Rolando Cordera Campos

¿En el límite?

Por sus dichos y por los hechos con que amenaza embestir a la institución electoral, Salgado se ha puesto fuera de la ley y en riesgo de incurrir en delitos penales.

Se ha dicho, pero hay que repetirlo: las invectivas desatadas por el gobierno y su cuarta transformación, haciendo coro al senador Salgado Macedonio, son inauditas e insólitas; indignas de una política democrática como la que muchos mexicanos queremos tener y decimos haber empezado a construir hace casi medio siglo.

Por sus dichos y por los hechos con que amenaza embestir a la institución electoral y el presidente de su Consejo, Salgado se ha puesto fuera de la ley y en riesgo de incurrir en delitos penales. No debería ser ni senador ni candidato a gobernar su sufrido estado y la insistencia del partido en el poder en sostenerlo como tal no hace sino agravar el panorama de desajuste y dislocación política mayúsculo que se abrió antes de 2018, con el desplome del PRI y su gobierno, y se ahondó a partir de entonces.

Contar con un sistema político que encauce y absorba los impactos más afilados del conflicto social, propio de una sociedad moderna y capitalista como la nuestra, es indispensable si se busca que la sociedad geste una economía capaz de sostener y asegurar su reproducción y mejoría, material al menos. Así es como ha evolucionado el capitalismo global y así necesita seguirlo haciendo, a través de desequilibrios y contradicciones, pero conservando flexibilidad estructural y productiva, institucional y política.

Esta estabilidad y crecimiento con bienestar no han sido frutos mágicos, sino resultado de sucesivas reformas del sistema capitalista promoviendo profundos cambios sobre las pautas distributivas y los accesos de la población a más y mejores bienes públicos. Soslayar o, peor aún, negar estas características del sistema político económico en el que vivimos, lleva al aislamiento intelectual y político, (re)niega de la política y del necesario conocimiento para su mejor conducción y mejoramiento. Las lecciones de otras crisis mayores, como la del 29 y algunas de las que caracterizaron a la Guerra Fría, deberían ser inequívocas, pero no lo son.

Antes de ‘cambiar’ de sistema o de ‘exterminarlo’ como quiere hacer con el INE el inefable Delgado, quienes así piensan debieran estar seguros de que cuentan con el entendimiento y la paciencia para iniciar un camino que será azaroso, probablemente largo y cargado de aconteceres ominosos. De no contar con un elemental avituallamiento y, además, no tener conciencia de su importancia vital para la sociedad que se busca transformar, el panorama se obscurece y el presente corre el peligro de incendiarse. Tarde o temprano, los “bienes materiales del hombre” que diría el gran Leo Huberman, serán escasos y sin placebos retóricos que sublimen tal penuria.

Por otro lado, como parte de esa revolución no puede proponerse una redistribución ‘hacia abajo’, como ocurrió en la Rusia soviética y se impuso a la Cuba revolucionaria, y parece gustarle al presidente. Su resultado sería: “todos pobres y contentos”.

Desventurado escenario para ofrecer a una comunidad, que, como la nuestra, ha pasado por demasiados años de penuria e incertidumbre, ahora agravados como lo muestran las cifras de empobrecimiento e inocupación que nos caracterizan. En lo laboral y lo social y, desde luego, en lo económico y lo productivo.

Los brotes verdes de la recuperación pueden celebrarse, pero no festinarse; sus cimientos son frágiles y precarios. Ni siquiera en el flanco fundamental de la salud tenemos las cosas ganadas y las de la economía penden de alfileres, sometidas a múltiples intereses, encabezados por los de los poderosos de la riqueza. Algunos de estos, sin recato, presumen sus ‘destrezas’ para la evasión y la elusión fiscales, mientras aconsejan al presidente.

De todo este magma no puede emanar transformación alguna que aspire a ser nombrada revolucionaria; pero sí una disrupción mayor, capaz de remover usos, abusos y prácticas arcanas del poder político y llevar al pavor del económico y social, cuyos personeros no dudarían en fintar con sacar capitales, y hacer una huelga inversionista que postraría la actividad productiva y el empleo.

Con lo excepcional e indeseable que esta forma de lucha de clases pueda parecer, ha tenido lugar en momentos decisivos del orden económico y político moderno. Ocurrió en la Francia del presidente Mitterrand que prometía un socialismo tranquilo y en el Chile del presidente Allende con su propuesta de un socialismo democrático, que ‘despertó' no solo las formas más salvajes de capitalismo, sino la destrucción de aquellas raíces legendarias de democracia social sembradas en años de lucha proletaria y de partidos socialistas pisoteados por la bota militar y fascista.

Con el sustento no se juega, por magro que pueda parecer; tampoco con la seguridad. Advertencias que podríamos extender a nuestras construcciones de convivencia política en democracia. Desafiar y denostar a las instituciones; considerarlas ‘sospechosas’; querer usarlas como barricadas para confrontaciones hipotéticas, son irresponsables llamados al límite… La polarización nunca ha terminado en fiesta.

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