Apuntes Globales

Biden transformador

Biden está sorprendiendo a propios y especialmente vapuleando a los republicanos, dice Rafael Fernández de Castro.

Quién iba a imaginarse que un débil candidato demócrata, un político de 77 años, quien ganó la elección a Trump literalmente porque a éste se le atravesó el coronavirus, esté siendo un presidente transformador. No se veía en Estados Unidos un Ejecutivo tan efectivo desde Franklin D. Roosevelt (1932-1943) o el primer periodo de Lyndon B. Johnson (1963-1965).

Con Joe Biden regresó el Estado al vecino país del norte. Ya logró que el Congreso le aprobara, sin bajar un dólar de su petición inicial, el paquete de rescate para el coronavirus –1.9 billones de dólares, equivalente a 10 por ciento del PIB–. Este paquete tiene más de 60 por ciento de aprobación popular e impactará al crecimiento de Estados Unidos y de paso al de México. El PIB del vecino crecerá entre 2 y 4 por ciento más para llegar a cerca de 7 por ciento y esto impulsará nuestro crecimiento en más de 1 por ciento vía mayores importaciones.

No conforme con eso, el presidente Biden quiere que el Congreso le apruebe un paquete de infraestructura –la ley de empleo– que sería la más importante transformación pública desde el plan carretero de Dwight (Ike) Eisenhower (1953-1961). Se trata de un paquete amplio de infraestructura con cuatro grandes componentes: 1. Infraestructura para transportación, 621 mil millones de dólares; 2. calidad de vida en vivienda, 650 mil millones de dólares; 3. cuidados para gente mayor con precondiciones de salud, 400 mil millones de dólares; y 4. desarrollo e investigación y manufacturas, 300 mil millones de dólares.

Los republicanos están desesperados, enojados y acorralados. No obstante que los 50 senadores republicanos votaron en masa en contra del paquete para el coronavirus, Biden se salió con la suya. Y se espera que vuelva a hacerlo con el paquete de infraestructura. Los demócratas han encontrado una supervía legislativa –una reconciliación presupuestal– que impide a los republicanos bloquear iniciativas. Biden pasó 36 años en la Cámara alta, lo cual lo hace el presidente mejor preparado para lidiar con el Congreso desde el legendario Lyndon Johnson. Cuenta, además, con dos experimentados lugartenientes en el Legislativo –Nancy Pelosi (D-California), presidenta de la Cámara baja, y Chuck Schumer (D-Nueva York), líder de la mayoría en el Senado.

Los republicanos están empecinados en evitar otra victoria del mandatario. Estuvieron dispuestos a que se alargara el sufrimiento del pueblo estadounidense, pues le negaron el aumento para acelerar la vacunación y el desempleo. Y ahora, están dispuestos a seguir condenando al país a mantener una infraestructura obsoleta, literalmente de mediados del siglo pasado. Estados Unidos ha caído hasta el lugar número 13 en la lista de infraestructura que publica el Foro Económico Mundial.

La negativa republicana se ha centrado en señalar que lo que la administración ofrece “no es infraestructura” y está aprovechando para meter todo tipo de subsidios. Más aún, Mitch McConnel, el líder de la minoría republicana del Senado, señala que el paquete es “un caballo de Troya que enmascara toda una serie de alzas impositivas”.

Efectivamente, el mandatario está cometiendo un sacrilegio para los republicanos –incrementar los impuestos– para financiar infraestructura. Esta semana, la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, señaló que el plan es recortar los paraísos fiscales para lograr un incremento de 2.5 billones en impuestos.

Resulta que el impuesto a las corporaciones es de 21 por ciento y los demócratas intentarán regresarlo a 28 por ciento. Para un profesor de una universidad pública como yo, la Universidad de California, San Diego, a quien el fisco le deduce 44 por ciento de su sueldo (35 por ciento federal y 9 por ciento estatal), me parece descabellado que las grandes empresas paguen menos de la mitad que un empleado público.

Lo que Biden intenta lograr es que los más ricos, en vez de ahorrar sus ganancias extraordinarias, las pongan a trabajar para el bien público y financien la infraestructura de la que todos resultarán beneficiados.

En la posible aprobación o no del paquete de infraestructura está en juego el futuro de Estados Unidos. Si los republicanos se salen con la suya, el país vecino seguirá con una infraestructura cada vez más parecida a la nuestra o de otros países en desarrollo. Seguirá siendo un país de puentes y carreteras viejas y obsoletas y agua cada vez más contaminada.

Un ejemplo. Hay un tramo de la supercarretera de San Diego a Los Ángeles (freeway 5) que me recuerda a la carretera del Sol de CDMX a Acapulco: en reparación permanente.

Biden está sorprendiendo a propios y especialmente vapuleando a los republicanos. En sus primeros 100 días está erigiéndose como un mandatario transformador que, a pesar de los escasos márgenes políticos de maniobra, está imponiendo una agenda progresiva digna de los grandes demócratas como Franklin Roosevelt.

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