Deconstruir a AMLO
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Deconstruir a AMLO

01/07/2019
Actualización 01/07/2019 - 12:24

En el columpio que es la política, el país tuvo tres décadas para conocer a Andrés Manuel López Obrador el opositor.

De 1988 al año pasado, el tabasqueño construyó un lugar como alter ego del máximo poder. Se volvió incómodo crítico de caciques regionales como Roberto Madrazo, y de presidentes con los que no compitió en elecciones, como Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y, desde la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, Vicente Fox.

En los sexenios de Calderón y Peña Nieto, AMLO vivió un péndulo. Luego de perder sendas elecciones presidenciales, su figura disminuyó considerablemente, pero pasados un par de años de cada una de esas administraciones, su agenda recobraba vigencia al tiempo que esos gobiernos encallaban en la mediocridad por perpetuar un modelo que daba sus bondades a muy pocos, mientras que a los más les transfería los pesados costos de una 'estabilidad' inundada de corrupción, abuso e injusticias.

Hace exactamente un año, los electores premiaron la pertinencia del mensaje de cambio de López Obrador, y la tenacidad de su esfuerzo, con la presidencia de la República.

De inmediato hizo sentir su poder: de inmediato impuso su agenda y de inmediato se presentaron pistas de la impronta pretendida por el nuevo gobierno. De inmediato, pues, empezamos a conocer a Andrés Manuel López Obrador como poderoso mandatario sin un poder que lo rete.

Los rasgos de AMLO el opositor y AMLO el presidente son, para desmayo de no pocos, semejantes. No hubo muda de piel. Es el mismo contestatario de siempre.

López Obrador es un presidente sin contención, interna o externa. Y si llega a haber contención interna, no se nota.

Es probable que con tan febril, vernáculo y desaforado comportamiento, Andrés Manuel pretenda conjurar al enemigo más poderoso de todos los poderosos: el tiempo.

Pero de paso, el tabasqueño también se comporta así para desactivar a sus adversarios, y a algunos que no siéndolo él los considera como tales.

Los amedrenta, los avasalla, los exhibe, los cuestiona no pocas veces sin razón y desde el abuso de poder –como ha ocurrido la semana pasada con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que, sin embargo, es sólo la última de las víctimas del acoso presidencial.

Y a otros los anula en medio de lisonjas: medrosos empresarios se quejan en los pasillos de las atrabiliarias formas de tomar decisiones de este gobierno, pero adoran sacarse sonrientes retratos con el presidente.

Sin embargo, al cumplirse un año de su triunfo electoral, forma y fondo de las políticas de López Obrador se prestan para trazar algunos apuntes para deconstruir el talante presidencial de Andrés Manuel. Tal deconstrucción podría aportar claves sobre cómo lidiar con el titular del Poder Ejecutivo, que aunque se parezca mucho ya no es el político opositor.

A pesar de los 30 millones de votos obtenidos el 1 de julio, la obsesión de López Obrador estos doce meses ha sido la de fijar, bien abajo, un apoyo popular que le ayude a resistir a quienes lo enfrenten.

Por eso desde la transición inició un censo de beneficiarios de programas sociales, por eso apeló a esa base para cancelar el aeropuerto. Es decir, renovó votos con sus seguidores mediante dos promesas: les daré más apoyos y me apoyaré en ustedes todo el tiempo para las mayores decisiones.

Para lograr afianzarse lo más abajo, ha emprendido una política de austeridad que privilegia el sentido de justicia (que no haya gobierno rico con pueblo pobre) antes que la eficiencia.

A esa base social, además de apoyos y consultas les promete el renacimiento del patriotismo petrolero, para ellos revive el sueño de México como país con autosuficiencia alimentaria y, muy importante, día con día, desde Palacio Nacional se machaca que el pueblo mexicano es honesto e inteligente.

Lo anterior ha cimentado la popularidad del presidente, que no ha bajado gran cosa, aunque algunas de sus iniciativas sean reprobadas o despierten desconfianza.

En sentido contrario, estos meses también han mostrado que López Obrador puede matizar (que no necesariamente corregir) algunas decisiones. Ello ocurre casi siempre cuando la prensa lo exhibe flagrantemente, cuando algún colectivo se rebela (médicos) o cuando la protesta de algunos de los aplastados hace eco en los medios (IMER).

De igual forma, en estos meses hemos atestiguado cómo su popularidad no es transferible (el gobierno de la Ciudad de México es reprobado a pesar de que AMLO quiere presentarlo como si fuera una extensión del suyo) y las clases altas parecen dispuestas a seguir con sus protestas en la calle.

Y habrá que ver cómo se comportan los poderes civiles, que una y otra vez han sido desplazados por la preferencia que tiene López Obrador por las Fuerzas Armadas.

Quizá ese resulte el factor cohesionador de las, hasta hoy, desarticuladas oposiciones.

Olvidarse de lo que funcionó para atajar al AMLO opositor, y comenzar a deconstruir a AMLO como presidente, con el afán de equilibrar el poder, podría redituar en que, paradójicamente, López Obrador tenga un mejor gobierno. Aunque él no lo crea.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.