Sobreaviso

Días difíciles…

El presidente López Obrador vive días difíciles que, en un descuido, podrían tornarse críticos. Las decisiones tomadas con precipitación dejan ver ahora el filo de las consecuencias.

Escrito con suavidad, el presidente López Obrador vive días difíciles.

Sin ánimo de exagerar, quizá se encuentra en un punto crítico, al cual como un heraldo negro –diría el poeta César Vallejo– se suma la renuncia de Tatiana Clouthier al gobierno, una mujer de convicciones y criterio como la reconoció el propio mandatario. Un hasta aquí que, no es improbable, puede animar a otras y otros a separarse de la función pública por el cariz y rumbo que adopta la administración.

El efecto de una serie de decisiones tomadas con precipitación recientemente o tiempo atrás, ahora, deja ver el filo de las consecuencias y coloca al gobierno en una encrucijada de no fácil solución. Al mal cálculo de aquellas determinaciones se agregan circunstancias adversas, cuyas variables están fuera del control presidencial, destacando entre ellas la inflación.

Del tesón, el mandatario hizo tozudez y, poco a poco, ha ido perdiendo colaboradores que daban confianza y equilibrio a su gobierno e incorporando oficial o extraoficialmente a cuadros y asesores de gran fervor y disciplina, pero no de igual capacidad y oficio. De ese modo, el Ejecutivo se aparta de las opciones, encajonándose en las disyuntivas.

En tal situación y en el reducido espacio que concede a la reflexión correspondiente de un jefe de Estado, el presidente López Obrador hoy está impelido a distinguir entre anudar y desanudar, simbolizar y significar, romper y unir, militarizar y civilizar…

En suma, distinguir entre voluntad y posibilidad. Gobernar.

Aun cuando ahora la ejercita desde una postura reactiva y no proactiva, el presidente López Obrador sigue en dominio de la comunicación, a través de la cual consolida su base social y allana resistencias, al tiempo que minimiza, trivializa, resbala, desvanece o renfoca a modo los problemas que lo asedian o los tropiezos en que incurre… y, sin la efectividad y contundencia de otros momentos, hace gala de capacidad para fijar la agenda y el debate nacional.

Sí, el mandatario mantiene ese dominio. Sin embargo, la circunstancia reclama información: certeza, señales y claridad, antes que la incertidumbre se vuelva el reino del desasosiego y de los días difíciles se pase a los días críticos que tocan a la puerta de Palacio Nacional.

Ciertamente, ese dominio sustenta su popularidad, pero no su legítima ambición de transformar la realidad, campo donde al final se calificará su gestión y donde cuentan más los resultados que los propósitos. En el balance de comunicar e informar se cifra, en buena medida, la angustia presidencial por saber cómo pasará a la historia y, sobre todo, la condición en que entregará el país. Ahí se verá si conservó el sentido del poder o perdió la noción. Si lo controló o fue víctima de él.

Eso y algo más: si asfixia u oxigena a quien lo suceda en la presidencia de la República, un asunto no menor; si habrá continuismo o continuidad, si quien tome las riendas del próximo gobierno recibirá por legado la administración de una debacle o las bases de un proyecto bien fincando; o si, como tantas otras veces, se repetirá la consabida crisis sexenal.

A la sombra de la barbarie criminal que estampa cotidianamente con sangre su huella –de una crueldad insólita estos últimos días–, del debate político que rebota sin concluir entre la civilización o la militarización de la administración pública, y de la necesaria prórroga de la participación de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad, manchada por los descuidos, los abusos o errores humanos, militares e, incluso, técnicos y tecnológicos cometidos en la Defensa y la Marina, subyacen otros problema igualmente importantes.

La inflación; el estado o resultado del llamado a consultas de México por los socios comerciales del norte con motivo de la política energética adoptada; la corrupción que, pese al deseo presidencial, persiste; los recursos destinados a obras públicas de dudosa viabilidad, a costa del sacrificio de necesidades y tareas fundamentales en el ámbito de la salud, la educación y el abasto dejan ver como titilan los focos rojos del tablero nacional.

Ahí están esos otros problemas dejando ver su filo. Sin embargo, la inseguridad pública y la estrategia adoptada ante ella descuellan como ninguno. Pese a ello, el mandatario rechaza cualquier posibilidad de revisar la situación en esa área y, no sólo eso, se aferra a las decisiones tomadas que paradójicamente revelan, en el fondo, una gran indecisión.

Si esos problemas se llegan a conjugar y combinar entre sí, ni imaginar los días por venir. El Ejecutivo se podría ver contra la pared, sin la posibilidad de justificar el presente en el pasado e incapacitado para prometer que lo mejor viene después.

Las ventanas de oportunidad para intentar tan siquiera atemperar estos días difíciles son cada vez menos y cada vez más estrechas. Si, aun así, el mandatario no las aprovecha, cualquier cosa puede ocurrir.

Una rendija se abrió hace apenas unos días. Las leves condiciones incorporadas en el Senado a la prórroga concedida hasta 2028 para la participación de las Fuerzas Armadas en materia de seguridad tienen un triple efecto. Son un pequeño contrapeso a la actuación militar sin rendición cabal de cuentas y un escalón para civilizar la seguridad; una oportunidad para reivindicar la política basada en la negociación y el acuerdo, no en la presión y la imposición; y una posibilidad de restarle rispidez a la relación del Ejecutivo con el Legislativo, así como a la de Morena con los partidos adversarios.

No reconocer la urgencia de restarle tensión al momento, reubicar el rol militar y ventilar la atmósfera, sólo llevará a ponerle fecha a los días críticos.

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