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El efecto Mamdani: cuando el sentido común se vuelve política

En tiempos donde la desconfianza y el miedo parecen dominarlo todo, un joven de 34 años, hijo de migrantes, musulmán y sin respaldo de grandes corporaciones, logró ser electo alcalde de una de las ciudades más relevantes del mundo.

Hay momentos en los que la política vuelve a acercarse a lo que soñamos que sea: un acto de esperanza colectiva. Lo que ocurrió en Nueva York con la victoria de Zohran Mamdani es, para mí, uno de esos momentos.

En tiempos donde la desconfianza y el miedo parecen dominarlo todo, un joven de 34 años, hijo de migrantes, musulmán y sin respaldo de grandes corporaciones, logró ser electo alcalde de una de las ciudades más relevantes del mundo. Lo hizo con más de noventa mil personas voluntarias tocando puertas y hablando con sus comunidades. Lo logró sin prometer milagros, sino guiando a su gobierno por el sentido común.

Su mensaje resonó en todas las generaciones, a lo largo de los cinco distritos, entre quienes votaron por este outsider de la política norteamericana: la vida debe ser asequible. Que nadie tenga que elegir entre pagar la renta o comer. Que moverse por la ciudad no sea un privilegio. Que criar a una hija o cuidar a un adulto mayor no implique empobrecerse. Que el gobierno deje de ser un muro y vuelva a ser un refugio.

Congelar rentas, ofrecer transporte público gratuito, garantizar estancias infantiles universales, subir salarios, crear supermercados de barrio, pedir a los más ricos que paguen lo justo. Propuestas que en el contexto de Estados Unidos suenan radicales solo porque nos acostumbramos a lo absurdo. Mamdani recordó que no es “radical” querer vivir con dignidad: lo radical es que eso siga siendo inalcanzable para millones.

Pienso en lo que significa que en ese país, por décadas marcado por una visión individualista de la política, un joven de origen africano hable abiertamente de socialismo democrático.

Pienso también en su padre, Mahmood Mamdani, un intelectual que marchó por los derechos civiles en los años sesenta en Alabama y que fue encarcelado por defender la igualdad. Tiempo después, ante quienes lo acusaban de inmiscuirse en “asuntos internos de un país extranjero”, él respondió: “No es un asunto interno. Es la misma lucha por la libertad”.

Esa frase me acompaña. Porque también describe lo que está ocurriendo hoy: la política de cuidado no tiene nacionalidad. Mamdani no lucha solo por Nueva York. Lo hace por una idea de ciudad y de sociedad en la que cualquier persona, sin importar su origen, pueda vivir con tranquilidad, con derechos, con dignidad.

Desde México, su historia no suena lejana. Al contrario: resuena con fuerza. Cuando lo escucho hablar de una ciudad pensada para las personas, de transporte público digno, de políticas de vivienda, pienso en lo que se construye aquí, bajo el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum: un proyecto de nación que también busca poner en el centro a las personas, y no al mercado.

Donde cuidar la vida, la salud o la movilidad es una prioridad del Estado. “Por el bien de todos, primero los pobres”, resuena fuerte.

Este ejercicio de reconocimiento es darnos cuenta de que, aunque los contextos cambian, las agendas de bienestar están conectadas por la misma convicción: que gobernar es cuidar.

Porque, al igual que en Nueva York, en México y en América Latina se han dado pasos firmes en ese rumbo. Desde la reforma laboral que reconoció los derechos de las trabajadoras del hogar hasta la consolidación del sistema IMSS-Bienestar.

Mamdani habló sin miedo, sin adornos, sin concesiones. Y ganó. Ganó no porque dijera lo que convenía, sino porque dijo lo que muchas personas ya sentían, pero pocos se atrevían a convertir en proyecto de ciudad.

Y no está solo: en los Países Bajos, Rob Jetten impulsa una agenda climática con enfoque social. En Londres, Sadiq Khan aboga por una ciudad más habitable y justa, con vivienda asequible y transporte digno como derechos. En México, seguimos construyendo, con pasos firmes y una dirección clara, una política que defienda el bienestar y la prosperidad compartida como prioridad.

No se trata de idealizar liderazgos individuales. Se trata de identificar los puntos de encuentro entre quienes creemos que la política debe poner a las personas en el centro. Se trata de tejer una comunidad global de esperanza, donde lo que sucede en Nueva York inspira a Medellín, y lo que pasa en México puede resonar en las calles de Chicago.

Porque cuando la esperanza se organiza, el cambio deja de parecer imposible.

Y claro, ningún liderazgo transforma la realidad por sí solo, ni de la noche a la mañana. Pero sí pueden abrir camino, encender conversaciones y devolvernos la certeza de que otro rumbo es posible. Como dijo Mamdani al cerrar su discurso: “This is just the beginning”.

Y estoy seguro de que es cierto… esto apenas comienza.

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