer fortunas en tasas exponenciales, mientras la vaca no daba, a nivel país, ni para dos por ciento anual.

No va a ocurrir. El proyecto económico del presidente López Obrador podrá naufragar, pero difícilmente su discurso perderá vigencia: el mensaje de millones en las urnas es que preferían un país más equitativo, que estaban hartos de uno donde la vaca hacía ricos a unos cuantos y a otros los condenaba a la miseria.

Trece meses después de las elecciones, son noticia semanal los excesos y tropelías de Peña Nieto y su círculo de colaboradores y cercanos. La pertinencia del cambio demandado en las urnas se renueva con cada una de esas informaciones.

Si la vaca desaparece, habrá que inventarse algo nuevo; en eso AMLO tiene toda la razón, como estábamos íbamos mal, aunque sus detractores –que sólo añoran el queso– no le concedan ni eso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.