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Cuando el dolor no se ve (y cuando la terapia no alcanza)

La depresión y la ansiedad provocan la pérdida de cerca de 1 billón de dólares en productividad a nivel global, producto de jornadas no trabajadas, menor desempeño, mayor rotación y licencias médicas prolongadas.

Si alguien se rompe un pie, nadie pone en duda que debe detenerse. Se entiende la licencia, se activa el seguro y se justifica la ausencia.

Pero cuando lo que falla es la mente —ansiedad, depresión o estrés—, la reacción tiende a ser distinta: vergüenza, silencio y sospecha. El padecimiento pareciera cuestionable.

Y es que durante mucho tiempo, la salud mental ha sido tratada como un asunto privado y secundario, a lo que se suman prejuicios enquistados en la sociedad: la idea de que hablar de salud mental responde a una agenda “woke”.

Desde la política pública y la evidencia disponible, sabemos que esta diferencia de trato no es menor: condiciona la forma en que los sistemas de salud, las empresas y el Estado responden al sufrimiento psíquico.

El problema es que ignorar la salud mental tiene consecuencias económicas, sociales y de seguridad muy concretas.

Los datos económicos son claros: según la OMS, la depresión y la ansiedad provocan la pérdida de cerca de 1 billón de dólares en productividad a nivel global, producto de jornadas no trabajadas, menor desempeño, mayor rotación y licencias médicas prolongadas.

La misma OMS estima, además, que cada dólar invertido en ampliar el tratamiento de la depresión y la ansiedad puede rendir hasta cuatro dólares por la mayor participación laboral y productividad.

Es decir, invertir en salud mental no es solo un imperativo ético, sino una decisión económicamente racional.

Existe, también, un beneficio de la inversión en salud mental menos evidente, pero crucial: la seguridad.

Un estudio de American Journal of Public Health muestra que un mejor acceso a atención en salud mental para niños y adolescentes redujo en aproximadamente un 31% el riesgo de ingreso al sistema de justicia juvenil y en cerca de un 28% la reincidencia, especialmente en delitos graves.

La relación entre salud mental y seguridad pública suele omitirse, pero la evidencia muestra que atender el sufrimiento psíquico temprano reduce trayectorias de violencia y exclusión.

En México, este enfoque empieza a abrirse paso. Integrar la salud mental al sistema público y acercarla a la atención primaria es una señal relevante: reconocer que no es un servicio marginal, sino parte del bienestar general.

Pero la salud mental no solo se juega en el consultorio: la vulnerabilidad psíquica se agudiza, evidentemente, con salarios insuficientes o jornadas extensas, incluso antes de que alguien busque atención.

Si el entorno sigue siendo hostil, la atención clínica solo paliará parte del problema. Las condiciones materiales importan tanto como la terapia.

También importa cómo hablamos del tema desde el ámbito laboral y cotidiano. Durante años, admitir problemas de salud mental fue visto como señal de debilidad o incapacidad.

Pero ese estigma empieza a resquebrajarse. Para muestra, un botón: el presidente de Chile, Gabriel Boric, habló públicamente de haber atravesado una crisis de salud mental que incluso requirió hospitalización psiquiátrica, y aun así ejerció plenamente el cargo más alto de su país.

Este gesto rompe con la noción de que tener problemas de salud mental es incompatible con liderazgo o contribución social, y es que vivir momentos de depresión, estrés o trauma no son dolencias exclusivas de una generación o de una ideología: le puede suceder a cualquiera, a la CEO exitosa, al comerciante acaudalado, al obrero precarizado, a la ama de casa más meticulosa o al profesionista más preparado.

Tomarse en serio la salud mental es una decisión política fundamentada y racional, con impactos económicos, sociales y de seguridad. Implica invertir en atención primaria, revisar jornadas laborales, garantizar ingresos suficientes y fortalecer redes comunitarias de cuidado.

Así como nadie discute el derecho a detenerse cuando el cuerpo no da más, deberíamos asumir que cuidar la mente —y las condiciones que la sostienen— es parte central de cualquier proyecto de país.

Si tú, que lees esto hoy y estás pasando por un momento complicado, no dudes en pedir ayuda. Recuerda que los humanos somos animales gregarios, nos hacemos mejores y más fuertes en comunidad, y es que nadie debería enfrentar solo un problema que es social: la cooperación y el entendimiento mutuo nos fortalece y nos engrandece.

Que ser feliz se vuelva lo habitual y nunca más, una excepción.

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