La Feria

Guía hipermínima para gring@s en la CDMX

No crean que la/el mexicano estándar despierta y de la nada el primer pensamiento que le asalta es: ‘Hmmm, qué ganas de un café con pancito amenizado por unos jaraneros’.

Al bajar de la banqueta, siempre siempre siempre volteen a los dos lados de la calle. No importa que sea una avenida enorme donde claramente el tránsito vehicular sólo va en un sentido. Plis, que sea el primer consejo que le dan a sus amigos que vengan. Lo mismo hacemos nosotros cuando nuestros hijos empiezan a aventurarse por sí solos en cruzar. De hecho, los indoctrinamos con esta adivinanza: ¿por qué siempre tienes que voltear a los dos lados cuando cruzas una calle? Única respuesta correcta: ‘porque nunca falta un p*nd*j*’.

No crean que la/el mexicano estándar despierta y de la nada el primer pensamiento que le asalta es: ‘hmmm, qué ganas de un café con pancito amenizado por unos jaraneros’. No. Bueno, a veces de la nada uno pone a Juanga o a los Ángeles Azules, pero eso no quiere decir que a uno le encante llenarse los oídos a las ocho de la mañana con el querreque. En realidad, lo que uno desea al llegar a la cafetería, como en todo el mundo mundial, es encontrar un rincón para, en santa paz, ver si logra hacer acopio de energía para enfrentar la bola de pendientes de la jornada. Y el querreque a las 8 a. m. a unos no nos pone ni alegres ni más alertas. De hecho, puede ser un bajón. Si ustedes disfrutan con La bamba a esa hora, pues dense, pero muchos optamos por cualquier escalera para huir de ese ‘cielo’.

Nuestros barrios son pintorescos, caóticamente entrañables, vibrantes por su comercio informal e informal, increíbles por tanta cháchara –legal o no legal– y entretenidos por los gritos de los mercaderes. Creánme: este provinciano con más de 28 años en la capital sigue maravillándose con los laberintos de los tianguis, la inventiva de bebidas en puestos callejeros, el trajín de mercados como La Merced y la enorme oferta de productos y servicios en cada acera. Al ritmo que vamos la Roma, por ejemplo, tendrá más cafeterías, puestos y bares que perros, lo que ya es mucho decir. Todo eso está muy bien, pero tanto por seguridad gastronómica como patrimonial cabe aplicar una sencilla y universal receta: si no hay mucha gente en esa calle quizás es porque a esa hora esa calle no es tan segura, y si el puesto de garnachas no está lleno quizá no sea el mejor para arriesgarse por vez primera a la venganza de Moctezuma. Sentido común, y todo estará fain.

Hablando de sentido común. A nosotros también nos encanta la cerveza. La Corona y otras marcas igual de mundiales como Heineken. Pero, no nos hagamos, al pasear por parques como Washington Square a ninguno de ustedes se les ocurriría ir a un deli y comprarse una Ultra, destaparla y ponerse a ver a los neoyorquinos, orita que hace buen tiempo, mientras dan frescos tragos a su chela. Hasta en Amsterdam hay una discusión para ser menos tolerantes con eso. Bueno: pues en México está prohibido beber en la vía pública. Ya sé que se antoja, pero hagan todo lo posible para que el único trago amargo sea el de la cebada, y no el del encuentro con un policía que, haciendo su trabajo o excediendo sus funciones, quiera aplicarles la ley de Herodes. Beba con moderación, pero sobre todo no en la vía pública.

Para más tips, extranjeros y nacionales escuchen el pódcast ‘Mi Condesa is your Condesa’, de Memo Osorno en Así como Suena.

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