Rolando Cordera Campos

Diálogos para el desarrollo (I)

A lo largo del terrible año 2020 la desigualdad se ha aferrado a las estructuras sociales y políticas cuestionando abiertamente las capacidades del capitalismo democrático para hacer posible la justicia social.

En esta y en la siguiente entrega, comparto con los lectores de El Financiero algunas de las ideas expuestas en mi participación en una nueva edición del seminario "Diálogos para el desarrollo. La estrategia económico-social en México en la tercera década del siglo XXI". Jornadas de intercambios plurales, puntuales, organizadas con rigor y entusiasmo por la Universidad Nacional (IIJ), el Colegio de México, la Concamin y el IDIC. Ejemplo de que el intercambio de diferentes puntos de vista siempre es posible y necesario y, en los tiempos actuales, urgente; diálogos que establecen puentes hacia la construcción de comunidades habitables.

Desde 2008 el mundo ha enfrentado crecientes desafíos que algunos han calificado como existenciales; apuntan a mecanismos y relaciones cruciales para su reproducción económica y social. No solo los flujos comerciales y los movimientos financieros se han visto afectados significativamente, también la confianza ciudadana en los gobiernos y la organización económica capitalista de mercado, hasta en algunos casos cuestionar el orden democrático que formaría parte del núcleo rector de la transformación global festinada con entusiasmo desde fines del siglo XX.

Como gran telón de fondo, se han construido escenarios creíbles y cada vez más cercanos sobre la inevitable perspectiva del cambio climático, cuyos desequilibrios ya se han presentado en este lúgubre cambio mundial, contrarios a los panoramas que solían adscribirse a la globalización planetaria hace apenas dos decenios. Hoy, debe reconocerse, esos escenarios, proyecciones y perspectivas se vuelven realidades ominosas y, en ese sentido, urgente la necesidad de actuar en consecuencia.

La pandemia y su cauda de desplome económico, de la producción, el empleo y la inversión, nos puso frente a un cúmulo de fragilidades político-institucionales que han repercutido sobre esos mecanismos y relaciones, para empezar sobre la relación salud-enfermedad que se pretendía haber modulado gracias a los avances científicos en favor de preservar la vida.

A lo largo del terrible año 2020 todo eso se vino abajo. La desigualdad se ha aferrado a las estructuras sociales y políticas cuestionando abiertamente las capacidades del capitalismo democrático para hacer posible la justicia social. El empleo, por su parte, se difumina como subempleo y mal empleo, precario y mal pagado y pone en riesgo los de por sí débiles fondos fiscales para el Estado de Bienestar.

El Estado Fiscal, devenido Estado endeudado desde principios de este siglo, tiene que desplegarse de nuevo como Estado contracíclico a la vez que promotor de una reconstrucción todavía incierta y poco definida. De cualquier modo, el Estado vuelve al centro de la escena del capitalismo avanzado para plantearle a la sociedad reclamos y exigencias de cambio con propósitos de auténtica sobrevivencia. La convocatoria a un "nuevo, Nuevo Trato", como la protagonizan los demócratas encabezados por el presidente Biden, poco tiene de nostalgia y mucho de urgencia.

Por otro lado, puede decirse que con la ciencia de nuestro lado y con capacidades de organización y empuje institucional para extender la protección social a los sectores más vulnerables y afectados, para empezar al de la salud misma, la humanidad como especie tiene ante sí la oportunidad de volcarse a la reconstrucción del orden internacional; primero al rescate y, luego, a la reconstrucción del orden económico-productivo cuyas dinámicas se dieron por finiquitadas al calor de la magia global, convertida en fe universal en el mercado y el desdén en la política y del Estado.

Esa confianza ciega en los poderes taumatúrgicos de la libertad económica de mercado, fue duramente puesta en cuestión en 2008 con los estallidos financieros de ese año y la caída productiva y del empleo. Fue una prueba más que eficiente de que sin una acción pronta y audaz del Estado, las economías globalizadas parecían condenadas a reproducir las tendencias al estancamiento secular advertidas desde los años treinta del siglo pasado por Alvin Hansen y ahora resucitadas por la quiebra de los equilibrios financieros cuyo arreglo automático no llegó.

Así, tuvieron que ser los Estados, los repudiados del mercado, los que se hicieron cargo del salvataje sistémico; y, en Estados Unidos de América de manera particular, de acometer la ingente tarea reconstructiva por medio del gasto y la inversión públicos. Intervenciones que, sin embargo, no fueron suficientes para efectivamente salir de la honda brecha abierta por la conmoción financiera con la que empezaba el siglo XXI.

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