Hijo de tigre, pintito. Julio Scherer Ibarra publica un libro que sacudirá al gobierno de Claudia Sheinbaum al reabrir la discusión sobre lo que es y lo que no es el obradorismo en cuanto a honestidad y rendición de cuentas.
Aunque oficialmente el libro Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder, de Scherer Ibarra en coautoría con Jorge Fernández Menéndez, comienza a circular mañana, algunos extractos ya son polémicamente públicos.
Scherer Ibarra escribe que anunció en septiembre de 2024 a la hoy presidenta y al entonces presidente que limpiaría su nombre; no pudo haber imaginado la coyuntura de máximo estrés gubernamental en que llegan tan claridosas memorias.
Año y medio después, Sheinbaum resiste la descomunal presión del gobierno de Estados Unidos, descarado en sus intentos injerencistas y una particular animosidad contra los cárteles mexicanos.
Scherer Ibarra complicará ese escenario de la mandataria. Una de las personas a las que el hijo del fundador de Proceso dirige sus baterías es Jesús Ramírez Cuevas, no sólo exvocero de AMLO sino colaborador nada trivial de Claudia.
Cuando mañana comience a circular abiertamente, Ni venganza ni perdón… ya llevará al menos tres días de haber puesto en el spot mediático a Ramírez Cuevas por al menos dos casos, uno sobre esquiroles y otro sobre narco.
Desde el domingo, la revista Proceso adelantó un capítulo relativo al decreto para pagar pensiones a extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro, que implicará una “afectación al erario por 27 mil millones de pesos”.
Según lo publicado en el portal de Proceso, “el caso evidencia cómo un encargo institucional pudo ser manipulado con fines personales y cómo la justicia social puede ser usada como pretexto para beneficios selectivos, sin sustentos financieros ni jurídicos adecuados. La actuación de Jesús Ramírez, bajo el manto de la confianza presidencial, comprometió las finanzas públicas, dividió al movimiento sindical y colocó recursos públicos al servicio de una precandidatura y de intereses políticos particulares”.
En otras palabras, Scherer y Fernández Menéndez señalan que Ramírez Cuevas favoreció a una facción del Sindicato Mexicano de Electricistas que fue aliada del calderonista Javier Lozano; grupo al que, no obstante, se le premió con pensiones que por décadas supondrán una carga multimillonaria a las finanzas públicas, y que, además, tal apoyo fue utilizado para respaldar sectariamente a Clara Brugada en su aspiración capitalina. Todo con cuestionable legalidad, según los autores.
Y en otro pasaje, denuncian que Ramírez Cuevas tuvo reuniones con Sergio Carmona, el rey del huachicol y acusado de presuntos narconexos, asesinado en Nuevo León en 2021 cuando, dicen, negociaba impunidad con EU.
En ese texto se dice que el exvocero presentó a Carmona con el hoy secretario de Educación y en 2021 presidente de Morena, Mario Delgado, e incluso que habría facilitado acercamientos con el expresidente López Obrador.
Las versiones del poderío criminal que Carmona logró circularon ampliamente en años recientes. Mas una cosa muy distinta es que ahora lo destaque quien fue consejero jurídico de Andrés Manuel y aliado de Sheinbaum.
Así fuera sólo por esos dos episodios, la presidenta tiene en puerta un nuevo escándalo. No se trata de que se fractura, si es que algo queda, la inmaculada aura del paraíso morenista con esta revelación de muy feas y muy costosas cuitas de Ramírez Cuevas. Es que el señalado de un gigantesco costo financiero por apoyar a una facción del SME y de ligas con un presunto delincuente de gran calibre no está en el exilio, ni en el pasado: opera junto y para ella en Palacio todos los días.