Hoy, todo discurso político está permeado por la demanda de transparencia. Se aborda la corrupción y se pervierte la libertad de expresión. Curiosamente, a mayor transparencia hay menor confianza, y se apuesta más por sociedades de vigilancia y control. Bajo el sospechosismo, la transparencia elimina lo otro, lo extraño, y uniforma la opinión de la sociedad. Es una simultánea divergencia, porque al escuchar una palabra no todos piensan exactamente lo mismo.
La comunicación que solo consta de información actúa de forma mecánica. En nombre de la transparencia, se abandona la esfera privada, a tal grado que el hombre ni siquiera es transparente para sí mismo. Ante la transparencia que demanda la sociedad actual, debería ejercitarse una actitud de distancia.
En nombre de la transparencia se elimina toda discreción; con ello, caemos en un mundo cada vez más desvergonzado y desnudo. Más que como igualdad, la autonomía significa aceptar en el otro aquello que no entendemos. Esto afirma el filósofo Byung-Chul Han. Y llegamos a la conclusión de que más información no conduce necesariamente a mejores decisiones.
El final de los secretos puede llevar al final de la política. Así, las cosas que están al servicio del culto: su existencia es más importante que su visibilidad. No es la exposición su valor; por el contrario, su simple existencia no es insignificante. Las cosas no desaparecen en la oscuridad, sino en el exceso de iluminación. Y se maximiza el valor de la exposición con la belleza, incluso mediante medios violentos, porque lo invisible no existe.
La sociedad de la transparencia es enemiga del placer. Necesitamos tanto la verdad como el error como elementos de nuestra vida. La imaginación se basa en el juego; es decir, nada está definido con firmeza ni delimitado con claridad. Sin embargo, la transparencia es un estado de simetría que aspira a desterrar las relaciones asimétricas.
El hombre tiende a ejercer el poder, y ahí surgen los juegos en los que se dirige la conducta de los otros. El poder es un juego estratégico, y en torno a todo espíritu profundo va creciendo una máscara como capa protectora. La palabra actúa con mayor poder cuando está revestida figurativamente. Por eso, la transparencia no es el mundo de lo bello.
Lo sublime va más allá de lo bello porque trasciende la imaginación. Un único conocimiento puede cuestionar y transformar lo ya existente. Por eso, hoy lo obsceno se manifiesta en una gestión que, por ejemplo, normaliza la violencia. La narrativa es estrecha y ejerce una selección: solo admite determinados sucesos e impide la masificación de lo positivo.
El espacio público es un espacio teatral, donde se representan hechos; no se exponen las cosas. No hay una negatividad que impulse el cambio, y se privatiza el mundo. Los políticos no se miden por sus acciones, sino por la publicitación de su persona. La transparencia trabaja contra toda forma de máscara, contra la apariencia. Ninguna presencia ni ausencia distancia al narcisista de sí mismo.
Los cautivos no ven el mundo real: se les representa un teatro y se entregan a la narración, a ilusiones escénicas. La luz y la oscuridad se pertenecen mutuamente; el bien y el mal coexisten. Hoy, la sociedad de la transparencia es la sociedad de la información, del poder, del dominio y de la apariencia.
Crece la violencia y también el control y la vigilancia, de manera unilateral. La transparencia y el control no se llevan bien, porque este último degrada a la sociedad, mientras que la transparencia rompe los secretos en los que se encubre el poder.
Estos pensamientos filosóficos surgen en un momento de reflexión durante la Semana Santa. Hoy vivimos egos incapaces de una acción común. Se retroalimentan en las redes sociales y ayudan a explicar por qué no se percibe la realidad, por qué se extingue la libertad con la hiperinformación y cómo podemos convivir siendo víctimas y actores a la vez de nuestra propia realidad.
La narrativa gana espacios y se adentra en colectivos que permanecen en su ilusión. Vivimos así en una cultura de juegos estratégicos que buscan el pensamiento único como forma de control y dominación.
Es una propuesta para analizar cómo funciona la sociedad de la transparencia, cómo se oculta la luz y convive con la oscuridad, cómo el pensamiento tiende a evitar cambios y pretende que existe una sociedad en camino a la igualdad, cuando nosotros mismos construimos el control y la vigilancia ante la negación del otro.
No logramos registrar la negatividad como un camino para procesar el cambio, porque la narrativa domina el espacio público, sin libertad y con apariencias de avance democrático.
¿Cuántas mentiras registramos diariamente? ¿Cuántos las reconocen y aceptan? ¿Cómo liberarnos del yugo de las apariencias para entrar en la realidad? Somos víctimas y actores de nuestro propio destino.