“El contexto hace la diferencia”, nos enseñó Dieter Nohlen. Cualquier reflexión sobre el tema de la autonomía universitaria debe tener en cuenta esa advertencia. No es lo mismo pensar y calibrar la importancia de ese atributo en contextos democráticos y favorables al pensamiento crítico que en contextos adversos a la libertad de pensamiento y de talante autoritario. La autonomía siempre será relevante pero no siempre estará amenazada.
Además existen eventos y circunstancias en los que el autogobierno universitario —atributo de la identidad autónoma— adquiere una relevancia especial. La renovación de los cuerpos directivos y en particular del cargo rectoral son el mejor ejemplo.
En la UNAM habrá cambio en la rectoría en escasos once meses y la coyuntura pinta complicada. Son muchos los riesgos y los desafíos que se deberán sortear.
El proceso rectoral se verificará en un momento en el que la UNAM no termina de superar problemas de gobernabilidad internos. Por causas diversas y no siempre del todo claras la normalidad académica no ha regresado del todo. Además existen problemas estructurales que siguen sin resolverse: la situación de las personas profesoras de asignatura, la precariedad del personal administrativo de confianza, la maraña regulatoria, la burocratización excesiva, por mencionar algunos. La autonomía debe ser una herramienta para superarlos desde adentro y no un pretexto para prolongarlos.
El contexto político nacional será muy complicado. Todos los procesos electorales lo son pero el que iniciará en 2023 y culminará en 2024 tiene particularidades que no me detengo a relatar. Me basta con referir que la designación de la persona que ocupará la rectoría de la UNAM se verificará en los albores del mismo y la persona designada lidiará con su ocaso y con sus efectos hasta 2027. Mantener y ejercer la autonomía universitaria será un deber irrenunciable.
A las universidades está llegando la generación de la pandemia. Personas jóvenes que vivieron en sus vidas tempranas una experiencia inusitada y brutal. Lo hicieron además en condiciones desiguales que impiden tratarles con el mismo rasero. Calibrar las implicaciones de esa situación y anticipar sus efectos con acciones de contención pero sobre todo de superación es el reto más grande que enfrentarán las instituciones de educación superior en muchas décadas. Si fallan y permiten que esa sea una generación perdida comprometerán en el mediano plazo a la sociedad mexicana en su conjunto. Sin hipérboles. En este frente la autonomía universitaria conlleva una responsabilidad ineludible.
Una agenda medular es la de género. Los reclamos que provienen de los movimientos feministas, la visibilidad y el reconocimiento que demandan las diversidades, la erradicación y en su caso sanción de las muchas formas de violencias son y deben ser prioritarias. En la UNAM se han hecho algunos esfuerzos pero son a toda luz insuficientes. La revictimización, la sanción a quien denuncia, los pactos patriarcales, la simulación institucional siguen estando presentes. La causa es una cultura centenaria arraigada y enraizada. Desmontarla es una tarea pendiente y permanente. La autonomía no puede servir como cortina para ocultarla.
El contexto global también es retador. No pienso solamente en las crisis geopolíticas, los conflictos bélicos, el calentamiento global y los muchos otros males de estos tiempos. También considero fenómenos ambivalentes como las transformaciones tecnológicas. La velocidad de las mismas es inversamente proporcional al pasmo pandémico. Es un vendaval que no va a detenerse y que, así como está grávido de oportunidades, conlleva costos medioambientales, desafíos sociales, dilemas éticos, problemas jurídicos, etcétera, insospechados. Las universidades —sobre todo las públicas— están llamadas a ser los recintos de generación de transformación tecnológica pero también de mecanismos y respuestas a los efectos colaterales de la misma.
Retos internos, vicisitudes políticas, secuelas de pandemia, cultura patriarcal y frenesí tecnológico delinean el contexto presente y futuro del gobierno universitario. Y el contexto hace la diferencia. Las personas que aspiren a la rectoría de la UNAM deben tenerlo presente. Ojalá.
Pd. Este texto es un resumen de mis palabras en el foro “Autonomía y Libertad Académica” en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del pasado 2 de diciembre.