Cronopio

Ya basta

La libertad de expresión peligra precisamente en la sutil orden a los leales a tomar en sus manos la defensa del honor del líder.

México está normalizando la violencia contra los periodistas. No sólo son los cientos de asesinatos impunes, los casos olvidados de desaparecidos, la cacería judicial creciente. Es la ofensiva contra la libertad de expresión desde las capacidades de influir en la opinión pública del Presidente. Desde esa forma de poder que significa crear o reproducir percepciones.

La democracia es inconcebible sin el flujo libre de las ideas. Desde la comprensión republicana de la democracia, la esencia y eficacia del voto presupone necesariamente la posibilidad de recibir y compartir información y opiniones. La libertad de expresión debe ser tratada como la ‘libertad sacrosanta’, el ‘latido del corazón del sistema político’, ‘el oxígeno de las sociedades libres’. Los ciudadanos forman sus elecciones personales en una plaza en la que compiten distintas sensibilidades, preferencias y valores. No en la soledad ni en la cofradía. Con los otros. En la dialéctica entre el poder y sus vigilancias.

En nuestro país gana terreno una perversa forma de censura. La que prescribe el miedo, la cautela, la precaución. El fallido atentado a un periodista no ha merecido la condena del poder. Antes que la mínima empatía o la solidaridad humana, el desdén sobre la gravedad del hecho o la frivolización de sus consecuencias. La autoridad encargada de aplicar la ley y de proteger las libertades, corre impunemente las cortinas de la privacidad. Exponer el número telefónico de una periodista no es un acto legítimo de réplica, sino la instrucción de hostigar. Hacer propaganda con los patrimonios e ingresos de los periodistas está lejos de un ejercicio de transparencia: es el cerillo en la hoguera del resentimiento social. Minimizar con teorías de la conspiración el acoso judicial sobre una revelación periodística de interés público pone cifra a la desfachatez.

La violencia contra los periodistas empieza en Palacio Nacional. No sirve de coartada que existen medios o comunicadores críticos. Tampoco que no se ha recurrido al rescate o a las requisas. La línea se dicta desde la ofensa y la descalificación. En la pedagogía del miedo a ser vapuleado públicamente sin defensa. En la posibilidad de ser agredido por un patriota del movimiento. La asimetría del poder tiene su expresión gráfica en el monólogo mañanero. En ese paredón sin reglas, ni escrúpulos. La libertad de expresión peligra precisamente en la sutil orden a los leales a tomar por sus manos la defensa del honor del líder. En esa atmósfera orwelliana donde la guerra es paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es fuerza.

La defensa de la democracia tiene una trinchera urgente. Defender al INE, al Poder Judicial o a los organismos autónomos no agota los deberes de los demócratas. La preservación de las libertades empieza por esa incómoda posibilidad de escucharnos a todos. En la viabilidad de la conversación que no requiere permiso de la autoridad. En el muro de derechos y garantías que se edifican contra el miedo. En el coro colectivo de un ya basta.

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