La Feria

Adiós, Gatell

Estabas llamado a ser el doctor de México; terminaste en un tío regañón y sin autoridad, opaco y displicente; un ejemplo de cuán lambiscón se puede ser con un presidente.

No, no creas que nos hacemos ilusiones: sabemos que no te irás, que el perjuicio de lo que entiendes por servicio público seguirá durante más tiempo, pues no creo que te saquen de la nómina. Pero que a partir de hoy te quiten el micrófono diario es una buena noticia: menos desinformación, menos petulancia en horario estelar.

Hoy terminan las conferencias diarias sobre la pandemia por Covid-19. Este fin de ciclo será visto en el futuro como uno de los mayores y más dañinos ejercicios de manipulación que haya atestiguado nuestro país. Si sólo fuera por eso, este viernes bien vale la pena.

Estabas llamado, Gatell, a ser el doctor de México; terminaste en un tío regañón y sin autoridad, opaco y displicente, en un ejemplo moderno de cuán lambiscón se puede ser con un presidente de la República.

Eso sí, hay que decir que cumpliste el pronóstico. El malo. Porque cuando te dieron el papel de encabezar mediáticamente –y también puertas adentro– los esfuerzos para enfrentar la pandemia, varios levantamos una ceja y pensamos lo peor. Por desgracia no fallamos en el augurio.

Tampoco era tan difícil adelantar que algo no iría bien contigo. Los testimonios de la pandemia por la gripe A-H1N1 de hace 12 años te apuntaban directamente como uno de los causantes de la mala respuesta inicial del entonces gobierno de Felipe Calderón. Decían que minimizaste los riesgos, que te resististe al cierre de las actividades. Igualito que ahora. Aquel entonces, te quitaron a tiempo. Ahora te dieron más poder.

Yo no sé, la verdad, si ‘medio millón de fallecidos’ te seguirán para siempre en tu biografía. ¿Quién puede predecir el futuro? Lo que queda claro, en cambio, es que hay preguntas que nunca se irán: ¿cuánta hubiera sido la mortandad por la pandemia en nuestro país si no te hubieras resistido una y otra vez a impulsar el uso del cubrebocas? ¿Cuánto personal sanitario –médicas, médicos, enfermeras, camilleros…– habría sobrevivido si tu prioridad hubiera sido dotarlo de equipamiento adecuado, de vacunas para todos ellos, incluidos los del sector privado, cuando éstas comenzaron a llegar? ¿Qué costo tuvo que nunca quisieras discutir con académicos independientes y oficiales las métricas de los contagios y la idoneidad de las medidas que tomaste al respecto? Si las críticas de la prensa se hubieran atendido en lugar de acusar que eran un complot, ¿cuánto dolor pudo haberse evitado a las familias mexicanas?

Ahora entiendo al doctor Jorge Alcocer. Qué listo el secretario de Salud. Te dejó todo el protagonismo y ahora cargarás tú en solitario con la cruz de la responsabilidad de nuestro desastre pandémico. Te la creíste, ahora no hay ni cómo te quites de encima ese estigma. Quedan atrás, pero no sus lamentables consecuencias, declaraciones y decisiones de tu parte que nos recordarán cómo no enfrentar una emergencia sanitaria:

Calculaste (muy) mal el escenario catastrófico, despotricaste contra revistas especializadas como Lancet, utilizaste herramientas equivocadas (como rastrear casos con el modelo centinela), nunca reconociste del todo la descomunal subestimación de las muertes, y jamás corregiste para que se aplicara la principal recomendación de la OMS: pruebas, pruebas, pruebas.

La pandemia no ha terminado. Ni los riesgos de rebrotes. Lo que llega a su fin es un invento que pudo ser la guía de los mexicanos en tiempos oscuros y terminó en conferencia, que no de prensa, de datos incompletos, manipulados e indolentes.

Puedes volver ya a tus labores cotidianas. Tendrás de nuevo tiempo para culpar a los padres de niños con cáncer, como antes de la pandemia, de querer dañar al gobierno. Suerte.

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