Pedro Salazar

Lo que sigue

En los últimos días y de manera reiterada el presidente López Obrador ha embestido contra la UNAM. Lo ha hecho sin razón, pero con insistencia.

El tiempo es una dimensión flexible. Según sea la circunstancia, unos cuantos minutos pueden parecernos horas o unas muchas horas pueden escabullirse como si de un instante se tratara. Por eso es importante aprender a navegar en el devenir temporal de nuestra existencia. La pandemia nos enseñó que, gracias a las tecnologías, también la dimensión espacial se volvió virtualmente relativa. Aprendimos a coincidir en el presente estando a la distancia. Se trata de una nueva realidad insospechada antes de marzo de 2020.

La fecha es relevante porque confirma la tesis de la flexibilidad del tiempo. Han pasado veinte largos meses desde entonces y para muchas personas en el mundo han sido una eternidad, pero para otras apenas un suspiro. Eso depende de las circunstancias en las que se vivieron y de los eventos difíciles –por ejemplo, de enfermedad o pérdidas– en las que se experimentaron.

Ahora los semáforos epidemiológicos, los datos de contagios y muertes y, en una buena medida, el deseo y la esperanza nos invitan a pensar que asistimos al umbral de una nueva época. La crisis que condensó al pasado en el presente parece, por fin, abrir tímidamente las compuertas del futuro. Y, aunque no sabremos cómo será el porvenir, podemos suponer –y creo que auspiciar– que será distinto a la prepandemia y a la pandemia misma.

No sé si hemos aprendido las lecciones que esta época densa ha traído consigo, pero espero –y es solo eso, un augurio– que sabremos vivir más ligeros, cautos y solidarios que antaño. La Covid-19 nos ha enseñado que el frenesí cotidiano es tan innecesario como nocivo. Aprender a vivir generando círculos de armonía –entre las personas, con el medioambiente, con nosotros mismos– es el mayor reto y la mayor lección que esta experiencia puede dejarnos en el oído.

Por eso en lo personal repudio y lamento el encono que diversos actores –algunos muy poderosos– han venido sembrando en nuestra sociedad. Cuando más necesitamos sumar, restan. Las provocaciones, las descalificaciones, los epítetos que se profieren en contra de personas e instituciones necesarias y valiosas son un despropósito que abona en la descomposición y ruptura social cuando lo que necesitamos es cohesión y solidaridad. La pluralidad es fortaleza, pero la polarización es fractura. ¿Para qué azuzarla en una sociedad a la que ya aquejan las desigualdades, las discriminaciones y las violencias? No es verdad que lo que se hace es colocar sobre la mesa el fresco de la realidad que estaba escondido debajo del tapete; lo que se provoca es una intensificación dolosa y corrosiva de los males que lamentablemente nos aquejan desde hace décadas.

En los últimos días y de manera reiterada, el presidente de la República ha embestido contra la Universidad Nacional Autónoma de México. Lo ha hecho sin razón pero con insistencia. Desconozco los motivos y propósitos y me abstengo de especular en torno de ellos. Pero sí sé que se equivoca en sus dichos y supuestos. La UNAM no dejó de trabajar durante la pandemia y desde hace semanas –en el caso del Instituto que dirijo, desde hace meses– ha venido abriendo sus puertas y sus aulas de manera segura y paulatina. Así que la pandemia fue una explicación pero nunca ha sido un pretexto. Es verdad que ahora toca acelerar el paso, pero también lo es que nunca nos hemos detenido.

El titular del Poder Ejecutivo ha denostado nuestro quehacer al asociarlo con tradiciones conservadoras, neoliberales y burguesas. Nada más lejano a la realidad. La UNAM es reformista, plural y popular. No se trata –y no es mi intención ni está en mi ánimo– de entrar en una suerte de confrontación retórica con el presidente de todas las personas mexicanas, pero sí de advertir que es errado lo que ha dicho y, en esa medida, genera zozobra y confusión innecesarias entre la población en general y, sobre todo, entre las y los universitarios.

Quienes más me preocupan son las personas más jóvenes. Estudiantes que miran sus carreras universitarias con ilusión y libertad pero escuchan que, desde el poder, se infama a la institución en la que las cursan o pretenden cursarlas. Me pregunto con sinceridad: ¿por qué –para qué– sumar a la dura experiencia que han vivido en estos años el lastre de la descalificación al único vehículo de su esperanza? Se trata de personas muy jóvenes que, en su mayoría, provienen de las clases populares. Por ellas y por ellos tenemos que alzar la voz con claridad y sentido de responsabilidad. No se vale.

Todo indica que los meses –en realidad los años– por venir serán de esos que transcurren lento. Nuevos tiempos densos. Sugiero aprovecharlos para informar con la verdad, investigar con rigor, enseñar con pasión y seguir aportando conocimiento para cambiar a nuestro México en clave incluyente, igualitaria, justa y solidaria.

Debemos hacerlo sin autocomplacencias pero conscientes de lo que somos y con orgullo universitario.

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