De altura, y hasta brillante, la postura del presidente López Obrador ante Joe Biden, aunque tiene un inconveniente: son palabras carentes de credibilidad.
No se puede confiar en un Presidente que dice una cosa y hace otra.
Sus palabras pueden ser brillantes o un disparate, según quien le haga el discurso: algún funcionario de la Cancillería o Pedro Miguel.
En la relación con Estados Unidos y Canadá lo que cuentan son los hechos. De ahí que la prensa de esos países hayan, prácticamente, ignorado la cumbre entre los líderes del mayor bloque comercial del mundo.
Tiene razón el presidente López Obrador en su reclamo a Biden por el abandono de Estados Unidos a su zona de influencia natural, América Latina.
El principal socio comercial de Sudamérica no es Estados Unidos, sino China.
Ahora bien, cuando López Obrador le pide a Biden “terminar con ese olvido, ese abandono, ese desdén, opuesto a la política de buena vecindad”, ¿en nombre de quién habla?
Si lo dice como presidente de México no sólo está equivocado, sino que es injusto.
Cuando México ha caído en crisis profundas, ha contado con la mano tendida de Estados Unidos.
En la terrible época del disparo de la deuda externa en que incurrieron los gobiernos populistas, que la hacía impagable, el gobierno mexicano pudo negociar un acuerdo extraordinario con la banca internacional, con el respaldo de Estados Unidos. Nos salvamos de la quiebra.
La experiencia populista nos enseñó que ser un país que depende de un solo producto, el petróleo, era jugar a perder con la estabilidad de la economía.
Entonces el gobierno de México negoció con éxito un Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ampliamente ventajoso para nuestro país, que nos sacó de ser monoexportadores de una materia prima. Las manufacturas y la producción agrícola pasaron a ser el principal motor de la economía.
Se contó con el apoyo de los presidentes de Estados Unidos, Bush y Clinton, aun a costa de su popularidad, para firmar el TLC.
La crisis conocida como “el error de diciembre” se superó gracias a un crédito puente del gobierno de Estados Unidos (que no llegó a usarse, pero brindó certeza a la capacidad de pago de México) y al empuje del sector exportador que irrumpió gracias al Tratado de Libre Comercio.
Vino el pésimo manejo de la pandemia en 2021, la actividad económica se vino a pique, y vastas regiones del país se salvaron de padecer hambruna gracias a las remesas que llegaron de Estados Unidos.
El gobierno de Biden apoyó a empresas y a personas, sin excluir a trabajadores extranjeros, legales o indocumentados.
¿De qué abandono habla López Obrador?
Tiene razón el presidente de México al subrayarle a Biden que Estados Unidos debe cooperar más activamente en el desarrollo de América Latina.
Desde luego que el subcontinente requiere inversión para el desarrollo, y Estados Unidos es el vecino solvente que puede hacerlo.
Ahora bien, ¿comercio sin principios?
¿Invertir y comerciar sin importar Estado de derecho, democracia, respeto a las minorías y a los derechos humanos?
Estados Unidos se equivocó con China al abrirle todas las puertas del libre comercio sin exigir garantías democráticas, y contribuyó a inflar un monstruo.
Además, ¿por qué pide AMLO para América Latina lo que no desea para México?
Inversión, comercio. Excelente.
Miles de millones de dólares en inversión extranjera fueron devueltos o rechazados por el gobierno de México al cancelar el aeropuerto en Texcoco. AMLO escuchó a José María Riobóo y a su ego.
Se quiso bloquear gasoductos ya construidos por empresas internacionales, con el argumento falaz de que eran “convenios leoninos”. Lo hizo el Presidente porque escuchó a Bartlett y no a Carlos Urzúa.
Bloqueó la inversión millonaria de la cervecera Constelation Brands en Baja California, porque tal vez escuchó a Pedro Miguel, llamó a consulta popular y acabó con una inversión ya hecha.
Amenazó a los inversionistas en energía eólica pues, dijo, los molinos afeaban el paisaje de La Rumorosa. Seguramente de eso habló con los moneros que lo asesoran en sus decisiones políticas.
Vía leyes secundarias, el Presidente y su partido realizaron una contrarreforma eléctrica que paraliza la inversión de miles de millones de dólares en energías limpias.
Eso es obstaculizar el desarrollo.
Y violar el T-MEC, la Constitución y exponer a México a paneles de controversia que nos llevarían, otra vez, a una crisis económica por la incertidumbre y las sanciones.
¿O a qué cooperación se refiere el Presidente?
Por lo visto, tal vez habla de dinero regalado.
¿Para seguir destruyendo ecosistemas en la selva maya e introducir un tren?
¿Para seguir tirando el dinero al barril sin fondo llamado Petróleos Mexicanos, por la aversión suya y de Rocío Nahle a la inversión privada en el sector?
¿Para la refinería que se construye sobre un pantano, que cuesta 10 veces más que adquirir una en Estados Unidos, ya funcionando?
¿Regalar dinero a Venezuela para que se lo robe la narcodictadura de Nicolás Maduro y sus generales?
¿Darle a Ortega en Nicaragua, que encarcela a los candidatos opositores que le disputan la Presidencia?
¿O a la señora Fernández, para hacer producir las tierras que se robó en la Patagonia?
Sí, es cierto lo que dice el Presidente. Se necesita mayor presencia de Estados Unidos en la región, para promover el desarrollo, única forma se abatir la pobreza.
Aunque esas palabras no tendrán efecto porque López Obrador dice una cosa y hace otra.
Perdió credibilidad.
Nadie va a invertir (arriesgar su dinero) donde no hay certeza jurídica ni respeto a la palabra.