Construyendo

La ingeniería también necesita alma

La ingeniería transforma al mundo. Ahora, con acceso a nuevas tecnologías, ¿quién está formando a los ingenieros del futuro? Sobre eso reflexiona Raúl Asís Monforte.

Vivimos una época tan fascinante como sorprendente para la ingeniería. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información, herramientas tan poderosas ni tecnologías con un potencial tan transformador. La inteligencia artificial, la robótica, los nuevos materiales, la biotecnología, la computación cuántica o la transición energética están redefiniendo la manera en que entendemos el mundo y construimos el futuro.

Sin embargo, en medio de esta aceleración surge una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿quién está formando a quienes habrán de tomar las decisiones que cambiarán ese futuro?

Con frecuencia hablamos de fortalecer las competencias técnicas de los ingenieros. Queremos que dominen las matemáticas, la física, la programación, el análisis de datos o el diseño de sistemas complejos. Todo ello es indispensable. Pero ninguna de esas capacidades responde, por sí sola, a una pregunta fundamental: ¿para qué?

La historia demuestra que la tecnología nunca ha sido buena o mala por sí misma. Todo depende de los valores, las convicciones y la calidad humana de quienes la conciben y la utilizan. Un mismo conocimiento puede servir para reducir la pobreza o para ampliarla; para proteger el medio ambiente o para deteriorarlo; para acercar oportunidades o para profundizar las desigualdades.

Por eso, la formación de un ingeniero no puede limitarse al desarrollo de habilidades técnicas. También necesita cultivar la empatía, la integridad, la sensibilidad social, la capacidad de escuchar, el compromiso con el bien común y la disposición para comprender realidades distintas a la propia.

Vivimos en un mundo que premia la velocidad, la eficiencia y los resultados inmediatos. Pero los grandes problemas

de nuestro tiempo, como el cambio climático, la pobreza, la escasez de agua, la desigualdad, la seguridad alimentaria o la transformación de las ciudades, no se resolverán únicamente con mejores algoritmos o infraestructuras más sofisticadas. Exigen también personas capaces de actuar con prudencia, responsabilidad y sentido de propósito.

Eso requiere una vida interior sólida.

No hablo necesariamente de una convicción religiosa, aunque para muchas personas esa sea precisamente la fuente de su fortaleza. Hablo de algo más amplio y profundamente humano, la capacidad de detenerse para reflexionar, reconocer la dignidad de cada persona, actuar con coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace, y mantener la serenidad cuando las circunstancias ponen a prueba nuestras decisiones.

Quizá esa sea una de las competencias más importantes que deberá desarrollar la ingeniería del siglo XXI. Porque las decisiones técnicas nunca son completamente técnicas. Siempre tienen consecuencias humanas.

Las universidades, desde luego, tienen una enorme responsabilidad. Pero también las empresas, los colegios profesionales, las familias y quienes ejercemos posiciones de liderazgo. Formar excelentes ingenieros no consiste únicamente en transmitir conocimientos; consiste en contribuir a la formación de personas capaces de utilizar ese conocimiento con sabiduría.

Al final, los puentes, las carreteras, las redes eléctricas, los hospitales o las plataformas digitales son únicamente el resultado visible del trabajo de un ingeniero. La verdadera obra siempre permanece invisible, y es el carácter con el que decidió construirlas.

Porque la ingeniería transforma al mundo. Pero solo una ingeniería con alma puede hacerlo sin perder de vista a las personas.

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