Sobreaviso

Al pie de la tragedia

A menos de un mes de las elecciones lucrar con la tragedia en la Línea 12 del Metro, en medio de una atmósfera política enrarecida, puede descarrilar a la República.

Por la inseguridad, la enfermedad, la desigualdad y la pusilanimidad, el país convive con el sufrimiento y la muerte, como si de ello se pudiera hacer costumbre.

Son años de convivir acompañados por el ulular de las sirenas o el silencio de los sin voz y, lo peor, de las tragedias o las catástrofes engendradas por la naturaleza del poder o el poder de la naturaleza, la élite dirigente en su conjunto ha hecho el ariete de su discurso y práctica política para denostar al adversario en turno.

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La gente es útil a los partidos, aun después de muerta.

Si antes los muertos votaban, ahora se les busca sacar raja política, que rindan algo en las urnas electorales antes de olvidarlos en las urnas funerales, las fosas clandestinas o la mar de los desaparecidos y darlos debidamente de baja en el padrón electoral. Aunque estén inertes, que sirvan de algo a los muy vivos.

Ahora, sin embargo, en la descarnada lucha por el poder espoleada por las elecciones en puerta, se está yendo demasiado lejos. Mucho más allá del límite que, incluso, el exceso tolera. Lo sucedido la noche del lunes en la Línea 12 del Metro –una efeméride negra más en el catálogo y el calendario de la negligencia, donde cada partido tiene su capilla ardiente– marca un punto de inflexión, que obliga a reflexionar al pie de la tragedia.

Cuando frecuentemente la bandera de un país ondea a media asta y los dirigentes no saben guardar el luto ni reparar en lo que está ocurriendo, sólo cabe esperar peores tiempos.

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Con el acceso del lopezobradorismo al poder, el electorado ha agotado las opciones ofrecidas por el régimen de partidos y rendido los ensayos destinados a encontrar cánones de arreglo.

A lo largo de este siglo, la ciudadanía resolvió dar la oportunidad a las tres principales fuerzas políticas del país de alternarse en el ejercicio del poder, ensayar distintas fórmulas civilizadas de convivencia política a fin de superar la cíclicas crisis sexenales e intentar hacer del progreso ecuación del desarrollo compartido y no divisa del crecimiento concentrado en unos cuantos.

A la fecha, ninguna de esas fuerzas, ensayos e intentos han satisfecho la expectativa nacional. Por el contrario, la han defraudado. Los partidos no han hecho de la alternancia una alternativa, los ensayos (poderes divididos o alineados) han sido pervertidos y los intentos han sido ejercicios vanos o demagógicos.

Desde luego, puede parecer prematuro incorporar a ese resultado al lopezobradorismo estando a menos de la mitad de su mandato, pero no puede ignorarse que, como visto, los sexenios a veces no duran seis años y que el desbocamiento presidencial de las últimas semanas, así como el índice de la gestión no amparan la esperanza prometida ni la expectativa generada.

En tal circunstancia, sacar raja de los muertos –desdeñándolos o explotándolos– en aras de evitar o impulsar el voto de castigo, no supone necesariamente que en el anverso de ese voto haya un premio. Cuestión de ver cómo la pérdida parcial de la preferencia electoral por parte del partido en el poder no traslada en directo y automático una ganancia a los partidos opositores. Una porción de los votantes se corre a la categoría de los indefinidos –por no decir, decepcionados.

En la política, no siempre la pérdida de uno es la ganancia del otro. Ojalá así fuera de simple.

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En ese sentido, denigrar a la política y debilitar la democracia es atentado.

Rebajar el concurso electoral al torneo de aquellos son peores que nosotros, al más vale malo conocido que bueno por conocer o al aquellos acumulan más errores, al tiempo de no presentar propuestas, pero sí usar a la gente, la ciudadanía o el pueblo sin conmiseración ni el más mínimo pudor, es conducir al régimen de partidos y a la democracia por el sendero que lleva a un desfiladero porque, a fin de cuentas, las tres principales fuerzas han tenido su oportunidad.

El electorado ha probado a esos partidos y, por frivolidad irresponsable, corrupción voraz, dogma inamovible o la combinación de esos ingredientes, no ha obtenido la respuesta esperada. Y, entonces, el descreimiento en la política puede dar lugar a una situación socialmente explosiva y económicamente aún más complicada.

El agotamiento de la política como instrumento para conjurar conflictos y de la democracia para, en la pluralidad, resolver las diferencias es el caldo de cultivo del malestar y la desesperación que, en un ambiente polarizado y una atmósfera tensa como la prevaleciente, abre la puerta a la inestabilidad e incluso a la violencia, a la ruptura sin cambio y al pernicioso círculo de las crisis sexenales.

El cántaro se ha llevado muchas veces a la fuente.

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En ese ambiente y esa atmósfera más de una vez se ha visto cómo alguna tragedia, producto del azar o la negligencia, es la mecha que detona una carga explosiva no vista o vista pero no calibrada en su justa dimensión.

Llámese Las Cañadas, guardería ABC, autodefensas, sismo, Ayotzinapa, huracán, pandemia, Línea Dorada… esas tragedias han llegado a provocar heridas políticas de muy difícil cicatrización que, a veces, constituyen el desahucio de un sexenio. De ellas y de las víctimas, los partidos han hecho ariete para golpear a su adversario, sin importarles la gente ni la política o la democracia.

A menos de un mes de las elecciones jugar a lo de siempre, en medio de una atmósfera política enrarecida, puede descarrilar no al convoy de las expectativas, sino a la República. Es, pese a la hora, momento de reflexionar al pie de la tragedia, respetar a quienes perdieron la vida, apartar de nuestra compañía a la muerte, acallar a las sirenas y oír a quienes nunca se escucha.

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