“X” es una madre que vive en Providencia, desde siempre una colonia de Guadalajara con hogares de buen ingreso económico. Ella y su marido tienen una bebé de un año. Son apenas una de las familias afectadas por el agua sucia de la capital de Jalisco.
En la primera semana de marzo, en la casa de “X”, el agua desprendía un olor insoportable. No era la primera vez que veía turbio el líquido que salía del grifo, pero ese día, el 6 para ser exactos, apenas abría la llave, el olor le provocaba arcadas.
“Lavamos el aljibe, pusimos los filtros, pero el olor seguía”, me dice “X”.
Eso de “pusimos” filtros amerita detalles: instalaron en las regaderas además del que ya habían hecho colocar en la toma de la calle, y pusieron otro en la cocina, de esos que te garantizan que puedes beber el agua que sale de él. “Sí cambió el color, pero el olor sigue, no tan fuerte, pero sigue, así que para tomar compro garrafones”.
A “X” le dijeron que los filtros eran tan buenos que solo tendría que cambiarlos cada seis meses. “Uno de los de la regadera tronó de tanto sedimento; no duran ni un mes”. Pero, reconoce “X”, por fin se le quitó a la bebé un eczema que ya amenazaba con volverse crónico.
“Mi mamá ya es Doña Filtros”, me dice otro amigo de Guadalajara. Ella vive en otra parte de la otrora llamada Perla de Occidente. Al sur.
Mi amigo muestra fotos de un antes y después del tinaco de la casa materna: una es un espejo negro, la otra es lo que se supone que debería ser siempre, agua transparente. ¿El truco? No se han cumplido ni dos meses cuando ya tiene que cambiar el filtro que mandó instalar en el tinaco.
Otro amigo también me cuenta el caso de su madre, que habita al poniente de Guadalajara. Antes de dar detalles, manda videos del tinaco siendo vaciado: lo que sale es agua puerca. Luego de mandarlo lavar, obviamente también instalaron filtros. Y aún así “algunos días mi mamá cierra la llave de paso, para que no suba al tinaco el agua de la calle y contamine la que compra, pagando junto con una vecina mil quinientos pesos, para llenar sendos aljibes”.
Las denuncias ciudadanas por la mala calidad del agua llevan meses. El gobierno de Jalisco y los de los respectivos municipios que integran la zona metropolitana han actuado todo este tiempo con opacidad y desdén ante los reclamos de los afectados.
Para algunos, el Siapa (Sistema Intermunicipal de Servicios de Agua Potable y Alcantarillado) ha reventado a fuerza de manoseo de políticos que durante sexenios lo usaron para colocar a funcionarios sin preparación o “aviadores” (para un ejemplo, googlear “Lady Siapa” o “La Aviadora del Siapa”, escándalo denunciado hace un año sobre una “recomendada” a la que le pagaban 73 mil pesos mensuales).
La semana pasada, sin especificar plazos, obras concretas ni implicaciones, el gobierno jalisciense prometió un gasto millonario para atajar el problema. Tras el anuncio, colegas de la prensa local evidenciaron que las instancias gubernamentales “nomás no entienden que no entienden” la dimensión de esta crisis.
Cuando para ella en marzo todo empezó, “X” intentó mandar a hacer su propio análisis del agua. Le costaba 51 mil pesos. Desistió. Al final realmente no lo necesitaba: “abría la regadera y olía a materia fecal, y a cloro, pero sobre todo a caño”. Ahí comenzó a comprar filtros. ¿Por qué? Porque en México el ciudadano sobrevive al grito de sálvese quien pueda.