Pedro Salazar

Los dilemas del regreso

El paso del semáforo sanitario naranja al amarillo es una buena noticia que volverá a alterar las dinámicas de vida de miles de personas de manera relevante.

En la Ciudad de México –me concentro en la entidad en la que vivo– se esperaba desde hace semanas el paso de semáforo sanitario naranja a semáforo amarillo. El tránsito entre uno y otro supondría y supuso una baraja de buenas noticias y de señales esperanzadoras.

Eso se potencia y amplifica en los estados que ya se encuentran en semáforo verde. Aunque los retrocesos, por desgracia, siempre son posibles, hoy podemos celebrar que los cambios de colores indican menos contagios, menos muertes, menos riesgo y menos sufrimiento. Ignorarlo o menospreciarlo sería errado.

Pero esa buena noticia volverá a alterar las dinámicas de vida de miles de personas de manera relevante. Por ejemplo –me concentro ahora en el lugar en el que trabajo–, para la mayoría del personal de la Universidad Nacional Autónoma de México supondrá un regreso paulatino, seguro y ordenado a sus instalaciones en las que trabajan.

Ello después de meses sin acudir a las mismas con todo lo que ello haya implicado en las diversas formas –y seguramente muy particulares– maneras de ajustar sus vidas cotidianas a los imperativos de la pandemia. Ello implicará, entonces, desacomodar ese acomodo para ajustar sus vidas de nuevo. Pienso que la manera de hacerlo será sensiblemente distinta a lo que viviamos antes de que todo esto comenzara.

El primer paso importante se dará en unos cuantos días cuando hayan transcurrido diez desde la declaratoria oficial de cambio de semáforo. A partir de entonces podrá acudir a las entidades y dependencias universitarias hasta el 30 por ciento del personal no vulnerable en horarios escalonados.

Pero las actividades universitarias presenciales solo se reactivarán hasta transcurridos días de la declaración de transición a semáforo verde. Siempre y en todos los casos el retorno será gradual y escalonado de conformidad con lineamientos y protocolos aprobados por el Comité de Seguimiento COVID-19 de la UNAM, que ha trabajado con seriedad e intensidad a lo largo de toda la pandemia.

Se dice fácil pero el reto es enorme y muy interesante. Se me ocurren algunos dilemas que habrá que sortear con creatividad, asertividad y prudencia. Comparto solo uno –imagino– también que podría ser aplicable a otras instituciones de educación superior grandes y complejas. Advierto que no me ocupo en este espacio de la docencia, porque es un ámbito que tiene dilemas propios, sino en las labores de extensión y divulgación universitarias.

Si pensamos en la difusión de la cultura, por ejemplo, la pandemia nos condujo por la senda de la virtualidad con velocidad y resultados notables. Miles de cursos, seminarios, conciertos, conferencias, etc., se mudaron de las aulas y auditorios a las plataformas digitales. El salto tuvo costos varios pero también trajo consigo bondades innegables.

Las dimensiones espacio y tiempo se dislocaron y, gracias a las tecnologías, talentos de todos los continentes –en las más variadas materias– se encontraron conectadas desde sus hogares ante miles de personas que tampoco han tenido que desplazarse del lugar en el que se encuentran para “asistir” a los eventos. De hecho, muchas personas que se dedican a la vida académica quedaron “atrapadas” en las plataformas e impartieron o participaron en más iniciativas que nunca antes.

Creo que el potencial de esa modalidad llegó para quedarse. El dilema es si se impondrá de forma única o dará pie a una forma híbrida –como la llaman algunos– en la que se volverá a las instalaciones para proyectar desde ahí los eventos de difusión (masiva) de la cultura. Nunca como ahora las universidades han podido y pueden seguir llegando a millones de personas que no pudieron llegar a ellas.

La cuestión no es menor y tiene muchas implicaciones. ¿Qué tipo de destrezas, personal e instalaciones se requieren para operar de esa manera permanentemente?; ¿es sensato seguir organizando congresos y seminarios en los que cientos de personas se desplazan para encontrarse en un auditorio?; ¿es indispensable que personas docentes o investigadoras –que no requieren de laboratorios, experimentos, instrumento o tareas de campo– residan en donde se encuentra su lugar de trabajo?

Desconozco las respuestas pero se me hacen cuestiones relevantes a las que tendremos que dar respuesta de manera inminente.

Pd. Dejo una idea suelta que trasciende a las universidades: ¿la vacunación puede ser un criterio para exigir –o en sentido opuesto exentar– a las personas trabajadoras para que acudan a sus centros de trabajo? Se me antoja para un seminario sobre salud, trabajo y objeción de conciencia.

Pd1. En fin, mucho para pensar y descansar un poco de las elecciones.

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