Tras la foto dominical donde dirigentes y coordinadores parlamentarios de la coalición gobernante aparecen sonrientes y tomados de las manos al amparo de la leyenda “Respaldo Total al Plan B”, se advierte una fractura expuesta y una oportunidad perdida en un pésimo momento.
En el reverso de esa imagen se vislumbra un batidillo político. El gobierno y Morena hirieron a sus socios traidores y aliados de los partidos Verde y del Trabajo; precipitaron el juego electoral a más de un año de distancia; y dejaron ir, por quinta ocasión, la posibilidad de realizar en serio la reforma del modelo electoral y el sistema partidista a fin de darle auténtica perspectiva a la democracia. Poco importa si se aprueba o rechaza íntegra o parcialmente el nuevo plan —en realidad E, no B—; el daño está hecho: por soberbia, complicaron un problema, en vez de resolverlo.
Por si lo anterior no bastara, esa acción se ejecutó en un mal momento: cuando la cuesta de agosto —mucho más pronunciada que la de enero— amaga, presentando peligrosos filos económicos, comerciales, diplomáticos, políticos y, quizá, militares. Al finalizar el mundial de futbol, la adversa circunstancia dejará sentir su peso y reclamará construir acuerdos nacionales, no electorales, para tratar de salvar en lo posible la coyuntura.
La oferta de encabezar un gobierno de continuidad con cambio adquiere los ribetes del continuismo con titubeo, sin posibilidad de estampar el sello propio. Es una pena.
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Por lo dicho y visto después de aquel festivo domingo, los socios de Morena dieron a ciegas el respaldo total a la nueva iniciativa presidencial de reforma político-electoral y, ya conociéndola, abrieron los ojos, tragaron saliva y se fueron de espaldas. La foto a color del domingo adquirió un tono sepia el martes.
Como en el anterior proyecto de reforma, el gobierno y Morena lograron tropezar con la misma piedra. Ni por asomo se les ocurrió incluir a la oposición en la nueva negociación y, al parecer, tras el intento fracasado de disminuir las prerrogativas partidistas y reconfigurar las listas de candidatos plurinominales que tanto interesan a verdes y petistas, los morenistas les jugaron el dedo en la boca a sus aliados, los mismos que días atrás calificaron hasta de traidores. Podrá argüirse, como ya lo hacen algunos, que verdes y petistas son impresentables y se quiere salir de ellos, pero hay un hecho inocultable: quien los escogió como aliados y los empoderó fue Morena. Y, se sabe, quien juega con fuego se quema.
Hoy, verdes y petistas comienzan a cuestionar el plan alterno por el efecto electoral adverso que les puede acarrear y les preocupan las posiciones y las plazas en juego en los próximos comicios. En esa lógica, han optado por desatar la lucha por el poder, precipitar el concurso interno de la alianza, destapando ante-precandidatos para colocar en apuros a Morena, al definir a las y los abanderados de la alianza. Lo suyo es el poder, no el sentido del poder, y poco les importa el fondo del plan alterno.
Más allá de los supuestos ahorros y la austeridad, ese plan proyecta un Estado más centralizado y menos federalizado, más excluyente y menos incluyente; más intervencionista y menos respetuoso de la autonomía del instituto electoral (incluso concibe a los dirigentes partidistas como empleados federales, al fijarles un tope salarial, cosa de ver la reforma del artículo 151 de la Ley General de Partidos Políticos); y, como añadida, pervierte la participación directa ciudadana al trastocar el ejercicio de revocación del mandato en palanca para que quien ocupe la Presidencia de la República pueda hacer campaña, se afiance en el poder e impulse a los candidatos de su partido. Esos son los propósitos envenenados del plan alterno.
De la desaparición de la Comisión Presidencial creada exprofeso para elaborar la propuesta de reforma político-electoral y con vida hasta el 2030, mejor ni hablar. Ni la sombra del presidente de esa Comisión, Pablo Gómez, se vio en las negociaciones tomadas directamente por la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; la dirigente del partido, Luisa María Alcalde; y los coordinadores parlamentarios de Morena, el diputado Ricardo Monreal y el senador Ignacio Mier.
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De suyo grave aventurarse en una operación política de ese carácter; el gobierno y Morena lo han hecho en una coyuntura en extremo delicada, cuando es preciso cuidar y defender al Estado, en vez de ajustarlo a modo.
Al término del mundial de futbol se presentará la cuesta de agosto. El momento en que los efectos del conflicto bélico en que se embarcó Donald Trump se sentirán con fuerza en la economía global, de la cual México no escapa. Cuando ese megalómano estará urgido por colgarse medallas, así sean de latón, antes de las elecciones de noviembre, sin perder de vista que una intervención militar en México podría ofrecérselas. Cuando la presión inflacionaria aquí puede hacer agujeros en el bolsillo de la gente, aumentar el déficit fiscal o poner en peligro la política de bienestar social. Cuando los banqueros, empresarios e inversionistas se cansarán del anuncio de la prosperidad compartida y pedirán certeza jurídica, seguridad y condiciones para remontar, hasta donde se pueda, el mediocre crecimiento. Y, cuando los jaloneos al interior de Morena por hacerse de posiciones y plazas políticas dejarán a más de un damnificado.
La cuesta de agosto se ve peligrosa y pronunciada.
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Por lo pronto, los tropiezos del gobierno y Morena revelan que, en esas instancias, hay secretarios de Estado y cuadros de partido que miran hacia adelante, otros hacia atrás y algunos fingen no ver nada, dejando en duda si hay continuidad con cambio o continuismo con titubeo.