Las posibilidades de que Vladimir Putin invada Ucrania siguen siendo altas. Sin embargo, después de varias semanas de amagar con la invasión, el líder ruso parece dispuesto a una negociación diplomática. En el argot militar: Putin parpadeó y todo apunta a que se debió a la firme respuesta del presidente Joe Biden y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
El pueblo estadounidense no tiene estómago para una intervención militar en Ucrania para evitar la posible invasión de ese país por Rusia. Esto lo ha tenido claro el presidente Biden. Por tanto, no ha lanzado una amenaza que no podría cumplir. A la vez, no ha escatimado esfuerzos para fortalecer la alianza con la OTAN y dejar claro que Washington y sus aliados impondrán una serie de sanciones económicas que afectarán al invasor.
Lo particular de la amenaza rusa hacia Ucrania es que se da en un escenario mundial en el que Estados Unidos ha renunciado a ser el alguacil del mundo; dicho de otra manera, asistimos al final de la ‘paz americana’, el largo periodo de finales de la Segunda Guerra Mundial, de 1946 hasta 2020, en que Estados Unidos fue el hegemon, es decir, la gran potencia estratégica del mundo.
La hegemonía americana tiene dos grandes periodos, la Guerra Fría, desde 1946 hasta el derrumbe de la ex Unión Soviética, en 1989, y la pos Guerra Fría, de 1990 a 2020, en que Estados Unidos surge como la hiperpotencia mundial, pero ésta se desvanece en la última década por una serie de hierros: las invasiones a Afganistán, en 2001, e Irak, en 2003; la crisis hipotecaria financiera de 2008-2009 y la elección de Trump, en 2016, así como el surgimiento de China como la gran potencia económica y estratégica de Asia.
La paz o hegemonía americana resultó en un periodo de cerca de ocho décadas de extraordinaria paz y estabilidad. Se expandió como nunca el modelo estadounidense: mercados y democracia. Desde luego, no han estado ausentes los conflictos y las amenazas, pero nada como la Primera y Segunda guerras mundiales.
Es evidente que en este 2022, cuando Estados Unidos aparece en los escenarios globales en que se trata de dirimir la invasión de Rusia a Ucrania, ya sea Bruselas o Viena, Nueva York o Ginebra, aparece como un ‘emperador desnudo’. Nadie le teme a Washington porque se sabe que ha ido renunciando a su poder de solventar los conflictos en todos los rincones del planeta; porque sus elites y su pueblo ya no están dispuestos a gastar en mantener las fronteras abiertas y fondear a las instituciones internacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC) o la misma ONU, pues Trump y los conservadores han vendido el cuento de que “los aliados nos han visto la cara”.
A Biden se le puede apreciar por sus loables esfuerzos de vigorizar sus alianzas tradicionales, pero no se le puede tomar muy en serio, pues es evidente su debilidad interna y que el caudillo del aislacionismo americano, Donald Trump, acecha de nuevo la Oficina Oval.
Considero que la amenaza de la invasión a Ucrania le dio a Biden una rara oportunidad: demostrar que tiene la visión, el equipo y la destreza diplomática para subirle los costos a Putin. Y se ha abocado sin cortapisas.
Insisto, no se puede descartar la invasión de Rusia a Ucrania, pero cuando menos se esperaba, Biden, a quien Trump tildaba de dormilón, ha dado una lección de firmeza y destreza diplomática.
Más aún, si Putin sigue parpadeando y no invade a Ucrania, podría significar un inesperado triunfo de Biden en un año electoral. Sería paradójico que Putin apuntalara a Biden en vez de a su inquilino favorito de la Casa Blanca, Donald Trump.