La emergencia al centro
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La emergencia al centro

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La emergencia al centro

03/10/2019

En el camino seguido no hay parada, ni para satisfacer necesidades elementales. Todo es movimiento incierto, ningún derrotero preciso. Todo lo que es sólido puede desvanecerse en el aire, como predijo Marx, sin que entonces se advirtiera que la propia especie y las bases fundamentales para subsistir y reproducirse podrían estar, como están, en riesgo mayor.

En estas estamos, no sé si alertados por el reclamo de los niños encabezados por Greta o todavía amodorrados como colectividad global para actuar conforme al carácter de emergencia ambiental y climática. En ésta, como en otras asignaturas primordiales, seguimos dando palos de ciego quizá porque lo que está en juego cuestiona nuestros criterios principales sobre la forma de organización social que hemos podido darnos a partir de que otra emergencia vital fuera encarada y superada en 1945.

Entonces, poseedores de “armas de destrucción masiva”, los poderes que se afirmaron como los ejes de los nuevos mundos que emergían de las ruinas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra se aprestaron a erigir nuevas estructuras de convivencia y producción económica, de articulación financiera y de los propios intercambios entre las naciones que buscaban retornar a las prácticas establecidas. Se trataba de movilizar los aparatos productivos sobrevivientes, reconstruir infraestructuras y ciudades enteras y aprovechar los nuevos conocimientos científicos y tecnológicos que la contienda había hecho surgir.

Poco a poco, con la industrialización del “tercer mundo”, sobre todo en Asia, el capitalismo en sus diferentes variedades se expandió por el territorio global de la mano de la imaginación de crecientes masas que veían en su incorporación al consumo una forma indiscutible de ciudadanía y acceso al bienestar. Los Estados de bienestar se afirmaron en Europa pero también en los imaginarios de los enormes contingentes que irrumpían en la escena mundial reclamando su derecho al desarrollo y al ejercicio de una soberanía ganada en los campos de batalla o en las guerras civiles y de liberación que poblaron el espacio de los nuevos mundos que de diferentes maneras se implantaban en la arquitectura del poder mundial.

La guerra fría solo fue caliente en los ámbitos del subdesarrollo y ex coloniales, pero ese frágil entendimiento, siempre al borde del estallido, no pudo sostenerse. El poder soviético y sus despliegues en Europa del Este fue incapaz de encauzar reclamos y, víctima de sus propias contradicciones y limitaciones “objetivas” intentó una reforma simultánea en los planos de la dominación política y la economía que contribuyó a su decadencia acelerada y tensa.

Ahora, el mundo es ancho pero nada ajeno y la comunicación es total. La producción se organiza y planifica a distancia en “tiempo real” y la especulación dicta el ritmo vital de poblaciones enteras, sometidas a los caprichos y ambiciones de quienes, creyentes del milagro financiero, pueden ser los nuevos “amos del universo”, como los bautizara Tom Wolfe.

Si bien la idea de “lo global” ha dominado el pensamiento y las decisiones económicas y financieras, lejos está de traducirse en una nueva idea del gobierno planetario, global, acorde con los avances materiales, productivos y tecnológicos. Es precisamente este déficit que más que institucional es político y moral, el que da cuerda a los muchos desequilibrios que rompen las esperanzas de una recuperación “buena” de la Gran Recesión de 2008. La razón da paso a la adivinanza y se prefiere profetizar el desastre.

Tristeza del pensamiento, a decir de Steiner, lo que no quiere decir capitular. Es indispensable por nuestra parte tomar conciencia del momento, atrevernos a poner en el centro del esfuerzo estratégico nacional los objetivos del desarrollo sostenible y la agenda 2030. Nos urge revisar nuestras capacidades institucionales para abocarnos al rediseño del Estado y la economía en la dirección de una profunda revolución energética e industrial, así como en un rediseño de la trama territorial. Los agravios al ambiente y a la biodiversidad deben enmendarse y pronto, porque lo que puede perderse en conocimiento y acción es mucho. Repensar el desarrollo y la correspondiente intervención estatal y colectiva en función del reclamo profundo del que es portador el cambio climático. Así nos lo ha propuesto, de manera brillante, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) en su Informe 2019 “New Deal verde global”.

Más allá del Plan Nacional de Desarrollo y del proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación, es la imaginación política, sociológica y económica la que debería inundar los pasillos de Hacienda y del Congreso y ponerse al servicio de esta emergencia. Porque es de eso de lo que hay que hablar, y hablarlo ya.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.