La Feria

Sheinbaum, los riesgos de una presidenta en campaña…

Si la presidenta Claudia Sheinbaum solicita al Congreso que, como parte de las reformas del llamado plan B, le autoricen una revocación a modo (donde pueda promoverse), entonces la presidenta quiere hacer su primera campaña sin AMLO.

Premisa: en el morenismo, quien es titular del Ejecutivo hace campaña a diario. Desde el poder, parte sustancial de la actividad pública y privada de AMLO y de Sheinbaum se iba y se va, respectivamente, en proselitismo para Morena. Como su antecesor, Claudia no se margina de las pugnas partidistas, no dialoga con la oposición, no consiente el pluralismo, no es presidenta de todos; sin embargo…

Sin embargo, las campañas tienen su lógica, riesgos y potenciales beneficios.

Y si la presidenta Claudia Sheinbaum solicita al Congreso que, como parte de las reformas del llamado plan B, le autoricen una revocación a modo (donde pueda promoverse), entonces la presidenta quiere hacer, para empezar, su primera campaña sin AMLO y medirse con él.

No abundaré en que todo es un disparate: porque no es democrático (las consultas no se inventaron para que el/la gobernante se dé un carísimo baño de pueblo) y porque lo local y lo global no están como para que la presidenta se distraiga de gobernar. Dicho eso…

Cuando se va a una campaña, lo primero es plantear el umbral de la misma. En las que hay contendientes, no solo se trata de ganar a los otros competidores. Cuenta el desempeño: ¿se triunfó con más que el antecesor?, ¿se contribuyó a que otros aliados ganaran?, ¿se ganó a pesar de estos?, ¿se superó el récord personal?, ¿es un triunfo contundente o pírrico?, etcétera.

La presidenta iría sola a la urna. El detalle es que sí hay antecedente. López Obrador fijó el estándar: en abril 10 de 2022, el “que siga” Andrés Manuel obtuvo 91.86 por ciento de los votos, por 6.44 por ciento que votaron por su salida. ¿Superará Claudia ese apoyo?

En 2027 votarían más que en 2022 (cuando se tacharon 16 millones y medio de boletas), pero, dado que será una jornada concurrente con 17 gubernaturas, cientos de alcaldías y diputaciones, la proporción a favor y en contra muy difícilmente sería parecida a la de AMLO.

La comparación será inevitable: el que inventó el juguete de autorratificarse, nueve de cada 10 votos; la que quiso emularlo… uff, ya veremos qué dice la ciudadanía. Y luego viene la competencia de Claudia vs. Claudia, de su resultado contrastado con el de 2024.

En las presidenciales de hace dos años, la candidata Sheinbaum arañó 60 por ciento de los votos en una competencia de tres. Y las encuestas cifran su popularidad en alrededor de 70 por ciento. ¿Qué umbral marcaría un fracaso político? ¿Menos de 60 por ciento? ¿Menos de 70 por ciento?

A 14 meses de la probable fecha de la revocación, que no es revocación, nadie diría que la presidenta perderá el ejercicio. Pero en las campañas existe ese escenario, y alejarse de la derrota suele demandar todo tipo de recursos; además, será su primera sin AMLO.

Sin restar un gramo de mérito personal a las campañas que CSP ha ganado (en Tlalpan, 2015; en la CDMX, 2018, y presidencial, 2024), las tres tienen en común que ella era parte de un ómnibus tripulado por el fundador de Morena, hoy –no escupan el café– retirado.

Cada mañanera y cada gira de fin de semana de Claudia son proselitistas. Sí, pero no será lo mismo que la jefa del Estado, la jefa del gobierno, se enlode en el carril de los partidos para, como sujeto de revocación, ser la cara del combo que la oposición atacará.

La única explicación al desgaste que está dispuesta a pagar la presidenta, poniendo su investidura en juego, es el ruinoso estado en que deben estar las perspectivas electorales de Morena.

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