Claudia Sheinbaum coronó su primer año con un manotazo. La confirmación este miércoles de que la nueva residencia de Alejandro Gertz Manero será Londres nos refresca el golpe político más importante de la presidenta. Tiene más fuerza, pero ¿más control?
La sacudida por los eventos del 3 de enero en Venezuela cambió el arranque del año en México. Y mientras la mandataria capotea la nueva andanada antimexicana de la administración Trump, le aguardan los pendientes de la política interna.
Antes del “caracazo” trumpista, la presidenta Sheinbaum se disponía a inaugurar un ciclo con la certidumbre de que su empoderamiento político, y la popularidad en las encuestas, tendría que ser empleado para acometer el arranque de la ruta electoral de 2027.
El ruido internacional no ha sofocado, sin embargo, las dudas sobre si Palacio podrá pasar la reforma electoral que originalmente pretendía, una con menos plurinominales en el Congreso y con recortes al financiamiento de los partidos.
Como era previsible, a Morena no le preocupa lo que opinen otros partidos y sectores no afectos a su movimiento sobre los cambios que pretende en la forma en que serán los comicios, la vida de los partidos y la conformación de la representación legislativa.
Siempre fue una reforma desde y para el poder, y una reivindicación: el obradorismo abomina que lo igualen al decirle que ganaron, como antes otros partidos, gracias a la oleada de reformas realizadas desde los 70. Para ellos, sus triunfos fueron a pesar del sistema electoral.
Y por esa negación, han de construir un nuevo andamiaje. Si no le cambian desde el nombre a las instituciones para acreditar que “corrigieron” y “mejoraron” lo que había, perderían la oportunidad de incluir un nuevo hito en su narrativa de refundación.
El problema es que la intención no es suficiente. O, dicho más propiamente, que ni una presidenta que entra al segundo año con más aplomo y seguridad puede dar por descontado que saberse con poder es lo mismo que tener control.
Tan es así que, a pesar de que la mandataria logró que un intocable como Gertz Manero dejara la Fiscalía General de la República años antes de que su plazo terminara, eso no le garantiza una reforma legislativa a la usanza del sexenio anterior: “sin moverle una coma”.
El poder que la presidenta ha acumulado no hace que los aliados electorales de Morena entren al redil y, sin más, se plieguen a instalar una cultura que erradique ya el nepotismo en los cargos de elección popular. No tiene el control de esos aliados de conveniencia.
Y es lógico preguntarse cuán similar es el caso dentro de Morena. Cuánto apoyo tiene la presidenta dentro de las filas morenistas para una reforma electoral que, eventualmente, reduciría los espacios legislativos, e incluso para acatar, sin chapulinear, el antinepotismo.
La presidenta enfrenta una paradoja poco original. Una vez llegados al poder, acunados en sus mayorías y sin mecanismos de contrapeso dentro del movimiento que siempre defiende a todos de todo, por qué el oficialismo ha de aprobar cosas que lo limiten o contengan.
Sheinbaum podría responderles con una obviedad, pero rara vez se hablan con franqueza en público los de Morena con los Verdes y los del PT: porque los escándalos sí están haciendo mella y no es cierto que rumbo a 2027 vamos requetebien.
Así que el segundo año completo de la presidenta inicia tras esa gran demostración de poder al defenestrar a Gertz, pero sin control de sus aliados para la reforma y las candidaturas, e incluso con dudas sobre los de casa.