Las últimas semanas del segundo año de Claudia Sheinbaum en la Presidencia han dejado una pregunta que no estuvo en el discurso del segundo informe, pero que es mucho más importante que cualquiera de las cifras que dio ayer a media mañana: ¿quién manda en Morena? La respuesta formal es sencilla: Sheinbaum. La respuesta política es bastante más complicada, porque Morena no nació como un partido institucional, sino alrededor del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, que no construyó un movimiento que sobreviviera a su fundador, sino uno cuya cohesión dependiera de su autoridad.
Era el diseño de un Estado débil, al que Sheinbaum contribuyó sin ver las consecuencias a largo plazo, que hizo al expresidente transexenalmente poderoso, pero produjo una contradicción: si bien López Obrador se fue de Palacio Nacional, el modelo de poder no se fue con él. Controla al partido, pero no al gobierno, una situación de mando bicéfalo que explica buena parte de lo ocurrido en las últimas semanas, en particular con el episodio de Rubén Rocha Moya, que expuso el cáncer del régimen, la ausencia de una cadena de mando política claramente reconocida dentro del movimiento.
Rocha Moya fue un punto de inflexión para la presidenta. Sin considerar la ruptura con su mentor y jefe moral, entró en la disyuntiva de quién manda aquí, quién tiene la responsabilidad y quién pagará los costos si fracasa. Será ella la que pague la factura. El cierre del segundo año de gobierno dibujó un parteaguas sexenal, porque si no ajusta, corrige y asume el mando único, podría ser el final de su mandato, no constitucionalmente, sino en la sumisión del poder.
La presidenta tiene que cambiar las formas y la toma de decisiones. No puede no saber –y menos admitirlo–, que no está enterada de los delirios de Andrés López Beltrán, o de la gobernadora que se ha ofrecido como colaboradora de Estados Unidos, ni de la que voló en aviones de sus proveedores. Tampoco que ignoraba que Argentina iba a regresarle al marino huachicolero, y que dos acusados de trabajar con el Cártel de Sinaloa, como Rocha Moya, están cantando en el norte a cambio de información.
Ya no puede haber desobediencias flagrantes, como la de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México –porque pensar que es autónoma es una ingenuidad–, que se resiste a despedir a su secretario de Gobierno por inepto, como se lo ha pedido, ni aceptar berrinches como los de su consejera jurídica, que, después de cometer errores cuyos costos recayeron en ella, rechazó, hasta ahora, la salida de Palacio Nacional a la candidatura en la alcaldía de Coyoacán, porque se le hacía poco. Tiene que recuperar el poder presidencial sobre sus coordinadores parlamentarios, y que otros liderazgos de Morena no la ignoren.
Sheinbaum ha tenido que gastar capital político para apagar los incendios provocados por su propio partido, porque su partido no es capaz de procesar las ambiciones de sus militantes, ni resolver conflictos y establecer reglas. No se puede decir que exista una anarquía, porque no la hay. Lo que existe es el poder dual en el que las decisiones se toman en dos lugares que tienen diferentes objetivos. La presidenta se olvidó de lo que hace dos semanas parecía un recálculo de su gobierno, cuando en el contexto del intento de Rocha Moya por regresar a la gubernatura, dijo de manera cáustica: “por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la nación”.
Aquello quedó sepultado. “No se equivoquen”, dijo ayer. “Aquí no hay divisiones; no hay rompimientos”. Previamente Sheinbaum había hablado de una transformación que tenga valores morales, cuyos militantes sean honestos y austeros. Pero palabras sin consecuencias a los violadores de sus principios, ni inhibición provocan. De ahí que le sigan disputando el poder los obradoristas, que son los únicos que han mostrado su desprecio e irrespeto a la presidenta.
La carrera por las gubernaturas del próximo año lo está demostrando. La presidenta tiene sus candidatos, pero López Obrador tiene los suyos, que son diferentes. Nadie sabe con certeza quién tiene la última palabra, pero hay precandidatos impulsados por Palacio Nacional, que han optado por consultar con López Obrador para que no se les atraviese, como sucedió recientemente con los claudistas en Quintana Roo. La lucha es por recuperar el control político de un partido que durante años tuvo un solo árbitro, que es donde surge todopoderosa la figura de López Obrador, que no necesita estar en Palacio Nacional para seguir siendo un factor de poder.
Su influencia no depende solamente de instrucciones directas, sino del peso que se le asigna, en el cruce de mensajes, a sus instrucciones, como sucedió con Rocha Moya.
No hay gobernadores claudistas, aunque varios se estén inclinando por la presidenta, que está viendo traiciones en varios de ellos, como Alfonso Durazo en Sonora, a quien responsabilizan en Palacio Nacional de haber convencido a Luis Donaldo Colosio, de Movimiento Ciudadano, de cambiar Nuevo León por Sonora para ir por la gubernatura.
La disputa por las candidaturas a gobernador está siendo mucho más que una selección de candidatos. Es una prueba de fuerza entre el proyecto de Sheinbaum y el legado político de López Obrador. Es la necesidad de candidatos que respondan al proyecto presidencial, y la necesidad de los grupos obradoristas de preservar posiciones, territorios y capacidad de influencia. Estas batallas no tan soterradas, tienen nombres y apellidos, pero, en el fondo, son por el control territorial del movimiento.
Sheinbaum envió un mensaje a la militancia de Morena el fin de semana en la plenaria de legisladores, donde la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, uno de los enlaces de la presidenta con López Obrador, advirtió que ninguna candidatura podía estar por encima de la estabilidad del país. Fue una señal de que las reglas empiezan a cambiar, aunque el problema es que las reglas no están suficientemente institucionalizadas. Se anuncian desde el poder y se aplican dependiendo de quién sea el destinatario. Ese es el verdadero déficit de Morena. No le falta poder. Le sobra. No le faltan votos. Le sobran. No le faltan dirigentes. Hay demasiados. Lo que le falta es una institución partidista capaz de sobrevivir a su fundador. Y ahí es donde el segundo tercio del sexenio, tras su mensaje, está en duda de que sea diferente al primero.