Construyendo

La transición energética no cabe en una cumbre

En Nueva York se desarrolla Climate Week, con gobiernos, empresas, financieros y especialistas discutiendo cómo acelerar la transición hacia una economía más electrificada y menos intensiva en emisiones.

Hay semanas en las que el mundo parece concentrar todas sus conversaciones importantes en unas cuantas ciudades. Esta es una de ellas. Mientras en Washington se reúnen los presidentes de Estados Unidos y China para hablar de comercio, tecnología y minerales críticos, en Nueva York se desarrolla Climate Week, con gobiernos, empresas, financieros y especialistas discutiendo cómo acelerar la transición hacia una economía más electrificada y menos intensiva en emisiones.

Pero hay algo que me parece particularmente interesante en todo esto, y es que la transición energética no cabe en una cumbre. Las cumbres pueden establecer acuerdos, orientar políticas, movilizar recursos y construir consensos. Pero ninguna de ellas instala un panel solar, fabrica una batería, construye una línea de transmisión o electrifica una industria. La auténtica transición ocurre cuando esas decisiones se convierten en infraestructura.

La Agencia Internacional de Energía acaba de analizar la posibilidad de que la electricidad llegue a representar 35% del consumo final mundial de energía para 2035, un objetivo que considera ambicioso y difícil, pero al alcance si se acelera la adopción de tecnologías competitivas. También advierte que será necesario expandir rápidamente las redes eléctricas, el almacenamiento y el acceso al financiamiento. Y ahí está quizá la parte menos visible de la conversación climática.

Hablar de electrificación significa hablar de transformadores, subestaciones, redes de distribución, baterías, centros de control, sistemas de gestión energética, vehículos eléctricos, infraestructura de recarga y nuevas capacidades de generación. Y claro, significa también hablar de dinero, mucho dinero. Porque una transición energética que solamente pueden financiar las grandes economías corre el riesgo de convertirse en una transición desigual. Las pequeñas y medianas empresas, que representan la inmensa mayoría de las unidades económicas en muchos países, necesitan acceso a financiamiento y tecnología para participar en ella.

Y esto es especialmente importante para países en desarrollo. Podemos tener excelentes recursos solares y eólicos, talento, mercados y necesidades enormes de infraestructura. Pero si no conseguimos convertir esas ventajas en proyectos financiables y en infraestructura construida, seguirán siendo solamente oportunidades sobre el papel, u optimistas diapositivas de un Power Point®.

Por eso me parece que estamos entrando en una nueva etapa. La transición energética ya no puede entenderse solamente como un desafío ambiental. Es un desafío industrial. Es un desafío financiero. Es un desafío tecnológico. Y, sobre todo, es un desafío de infraestructura.

Incluso la geopolítica está cambiando alrededor de ella. China se ha convertido en una potencia extraordinaria en manufactura y despliegue de tecnologías limpias, mientras Estados Unidos y China compiten también por tecnologías estratégicas, inteligencia artificial, minerales críticos y cadenas de suministro.

Por eso, mientras los líderes negocian en las cumbres, hay otra conversación que debería ocuparnos mucho más, tendríamos que estar debatiendo si estamos construyendo lo que el futuro necesita, o nos estamos distrayendo en otros asuntos que nos apartan de ese camino. Porque la transición energética no se va a ganar con declaraciones. Tampoco con buenos deseos. Se va a ganar, o perder, en las fábricas, en los campos, en las ciudades y en las obras de construcción, justo ahí donde las decisiones de hoy se conviertan en la infraestructura de mañana.

Las cumbres pueden marcar el rumbo. Pero el futuro se construye en tierra firme.

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