La efeméride negra de hoy rememora aquel día en el cual, ante la ausencia del diálogo político, hablaron las bocas de fuego. Eso ocurrió la noche del dos de octubre: la sangre llegó a la Plaza de las Tres Culturas.
Importa recordarlo porque, de nuevo, se está denigrando a la política en un momento delicado. Justo cuando el país se halla en una encrucijada, teniendo además en puerta una elección que, por naturaleza, subrayará las diferencias y no las coincidencias, y cuando el crimen organizado puede más que la política desorganizada.
En tiempos de venganza y de revancha, pocos están dispuestos a pensar, oír y hablar de política: diálogo, negociación y acuerdo. Sin embargo, nunca estará demás insistir en su utilidad. Se sabe, donde termina aquella, empieza la violencia. Más vale ver y entender el panorama completo, en vez de asomarse a un abismo profundo.
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El caldo que, con la irresponsable desmesura de sus asertos, calienta la clase política —amenizada por algunos intelectuales y su orquesta— cultiva la violencia. Anima, sin decirlo, a los espontáneos que con el cuchillo entre los dientes se inclinan por la acción directa para salir, de una vez por todas, de quienes estorban.
La increíble exageración con que unos y otros se refieren al contrario reemplazó el argumento por el insulto y, como reacción en cadena, se pasó del diálogo sin consecuencia al debate deslenguado y, de ahí, a la disputa sin disfraz, el campo donde al adversario se le concibe como enemigo y, por lo mismo, como candidato a ser eliminado. No pesan ni miden las palabras. Hipócritas, presirvienta, traidores antipatriotas, narcopolíticos, cínicos, mariguana, privilegiados, autoritarios, miramones, estresada, corruptazos… son vocablos, elevados a rango de conceptos, para monologar entre quienes juran hablar así en supuesta defensa de la democracia, cuando en el fondo y de consuno tirios y troyanos la vulneran.
El país no es el más democrático del mundo como asegura la jefa del Ejecutivo, pero tampoco es la dictadura perfecta como ya presume Felipe Calderón. Tampoco se encamina al paraíso tras salir del infierno. Pero en el juego en que las partes se han enfrascado, su mejor horizonte es la incertidumbre y el peor, el de ruptura.
De seguro, los capos del crimen y los halcones de la Casa Blanca sonríen ante la ventana de oportunidad abierta por la clase política mexicana en su conjunto y le agradecen mantener viva la flama del discurso incendiario porque, así, se normaliza la violencia, ensanchando la posibilidad de echar mano de ella cuando se considere necesario. Si en un marco de violencia e, incluso, de guerra no declarada en algunas regiones del país, el discurso polarizante y agresivo es una forma de entendimiento, el eventual recrudecimiento de aquella se tomará como una consecuencia lógica y natural. Gavilanes y halcones reconocen a sus respectivos socios políticos la maestría con que agravan la circunstancia. Pues, cómo no.
En la cabeza de la clase política no es esta la hora de reparar en lo que ocurre ni de bajarle, sino de subirle el tono al discurso. Qué reflexionar ni qué reflexionar, es hora de formar filas en una causa u otra. Ojalá, al hervor del caldo de cultivo que calienta, no ocurra un magnicidio talla grande o chica. Precipitaría lo que por obvio se avizora.
Ante este cuadro, se entiende por qué Andrés Manuel López Beltrán se dice feliz, aparentemente tranquilo y ajeno a la realidad, y tienta con sus juicios la idea de subirle la llama a la hornilla.
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En estos días se echan de menos a los contrapesos institucionales que pudieran atemperar o mediar en el momento.
Desde luego, y con buena parte de razón, se achaca al cuatroteísmo el desmantelamiento de esos contrapesos, evitando mencionar dos cuestiones. Una, muchos de esos órganos constitucionales autónomos con una estructura pesada en extremo y superior a la requerida, fueron colonizados por grupos académicos o intelectuales o, bien, convertidos en su feudo. Otra, con frecuencia esas instancias resolvían los asuntos con base en el interés político del grupo que representaban y no necesariamente con base en el interés nacional. Y, cuando comenzó el asedio en su contra, jugaron como focos de contención, resistencia u oposición, no de contrapeso.
Luego, en el radicalismo cuatroteísta de cambiar todo para dejarlo igual o peor, lo conducente no fue replantearlos, sino desaparecerlos, disminuirlos o fusionarlos. Y, en aquellos casos donde aquello era imposible, cambiar de inquilinos. Ocuparlos o recolonizarlos, pero con allegados propios y afines. Unos y otros, diciéndose distintos, aplicaron la misma fórmula. Duelen en particular los casos del Instituto Nacional Electoral o de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Se echan de menos los contrapesos institucionales, pero también los fácticos. Muchas de las organizaciones no gubernamentales perdieron peso y autoridad. Lo mismo ocurrió con personalidades que llegaron a constituirse en referentes. Sea porque el centro y el equilibrio político se perdieron, porque la oposición partidista pasó a ser una nulidad o porque no querían arriesgar sus intereses, esos contrapesos informales se adelgazaron o esfumaron.
Así, sin contrapesos, árbitros ni referentes tirios y troyanos, dieron rienda suelta al respectivo monólogo, ignorando a dónde conduce la falta del diálogo.
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Sí, en verdad —como al parecer decía Charles de Gaulle—, los políticos nunca se retiran, sino que más frecuentemente la política se retira de ellos; más de uno de nuestros estadistas bonsái debería valorar si no vive esa circunstancia y pensar que su retiro en silencio ayudaría.
En todo caso, lo importante a recordar en esta fecha es qué ocurre cuando se denigra a la política.