Rolando Cordera Campos

Las ausencias presentes

Cordera dice que el nuevo gobierno deberá aprestarse a llevar a cabo la reforma hacendaria para proveer de recursos al Estado y obligarlo a gastar bien

Con los días, la gana participativa de los ciudadanos parece desplegarse en simpatía y apoyo al presidente López Obrador. Así lo muestra la encuesta del lunes de El Financiero y lo sugiere el sentido común, contrario de las supercherías sobre el retroceso de la historia o la regresión económica a que nos llevaría el recién descubierto culto del legendario secretario de Hacienda de los años sesenta, Antonio Ortiz Mena.

Ninguno de estos pasos atrás son concebibles y de poco ayudan a ubicar adecuadamente el proceso de cambio político que vivimos. Lo que habría que admitir es que el cambio social, en la psicología colectiva y la propia estratificación de la estructura, no fue correctamente aquilatado por los analistas y dirigentes políticos que prefirieron darse a sueños vacuos sobre el ascenso y expansión de las clases medias, o la ampliación de las franjas agrícolas exitosas gracias, se dice, a la apertura y el libre comercio, como si Sinaloa, Sonora o Baja California hubiesen emergido de las profundidades del Pacífico al final del siglo XX.

La aceptación activa del nuevo gobierno ofrece tiempo y espacio reflexivo, pero también está latente la probabilidad de cambios en los humores sociales debido a malos manejos del tiempo y de las políticas en que pudiere incurrir el nuevo gobierno. Sin exageración alguna, éste es el filo de la navaja a través del cual el grupo gobernante tiene que tejer su estrategia que poco tiene que ver con las proclamas de campaña o las urdidas en esta larga transición.

De entrada, mucha gente parece dispuesta a cambiar símbolos de victoria y compensaciones inmateriales, como la apertura de Los Pinos o la venta del avión presidencial, por realizaciones materiales o institucionales claramente vinculadas con las ofertas de campaña y, sobre todo, con las miles de necesidades sufridas por una población castigada en extremo por las crisis, los ajustes y una austeridad nunca diseñada para dar cabida a principios y compromisos de equidad y protección de los más vulnerables.

Desde esta acumulación de carencias e insatisfacciones, proviene la legitimidad del reclamo de un mayor crecimiento económico sin el cual nada puede dinamizarse para dar lugar a nuevas expectativas. En un ambiente siempre al borde de la recesión depresiva, poco se puede ofrecer de empleo como vía primaria para reconstruir las bases de un progreso individual o grupal sustentado por un mercado amplio y dinámico.

Nuestra economía no ofrece el mínimo linimento para aliviar viejos daños y obligadas posposiciones en el consumo o el bienestar y, a pesar de lo mucho empeñado en la construcción de bienes públicos indispensables como la salud, el techo o la educación, nada puede suplir la falta de recursos para satisfacer las necesidades de la población, pobre y no pobre.

Desde esta perspectiva, que quiere ir más allá del cálculo económico elemental y de las previsiones generales sobre la gobernanza y la paciencia de la mayoría, es obligado reiterar que una ausencia conspicua del discurso y la ponencia del pasado día primero es lo tocante al papel fundamental, primordial y elemental del Estado en la (re)construcción de una economía política que, para ser eficaz como vehículo de estabilidad y consenso, no puede sino ser mixta y comprometida con la formación de un Estado de Bienestar constitucionalmente responsable de y ante los principios y obligaciones contenidas en la propia Constitución.

Tendrá que ser en consonancia con esta ausencia, más que sentida presente, que la nueva coalición gobernante deberá aprestarse a plantear(se) la urgencia de asumir en positivo su asignatura principal: llevar a cabo la pospuesta reforma hacendaria para proveer de recursos suficientes al Estado y obligarlo a gastar bien y con transparencia, conforme a sus propias obligaciones como Estado nacional y constitucional.

Sin esta indispensable reforma, poco o nada puede esperarse de la Gran Oferta de un cambio de régimen que recoja otra transformación de gran calado. Sin equidad e igualdad no hay bienestar alguno ni democracia que aguante.

COLUMNAS ANTERIORES

La adversidad nuestra de cada día
La política contra la economía

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.