De cambios de época y hoyos negros
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De cambios de época y hoyos negros

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De cambios de época y hoyos negros

09/01/2020

Si se toman en cuenta los salarios y la precariedad de muchos de los empleos creados, lejos estamos de haber superado el reto social planteado por la Gran Recesión al capitalismo democrático. Sin embargo, este desafío, resumido hoy en el mal empleo, está cediendo su lugar clásico y central a otro: el desplazamiento del hombre por robots y computadoras.

No hay una respuesta aceptada respecto del tiempo que pueda llevarse esta gran transición; tampoco sobre cuáles podrían ser sus implicaciones sociales o políticas. Ni sobre lo que todo este gran cambio laboral y estructural podría significar para la cultura, la convivencia y el bienestar de las comunidades.

El tema lleva a mil y una perplejidades, originadas en la cultura forjada en siglos de trabajo asalariado y una cultura adquisitiva y fuertemente amarrada al consumo de bienes en el mercado. Como nunca, aquella frase de Marx sobre el inmenso arsenal de mercancías en que descansaba la sociedad burguesa de su tiempo hoy tiene vigencia global.

De hecho, es esta producción planetaria de mercancías la que le da a la visión de globalidad un sustento institucional, cultural e ideológico formidable. Uno de los dramas de nuestro tiempo pos Gran Recesión es precisamente el imperio de los mercados y la imposibilidad de las naciones para, a través de sus respectivos Estados, regular a los primeros y salir al paso de algunas de sus más agresivas y negativas “externalidades”.

Nosotros sabemos de esto y mucho. Por nuestro territorio pasan diario miles de seres humanos que con dificultades mayúsculas ejemplifican esa disfuncionalidad del mercado que se expresa en el mal empleo, la marginalidad de millones y la desesperanza de muchos más.

Se migra no para mejorar, como dirían los clásicos del Siglo de Oro, sino para sobrevivir. Se busca refugio contra la enfermedad y la vulnerabilidad, así como contra el crimen más alevoso e inhumano. Así lo viven los centroamericanos desamparados, alojados en nuestro suelo, y así lo siguen viviendo miles de compatriotas que optan por el riesgo mayor del Paso del Norte con tal de poder soñar con algún día tener la “hielera llena”; como le respondió hace años a mi hija Tamara una mucama mexicana de un hotel de Berkeley, a su pregunta de por qué había migrado.

Otra externalidad portadora de tragedia es la que se concentra en el deterioro del entorno y las ya evidentes calamidades asociadas con los efectos del cambio climático. Las inundaciones y las sequías; los cambios bruscos en los regímenes climáticos y pluviales recogen la irracionalidad del mercado, su ceguera para interiorizar esos impactos y darles cauce constructivo y productivo. Las majaderías de Trump y seguidores sobre el tema no hacen sino advertirnos de irracionalidades todavía mayores que las que propician los mercados desatados.

En nuestro caso, poco podemos decir sobre lo hecho para encarar civilizadamente tanto la migración como el cambio climático, con respeto a los derechos humanos y a la propia naturaleza. Ni aquí ni en China, desde luego no en Washington, ha habido disposición política para hacerlo y es por eso por lo que la democracia, de entrada sin estar capacitada para ello, tiene que cargar con los costos, los reclamos y las responsabilidades. El abuso que se hace de la política y de la democracia por las extremas derechas con antifaz populista o no, produce ya deterioros profundos y profusos en ambas.

Ésta es, tal vez, la “externalidad negativa” mayor del capitalismo actual. Ni el mercado ni los intereses parecen capaces de domar las pasiones, como quería Hirschman, desatadas por la incertidumbre que se ha vuelto inseguridad galopante en todas las latitudes.

“Traer de vuelta al Estado” antes de que se lo trague el hoyo negro configurado por este portentoso y ominoso cambio de época, vuelve a ser tarea crucial y de sobrevivencia social. Un Estado para todos y comprometido a fondo con la protección de la especie y el desarrollo de nuevas potencialidades para adaptarnos al cambio epocal que ya está sobre nosotros.

El Estado y el desarrollo no son palabras huecas. Su papel decisivo para atravesar con bien el hoyo negro de este cambio de época merecería más atención que la que le hemos brindado. Por lo pronto asumamos que magias puede haber muchas, pero no en el mercado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.