La Feria

El monopolio anticiudadano

La presidenta Claudia Sheinbaum ha cerrado el ciclo de las reformas electorales iniciadas en tiempos de Carlos Salinas, esas que fueron viendo en los ciudadanos al proveedor de la credibilidad y la confianza.

Hace poco escuché una anécdota del sexenio pasado. Alguien que estaba presente vio cómo un empresario de esos que solo hay una veintena en el país contaba al entonces presidente varias de sus iniciativas sociales en apoyo a comunidades y sectores marginados.

-Mira –le reviró, palabras más, palabras menos, López Obrador tras escuchar al entusiasmado industrial–, tú dedícate a tu empresa, págale bien a tus empleados y cumple tus obligaciones; y, en lo demás, no te metas, eso déjaselo al gobierno.

Algo parecido tenemos que decir hoy sobre el Instituto Nacional Electoral.

Escribo esto horas antes de la sesión en que podrían ser elegidos tres nuevos consejeros del INE. Y, salvo que una rebelión del PT y PVEM haga mover algo más que la fecha, tenemos que parafrasear a Jorge Ibargüengoitia en eso que ocurría la víspera de los comicios en los tiempos priistas: elecciones, qué emocionante, quién ganará.

Es obvio quiénes van a ganar las tres plazas, incluso si no conocemos las identidades del o de la elegida dentro de cada una del trío de quintetas. Va a ganar el gobierno (o algunos de sus personeros, que es la misma gata, pero más revolcada).

Andrés Manuel no quería que los empresarios hicieran labor social ni que los ciudadanos se organizaran fuera de los partidos. No es exagerado decir que la presidenta Claudia Sheinbaum tiene exactamente la misma visión: mientras menos ciudadanía, mejor.

De ahí las restricciones, trabas y cancelaciones a las organizaciones de la sociedad civil en cuanto a otorgar/renovarles permiso como donatarias. Desde luego que el obradorismo cree que deducir pesos en obra social, en vez de dárselos al gobierno, es defraudación. Porque solo mamá gobierno debe ayudar. Acaso la Iglesia con limosnas, pero hasta Solalinde colgó la sotana migrante: Morena no está dispuesta a que nadie le dispute la obra social en el territorio.

Así que hay cierta lógica en que ahora concluya una etapa de la vida democrática mexicana: la del ciudadano como ente que brindaba certeza a los comicios y como dique para las pretensiones y tentaciones antidemocráticas de los partidos y de los gobiernos.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha cerrado el ciclo de las reformas electorales iniciadas en tiempos de Carlos Salinas, esas que fueron viendo en los ciudadanos al proveedor de la credibilidad y la confianza que, tras muchos fraudes, y en particular el del 88, necesitaba no solo el gobierno, sino el sistema político en su totalidad.

Es obligado repetir lo azarosa que es la Historia, que hizo que Claudia, quien se define como una hija del 68, ese movimiento que desafió a Díaz Ordaz al reclamar democracia, remonopolice en el gobierno el control electoral “a la Bartlett” que tantos fraudes hizo a la izquierda.

Para sorpresa de nadie, Sheinbaum ha ido un paso más allá de AMLO. En la anterior ocasión en que hubo que seleccionar consejeros en el INE, se montó un comité que al menos tuvo un par de voces independientes. Ahora no hubo ni el disimulo de las formas.

La convocatoria, el comité, la lista inicial, el examen, las entrevistas, el colado de la segunda lista y, al final, las quintetas –todo en tiempo récord– fueron la escenificación de una farsa tan burda que es hasta aburrida. Ya ni ganitas le echan. ¿Por qué? Porque creen que les sobra legitimidad y les estorban los ciudadanos.

Porque, como AMLO dijo en la anécdota citada, todo lo social, desde luego las elecciones, hay que dejárselo al gobierno. Ese todo no incluye las actividades productivas porque necesitan la lana de los impuestos, que, si no...

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