El pacto de impunidad dentro del régimen cruje. La desgracia del gobernador Rubén Rocha podría sumergir en un torbellino sin precedente al movimiento que pretende gobernar décadas. El riesgo intestino es más alto que la embestida misma de Washington.
Andrés Manuel López Obrador resistió las crisis de su sexenio sin hacer dimitir a ningún funcionario de alto nivel, menos aún a los electos. Un ejemplo fue Cuauhtémoc Blanco, a quien defendió en 2022 cuando se publicaron fotografías suyas con presuntos narcos.
AMLO sostenía que nadie que hubiera triunfado en las urnas tendría que dejar su puesto. Lo llegó a decir meridianamente sobre el expresidente peruano Pedro Castillo: “Si lo eligió el pueblo, ¿por qué lo van a quitar?”.
Gran ardid de quien consolidó el padrón de beneficiarios de programas sociales con obvia utilización electoral, al tiempo que desarticulaba los contrapesos –incluidas autoridades electorales y sociedad civil– y violentaba la ley apoyando desde el gobierno a sus candidatos.
De que no había escándalo, por grande que fuera, suficiente para remover a un gobernante es prueba el mismísimo Rocha, que con Andrés Manuel todavía en Palacio Nacional capoteó la crisis de verse involucrado en el rapto en julio de 2024 de Ismael El Mayo Zambada.
AMLO lo mantuvo a pesar de que Zambada denunció que Rocha estaría en la cita de su secuestro, y a pesar de que la Fiscalía General de la República denunció un montaje de la fiscalía sinaloense para falsear la muerte en esos hechos de Héctor Melesio Cuén.
Es verdad que es imposible saber si como presidente López Obrador habría intentado la permanencia, costara lo que costara, de Rocha en la gubernatura ahora que este es solicitado en extradición, acusado en EU de narcotráfico.
El hecho es que por primera vez Morena muerde el polvo de la humillación al ver a un barón suyo forzado a dimitir. Siendo un paso trascendente por inaugural, nadie debe concluir que es el final de esta historia, o siquiera un hecho que mitigue la crisis. Al contrario.
Se abrió la caja de Pandora y los esperpentos impactarán por doquier. Donald Trump no se va a conformar con la renuncia de Rocha y del alcalde de Culiacán (ni qué decir de que el senador Enrique Inzunza amaga con permanecer sin más en su escaño), y dentro de Morena entran en una dimensión desconocida: si “amor con amor se pagaba”, ahora que unos se sientan traicionados podrían delatar a otros.
El perfil puesto al frente del gobierno de Sinaloa, así haya sido de manera provisional, habla de una gran falta de operación política nacional: no hay tal cosa como el inicio de una nueva etapa que margine a los acusados, no hay pase de página en el estado.
Y en el plano federal, cuántos dentro de Morena no se sienten ahora expuestos luego de que se dejara caer a Rocha, que no es el único que de tiempo atrás está señalado por haber resultado electo en 2021 gracias a la operación de grupos del crimen organizado.
Rocha es el inicio de una crisis que, si se tradujera en la depuración de múltiples cuadros tóxicos morenistas, podría resultar muy benéfica para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Por lo mismo, los riesgos para ella de una rebeldía interna no son menores.
Morena está en un gran predicamento cuyas implicaciones van más allá de asuntos partidistas. O desarrollan alguna especie de disciplina interna “a la priista”, o al sentirse traicionados más de uno querrá, en su desgracia, hacer caer las columnas mismas del templo guinda.