Rolando Cordera Campos

Memoria y proyecto

Solo con una política respetuosa de la memoria y el sentido común, una que recurre a una bien aprendida historia patria, es que podremos salir del laberinto. Aunque va a tardar.

Si algo es ya inocultable es la necesidad de reconstruir y fortalecer nuestro fragmentado sistema de salud. Es, debería ser, prioridad nacional; inexcusable, soslayar o dejar para después este asunto prioritario, fundamental, como lo es la atención y el cuidado de la salud.

Hacerlo requiere bajar del púlpito y hacerse cargo explícitamente de la evidencia cruel de nuestra fragilidad financiera, institucional y humana que la emergencia del nuevo virus nos puso enfrente sin miramientos. Reconocer todo esto como parte indisoluble de la realidad actual es punto de partida obligado para una reconstrucción nacional efectiva.

La discusión sobre nuestro sistema de salud debe ser una exigencia política, de ética pública, conducente a mejorar y universalizar su atención y calidad. Para contribuir a evitar desigualdades, afirmando la justicia social con soportes financieramente potables, un sistema preparado para afrontar los compromisos de hoy y los que sin remedio van a llegar.

De la provisión efectiva de bienes públicos para todos a asegurar la sostenibilidad de los sistemas pensionarios, emergió una línea de riesgo y peligro inminente. La respuesta gubernamental a la emergencia sanitaria no la quiso convertir en una línea comúnmente asumida para el trazo de una estrategia para rescatar y reconstruir al país en su conjunto. Nos quedamos sin los pilares fundamentales para una estrategia capaz de combinar lo urgente con lo importante, el rescate con la reorientación del curso de desarrollo.

Nadie podría apostar hoy que, al calor de la campaña y sus respectivas contiendas, pueda emerger una retórica sostenida en una renovada inteligencia política cargada de intenciones estratégicas y comprometida con propósitos de acción colectiva y empresas de participación diversa y transformadora. Nuestros políticos no parecen dar para tanto, ni querer hacerlo. De hecho, parece que apuestan en manada por la pesadilla del statu quo.

Contra una forma aletargada de ejercer la política, cargada de vanas autosuficiencias adoptadas sin el menor respeto a la historia o el análisis sensato de la realidad inmediata, es preciso seguir reclamando ideas y sugerencias, menores y mayores, humildes o arrogantemente juveniles, destinadas a darle validez a un llamado prudente a la acción. A un movimiento hacia un mañana mejor donde puedan articularse la solidaridad, la equidad, la buena medicina, la cohesión social y la justicia. Es decir, todo lo que importa.

Formalmente, el calendario cívico político que supuestamente organiza nuestro orden democrático sigue con nosotros y en septiembre tendremos una nueva legislatura en el Congreso de la Unión. En lo inmediato, ni un milagro triple en el Capitolio de Washington impedirá que nuestra vernácula recuperación sea tortuosa y desigual y que dé cuenta de nuestra dificultad política y estructural para engancharnos al último carro del impetuoso convoy americano que Biden ha echado a andar.

Esperar que el relevo en la Cámara de Diputados o que, sin mayor esfuerzo, el ‘efecto jalón’ proveniente del norte nos acojan sería un error garrafal mayor. Del mismo calado sería ignorar la fuerza centrípeta del despertar americano para sumirnos en una nueva visión, ¿misión?, melancólica de encierro pospandémico.

Trazar una nueva visión de Norteamérica debería ser tarea nuestra o, al menos, fruto de una convocatoria conjunta, trilateral, inspirada en nuestras respectivas y dolorosas experiencias. Debería ser ésta la hora de grandes esfuerzos analíticos de lo hecho y lo omitido; de amplios y plurales ejercicios imaginativos con pretensiones históricas, para diseñar horizontes portadores de ‘utopías realistas y realizables’, capaces de reconocer y corregir las fallas geológicas del presente y dejar de contentarse con la facilona actitud de buscar descargar en el pasado las culpas de hoy, ayer y mañana. Como aconseja la filósofa Victoria Camps: “A diferencia de la responsabilidad jurídica, que mira al pasado y solo busca culpables porque piensa en términos de faltas, la responsabilidad moral debe mirar al futuro: ¿qué debo hacer?” (Victoria Camps, “El giro ético de la política”, Universitas Philoshopica, 21, Colombia, consultado en línea).

Un ejercicio de imaginación histórica y sociológica como el sugerido, nos daría un sentido de realismo cargado de ambición y valor reconstructivo. Como el que ayer animó a quienes formaron filas en la reconstrucción nacional que, con dificultades enormes, desembocaría en la gran utopía que animara y enorgulleciera al general y presidente Cárdenas. Transformación que no necesitó de bautizos ni consagraciones para (con)formar y, todavía, iluminar nuestra memoria nacional.

Solo con una política respetuosa de la memoria y el sentido común, una que recurre a una bien aprendida historia patria, es que podremos salir del laberinto. Aunque va a tardar.

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