Sobreaviso

Tropiezos y futuro

Ahora son más los tropiezos que las zancadillas, en un entorno económico adverso. De ahí la importancia de aprovechar la convalecencia para que el presidente reflexione.

Si antes fueron más las zancadillas, ahora son más los tropiezos.

Cuatro errores colocan en un brete a la pretendida transformación nacional y el desenlace del sexenio: la precipitación de la sucesión presidencial sin resolverla; la radicalización de la postura cuando la oferta original era moderarla; el encumbramiento en el poder de cuadros no aptos para ejercerlo; y la resistencia a replantear la obra de gobierno, cuando la pandemia y la consecuente afectación económica exigen revisar las prioridades.

La rectificación ya no cabe. La tozudez sella la actuación, pero si el jefe del partido, el gobierno y el Estado no repara en la circunstancia, así como en los frentes innecesariamente abiertos, el final de su gestión podría no ser tan feliz, feliz, feliz como él quisiera.

Pese al dominio de comunicar sin informar, el presidente López Obrador ha perdido la capacidad de fijar la agenda. La circunstancia al interior y al exterior del movimiento que lidera y del gobierno que encabeza, lo ha llevado a pasar de la ofensiva a la defensiva y dar muestra ocasional de desesperación.

Si la precipitación del juego sucesorio le permitió al Ejecutivo borrar la supuesta tentación reeleccionista prohijada por sus adversarios y atemperar el daño derivado de la tragedia de la Línea 12 del Metro sobre Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard, ahora resiente sin resolver los efectos de ese lance. Costos que golpean la cohesión del movimiento, afectan la acción de gobierno y obligan a prestar atención a voces y acciones distintas, cuando micrófono y escenario formaban parte del imperio presidencial.

Si el mandatario quiso alivianar a Sheinbaum y Ebrard, incorporando como posibles sucesores a Tatiana Clouthier, Rocío Nahle, Juan Ramón de la Fuente y Esteban Moctezuma, al tiempo de descartar a Ricardo Monreal, el segundo efecto de la operación resultó contraproducente. Las secretarias y los embajadores no hicieron eco a la charada y sí, en cambio, el senador Monreal tomó conciencia de ella, al tiempo que la jefa del Gobierno capitalino y el canciller comenzaron a actuar ya no sólo en función de su responsabilidad pública, sino también de su legítimo interés político.

Cuanto más tarde el presidente López Obrador en resolver la sucesión o, al menos, en asumir la consecuencia, más elevados serán los costos para él, el gobierno y el movimiento. Por lo pronto, ahí está ya no el enfriamiento, sino la confrontación entre el jefe del Ejecutivo y el del Senado.

En el marco de esa tensión, a debate se han puesto dos temas que tocan el corazón del problema: la radicalización de los postulados del movimiento y el método de selección del candidato presidencial.

Si el mandatario ahora se declara de izquierda radical –valga la redundancia, de raíz– resuelto a no correrse al centro ni zigzaguear, olvida el discurso de campaña y el de toma de posesión, así como al original equipo ecléctico de colaboradores. Un discurso y una práctica plural con cuadros que le dieron votos y, más tarde, centro y equilibrio a su gobierno: aval de un cambio sin ruptura y no de una ruptura sin cambio. Puede ahora girar la postura, pero no ignorar que, así, rebasa el límite del mandato recibido y defrauda a quienes veían, en su primer posicionamiento, una transformación viable y nacional, por no decir, inclusiva.

En cuanto a la selección del candidato presidencial mediante encuestas, la falta de transparencia en el levantamiento de ellas y la nula publicidad del resultado, le han restado credibilidad al método. Ciertamente, era un recurso válido del cual ha echado mano más de un partido, pero sin crédito reponen el ‘dedazo’ con disfraz demoscópico. Lejos de acreditar y avalar el método en la designación de candidatos a los gobiernos estatales, Morena lo fue desprestigiando y, de cara a la sucesión presidencial, abrió la puerta a un conflicto superior a los ya vistos.

A la par de esos problemas, el descuido de la actuación de varios gobernadores encumbrados por Morena, solo o en alianza, iguala a ese partido al resto y a sus gobiernos con los anteriores.

Morena mide popularidad y percepción de sus candidatos y, cuando estos acceden al poder, no sólo se desentiende de ellos, sino los tolera y cobija así cometan fechorías. Hay al menos cuatro gobernadores y un exgobernador que deberían ser llamados a cuenta, pero dos descuellan: el de Veracruz y el de Morelos, Cuitláhuac García y Cuauhtémoc Blanco. Ni uno ni otro sabe ejercer el poder, pero sí abusar de él. Y sobre ellos o sus gobiernos pesa la peor expresión de la perversidad política: la sospecha de tener vínculos con el crimen o estar asociados con él.

Mal hace Morena al ocuparse por crecer su poder y despreocuparse del que ya acumula. Sinónimos de cobijar a quienes corrompen el poder son la complicidad o el encubrimiento. ¿Pues qué no se querían desterrar de raíz esas prácticas?

A la par de esos tropiezos está el adverso entorno –inflación con pobre o nulo crecimiento– y, por si ello no bastara, se ve el tejido de un nido de malestar.

Incumplimiento de promesas, falta de cobertura de necesidades vitales, hartazgo ante la hostilidad a centros de estudio, incertidumbre por certeza, asedio a instituciones en vez de reformarlas en serio, construcción de un tren sin rieles, procuración selectiva de justicia y, además, la extravagancia de solicitar la revocación del mandato para ratificarlo.

Eso no se arregla con una beca, como tampoco echándole la culpa al pasado del presente ni armando un caso espectacular que, por un instante, borre la ausencia de futuro. De ahí la importancia de aprovechar la convalecencia para preguntarse de nuevo: qué quiero y qué puedo. Salud, presidente.

COLUMNAS ANTERIORES

Entre disparos y disparates
La vida de los muertos

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.