Rolando Cordera Campos

De política y políticas

Sin una política social digna de ese nombre, por sus concepciones y elaboraciones, la marcha del país seguirá siendo tortuosa e incierta.

¿Tenemos que cambiar aquí y ahora? ¿Podemos hacerlo sin incurrir en el vicio secular de los transformadores de toda especie y echar al niño con el agua sucia de la bañera? En fin, ¿qué conservar y hasta dónde llegar? ¿Qué enmendar para mantener y qué desechar sin romper tejidos fundamentales para la producción, la cohesión social y la vida cívica? ¿Hay capacidad para hacerlo?

Éstas y otras preguntas, es de suponer, debieron haber sido abordadas por el estado mayor del grupo gobernante, aunque por los cotidianos recursos discursivos parecen haber quedado en algún limbo tropical o en los archivos casi muertos de la memoria inmediata de la IVT. Al mando de la política de gobierno está una nefasta combinación de inercias y ocurrencias.

Todo se ha vuelto presente. Lucha por y desde el poder; los temas y problemas fundamentales suelen ser vistos por el revolucionario como impertinentes, cuando no como anacrónicos porque no están en su agenda del momento. La dictadura del corto plazo, achacada al pensamiento neoliberal y su forma de gobernar, se trasladó sin mayor trámite al puente de mando de los transformadores. Ya no hay espacio para las reflexiones, lo inmediato es cúmulo implacable de carencias y necesidades y hay que abocarse a ‘superarlas’ como sea, siguiendo una carta de navegación que pocos conocen y los ‘afortunados’ prefieren no cuestionar, menos contradecir o someter al juicio racional de la política y la ciencia o el arte de gobernar.

Este cuadro descuadrado nos ha traído también una proclividad al pensamiento y la acción irracionales donde, más allá de las implicaciones, pareciera que nada tiene relación con nada, se trate de costos sociales, económicos o materiales o de efectos y relaciones complejas con nuestros principales socios y asociados o el resto del mundo.

De una modernidad nunca plenamente abrazada por la sociedad y el Estado, pasamos a una contrahechura que ya afecta los nudos más sensibles del edificio social en su conjunto. Ayer, la política solía ser vista como el vehículo más civilizado para desenredar embrollos y enmendar entuertos en las comunidades humanas. Una vía privilegiada para construir formas promisorias de entendimiento y modulación del conflicto, para acordar estrategias en busca de bienes colectivos. Para muchos, la política llegó a ser vista como un santo grial, porque ahí se depositaba la gran promesa de la democracia como forma de gobierno y, según nuestra Constitución, como forma de vida para el mejoramiento colectivo.

Para acercarse a estas metas, siempre listas para la fuga, era preciso hacer política y formular políticas; alcanzar consensos y producir bienes públicos colectivos que materializaran, aunque fuera imperfectamente, la promesa siempre intuida de pasar de la igualdad en y ante las urnas a la igualdad social y económica.

Poco o nada se ha hecho para revisar lo hecho a este respecto, aunque fuese a partir de la convicción de que en la cuestión social había que, prácticamente, ‘empezar de cero’. Las descalificaciones presidenciales de los hallazgos de Inegi y del Coneval se limitan a criticar sin proponer formulación de alguna política alternativa; los programas puestos en acto apenas compensan los agresivos cierres y suspensiones de actividades ‘no esenciales’. Sin una política social digna de ese nombre, por sus concepciones y elaboraciones, la marcha del país seguirá siendo tortuosa e incierta. Hay que tomar una decisión y toca a la nueva legislatura adoptarla.

Desde el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo, que delibera en la UNAM desde 2009, proponemos ‘Renovar políticas para un nuevo curso de desarrollo en México’. A partir de un “compromiso histórico con el futuro” y de un diálogo público amplio, el Estado tiene que remover inercias y poner en el centro de sus decisiones la rehabilitación de nuestros sistemas de salud, educación y alimentación, también recuperar la inversión pública y privada.

Con lo social en el centro, es posible plantearnos la enorme tarea de una reforma del Estado para volverlo un Estado democrático constitucional, expresamente social y desarrollista. Nada más y nada menos. Pero no sin una reforma hacendaria de gran calado. La progresividad debe volverse la clave de toda reforma, para avanzar y no tener que retroceder a la vuelta de la esquina.

Nuestras deliberaciones deben liberarse de los grilletes de la cacofonía inmediatista y pendenciera.

Los interesados pueden consultar el documento del grupo Nuevo Curso en la página http://www.nuevocursodedesarrollo.unam.mx/docs/GNCD_2021.08_Renovar_%20Politicas.pdf

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