Contra la interpretación
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Contra la interpretación

05/12/2019

No entiendo por qué se insiste en hablar de “narrativa” para describir lo que para los antiguos como yo era sobre todo un arte, el arte de la persuasión. De eso se trataba pero, para citar al campeón, John Maynard Keynes, nunca se buscó edulcorar la realidad o llevarla a extremos tratando de persuadir de la inminencia de la catástrofe o de lo contrario.

Cuando Keynes dijo que en el largo plazo todos estaremos muertos, no quiso dramatizar la circunstancia sino llamar la atención sobre la urgencia de actuar, salir al paso, cuanto antes a lo que ya era una depresión devastadora. Poco éxito tuvo en lo inmediato el sabio de Bloomsbury y Cambridge, pero al final de aquella apocalíptica temporada, sus conceptos se tradujeron en toda una teoría y bases más que robustas para evitar que “aquello”, depresión y guerra, se repitiera.

El mundo se propuso cambiar para encarar la contienda planteada por el comunismo soviético; también el capitalismo buscó volverse “amistoso” y tener gestos de responsabilidad y sensibilidad social. Se formuló el Estado de Bienestar y, para la así llamada por Kipling “carga del hombre blanco”, se inventó el desarrollo entendido como algo más que una elemental modernización epidérmica.

La historia no es lineal y aquella gran transformación que pretendía haberse hecho cargo de las lecciones del liberismo y su desastrosa cauda de desplomes, en lo político, lo económico y lo social, cambió de piel. A fines del siglo XX, con la caída del Muro de Berlín, sonaron las trompetas de los poderes que llamaron a globalizarse, abrir los mercados y contraer los Estados, hasta volver diminutos los avances en derechos sociales y laborales obtenidos en los treinta gloriosos, como llamaban los franceses a aquellas décadas de cambio y progreso social que siguieron a la Guerra Mundial. Todo cambió y no para bien.

La desigualdad es hoy la marca central del planeta, los países ricos también registran cuotas e índices de pobreza e inseguridad que se daban por superados unos lustros atrás. El lado oscuro del orden internacional diseñado en San Francisco y Bretton Woods, con la ONU, el Banco Mundial y el FMI como insignias del imparable progreso capitalista, puso en reserva las proclamas desarrollistas. Los países en desarrollo hubieron de pasar los tragos amargos del ajuste draconiano formulado en los corredores del poder financiero, para otorgar a la globalización su verdadera cara: desgarradora del tejido social y concentradora voraz, rapaz, de los frutos del trabajo.

Estamos en un cruce de caminos que no ofrece dirección ni sentido al cambio que de todas formas se da, en las estructuras sociales y productivas, en los gustos, la comunicación y el consumo. Nada de esto puede verse hoy como palanca de defensa y progreso social y económico. De aquí la resonancia de los discursos y la retórica demagógicos. Nadie se salva y tampoco hay distingos; como naipes caen las críticas a los conductores del Estado y hasta de la economía. Todo sirve como argumento para la descalificación sumaria de los poderes constituidos y sus coros. La conversación plural es mal vista y se cancela. A empujones avanza el epíteto dejando al paso una democracia cada vez más maltrecha, vacía.

Se impone la violencia verbal y física, como en Chile, o el silencio ominoso sobre la política como aquí. Para no hablar de la vergüenza continental del Bolsonaro “terminator” quien se siente destinado a no dejar piedra sobre piedra del otrora promisorio país “más grande do mondo”.

Nada nos queda lejos. Negar las realidades más evidentes no ayuda a nadie. No es cierto que la economía vaya bien y que el ingreso se distribuya mejor. Cómo podría aparecer la epifanía sin modificar las formas de producir y distribuir; sin crecer y repartir.

La negación de la negación no promueve dialéctica alguna, salvo la reiteración cansina de logros y panoramas salvíficos que pronto se desgastarán por tanto grito.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.