“México debería haber celebrado como una victoria (el rapto y entrega de Ismael El Mayo Zambada a Estados Unidos)”, le dijo ayer Ken Salazar a Gabriela Warkentin. “México debería haber hecho la declaración… ‘lo mejor que pasó esto y que pasó de una buena manera para hacer al pueblo de México más seguro’”, se atrevió a agregar el exembajador.
Entrevistado en W Radio por la próxima publicación en español de su libro Fronteras, mi lucha por una América unida, Salazar sigue en la cantaleta de que ni él ni el gobierno de Biden supieron de antemano, hace dos años, del secuestro del famoso narcotraficante. Y reivindica ese episodio sin hacerse cargo de la violación de la soberanía de México y, mucho menos, del costo de la guerra que tras eso estalló.
El Tío Sam siempre se las arregla para confirmar las peores suspicacias.
Embajador estadounidense en México por casi tres años y medio, Salazar trata a la audiencia de Warkentin, es decir, a la sociedad mexicana, de forma condescendiente.
Fiel a su estilo melindroso, lanza piropos al pueblo de México, pero asume que nos comemos la versión de que Joaquín Guzmán Jr. cayó de sorpresa en un aeropuerto minúsculo con su preciada ofrenda para Washington. Y, desde luego, que nos creemos que las agencias de Estados Unidos fueron sorprendidas por el regalo y que nada de premios por colaborar habría de por medio. Del hecho de que recientemente el FBI presuma la aeronave –a la que se le alteró la matrícula– como un instrumento de la lucha anticrimen estadounidense, ni hablar.
Por si fuera poco todo lo anterior, la osadía del hoy aspirante a escritor llega al punto de dar lecciones sobre cómo debió reaccionar México, a pesar de que es evidente que:
–México no ganó nada con el recién concluido juicio estrictamente estadounidense a El Mayo (los herederos del imperio criminal de ese narcotraficante buscan a toda costa retener el negocio y su influencia regional).
–Los dineros que Estados Unidos pretende incautarle no se compartirán con las víctimas mexicanas del narcotraficante.
–Las instituciones mexicanas fueron juzgadas en el proceso a El Mayo, quien, en genérico, vertió su aceptación de haber corrompido a autoridades de México; declaración que no abona a que en suelo nacional se procese a los corruptos y, en cambio, ayuda a la narrativa generalizadora e hipócrita de Estados Unidos, que, sin hacer lo que le corresponde en su territorio, echa las culpas al sur del río Bravo.
Independientemente del juicio que marginó a autoridades mexicanas, hay que ser muy imperialista para perpetuar la tradición de que no importan los saldos que otra nación deba pagar cuando Washington decide que sus objetivos son los únicos que priman.
Hasta junio, el corte estadístico del diario el Noroeste sobre la guerra entre los herederos de El Mayo y Los Chapitos era: 3 mil 518 homicidios, 4 mil 37 personas privadas de su libertad, 11 mil 904 vehículos robados y 3 mil 697 detenidos. Y, para que no se nos olvide que detrás de cada una de esas cifras hay tragedias personales, ahí está el video del terrible asesinato, el lunes en vivo, de un personaje de las redes.
De remate, Salazar minimizó con Warkentin ese trágico saldo. Dijo que hay estados como Michoacán y regiones como la frontera chica (Tamaulipas), donde hay situaciones de inseguridad similares. No, pos ta bueno.
Ken injuria al decir que debimos celebrar que Estados Unidos se ponga la medallita, incluso violentando leyes y buena vecindad, mientras Sinaloa pone a los muertos y a una sociedad sin paz.