La Feria

No es la injuria, es el abuso de poder

López Obrador sólo habla por algunos mexicanos, los que él dice que son los buenos, y sin rubor denuesta a quienes discrepan de sus políticas y proceder.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha injuriado a médicos, a papás de niños con cáncer, a académicos, a la clase media trabajadora, a artistas, a la UNAM, a ambientalistas, a víctimas de la violencia, a mujeres y, desde la semana pasada, trae de encargo a los jesuitas, en particular, y a la Iglesia católica en general.

El Presidente es el injuriador en jefe. En sus alocuciones en las mañaneras y en giras de fin de semana el tabasqueño propala no sólo aseveraciones no verificables y mentiras –muchas veces dirigidas en contra de opositores, periodistas y críticos–, sino también para asestar golpes verbales en contra de colectivos que le resultan incómodos.

La actitud de AMLO es chocante y antidemocrática. Un presidente de la República debería hablar por todos, pero el actual se asume como uno que sólo habla por algunos, los que él dice que son los buenos, y sin rubor denuesta a quienes discrepan de sus políticas y proceder.

El embate más reciente del jefe del Estado mexicano es en contra de la Compañía de Jesús, que no ha callado tras el asesinato hace 12 días de dos misioneros jesuitas que desde hace décadas trabajaban con los pobres en la Tarahumara. Y en contra de la Conferencia del Episcopado Mexicano, que ha secundado ese reclamo de justicia y el llamado a revisar la estrategia anticrimen.

El ocupante de Palacio Nacional ayer de nuevo despotricó –creo que ese es el término correcto para describir las vociferaciones presidenciales– contra el clero. Nueva arremetida luego de que hace días les había descalificado porque, según él, en el pasado se ataron a la élite (estaban apergollados a la oligarquía, dijo Andrés Manuel).

Hay forma de demostrar que lo que señala Andrés Manuel constituye una generalización indebida, una grosera expresión, un ataque poco fundamentado.

Hay por supuesto miembros del clero que viven apoltronados; pero pretender anular la labor que realizan muchos otros religiosos y religiosas en los lugares más míseros, donde el Estado falla pues no procura a los pobres de lo mínimo para la dignidad e incluso para la seguridad, es de una deshonestidad inmoral. Más en el marco del doble asesinato.

Dado que este comportamiento es una constante, es preciso insistir en que más que la grosería lo que alarma es el abuso del poder por parte de quien detenta la más alta responsabilidad institucional.

Porque estas injurias ni son nuevas ni son distintas a otras que hemos escuchado en este gobierno.

No se trata de conformarse ante tan perniciosa costumbre del titular del Ejecutivo. Al contrario. Lo que toca es encuadrar esta conducta en el ámbito preciso para así dimensionar sus alcances y los riesgos que implica.

López Obrador presume que su necedad le ayudará a superar obstáculos y críticas. Pasa por alto el pequeño detalle de que la República tiene instituciones e implica obligaciones de quienes las sirven.

Más que arrebatos o desplantes, su impenitente tendencia a la descalificación constituye un abuso del poder que le fue confiado de manera sexenal y para nada sin restricciones.

Puede ser un grosero, allá él, pero no debe asumir que tiene facultades para usar recursos del Estado para acallar voces que en estricto sentido sólo hacen uso de sus derechos constitucionales a la hora de reclamar al gobierno que cumpla con sus obligaciones, entre las que está el procurar progreso, paz y seguridad.

A veces en voz de jesuitas y en otras en voz de mujeres, es la nación la que se lo demanda. Aunque se enoje.

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