La vicepresidente de Estados Unidos más impopular que se recuerde, Kamala Harris, a partir de enero se quedará sin la única función relevante que ha desempeñado en dos años de gestión: emitir su voto de desempate en el Senado.
Con el triunfo del demócrata Raphael Warnock en la segunda vuelta de las elecciones para senador en Georgia, la nueva composición de la Cámara alta queda en 51 senadores para los demócratas y 49 para republicanos.
Hasta ahora se encuentra dividida 50-50, lo que hacía necesario el voto de la vicepresidenta Harris para romper el empate. Ya no será necesario.
La vicepresidenta ha estado perdida durante meses, aunque reapareció pocos días antes de las elecciones con Hillary Clinton y otros miembros prominentes de la plana mayor demócrata, para defender a los candidatos vulnerables.
Es la candidata natural del Partido Demócrata cuando termine el ciclo de Joe Biden en la Presidencia, y su jefe la mandó a la congeladora.
La única misión importante que le ha sido asignada hasta ahora es la frontera sur. Se acercó y regresó corriendo.
Cuando fue designada titular de la diplomacia migratoria para enfrentar el problema desde una perspectiva regional, estableciendo alianzas con México, El Salvador, Guatemala y Honduras, su equipo filtró que era una misión imposible, que parecía más destinada a verla fracasar que triunfar.
Vino a México y Guatemala, y no volvió a hablar del tema. Entendió que no hay manera de arreglar las cosas por las buenas mientras persistan gobiernos incompetentes que son expulsores de gente.
A los actuales gobernantes de la región, carentes de ideas para promover desarrollo, abatir la pobreza con empleos bien remunerados y disminuir la violencia criminal en sus respectivos países, les conviene que la gente emigre.
Para ellos, mientras más se vayan, mejor.
De esa manera llegan más remesas en dólares, producto del trabajo que los emigrados obtienen en Estados Unidos.
Así despresurizan los sistemas de salud y la demanda de servicios.
De tal manera que Kamala Harris recibió un encargo envenenado y se deslindó del manejo del tema migratorio en la frontera, que en efecto le correspondía al Departamento de Seguridad Nacional.
Para ser la primera vicepresidenta mujer, la primera de color y la primera de origen indio en llegar a la segunda oficina más importante del país más poderoso del planeta, es una triste paradoja que el presidente le haya asignado el papel de figura de ornato.
Y si quiere juego, la manda a la frontera sur.
La historia de Estados Unidos ha estado llena de vicepresidentes experimentados que, en la mayoría de los casos, han jugado papeles importantes como copilotos del comandante en jefe.
Joe Biden fue instrumental en las relaciones con el Congreso durante la era Obama. Richard Cheney, el vicepresidente de George W. Bush, tuvo un peso desmedido sobre la política exterior y la seguridad nacional. Albert Gore impulsó su propia agenda contra el cambio climático durante la era Clinton.
Harris, una experimentada abogada y ex fiscal general de California y exsenadora por ese estado, que desempeñó un papel combativo en la defensa de los derechos civiles en el Congreso, ha pasado con pena y sin gloria.
Un titular del New York Times del año pasado fue devastador:
¿Heredera aparente o idea de último momento? Las frustraciones de Kamala Harris:
“A los aliados de la vicepresidenta les preocupa cada vez más que el presidente Biden confió en ella para ganar, pero no la necesita para gobernar”.
“Sin un papel destacado en algunas de las decisiones más complejas que enfrenta la Casa Blanca, la vicepresidenta se encuentra atrapada entre las críticas de que se está quedando corta y el resentimiento entre los partidarios que sienten que la administración a la que sirve la está socavando. Y a sus aliados les preocupa cada vez más que, si bien Biden confió en ella para que lo ayudara a ganar la Casa Blanca, no la necesita para gobernar”.
La situación de la vicepresidenta no ha cambiado significativamente desde esa evaluación dolorosa.
Aunque sigue siendo la heredera natural de Biden, si éste no busca la Presidencia en 2024, su imagen de debilidad hará que otros demócratas prominentes se lancen a disputarle la nominación presidencial demócrata, y le ganen.
El gobernador de California derrocha dinero en promoción para su candidatura, y la popularidad de la gobernadora de Michigan crece.
Los demócratas, por lo visto, la dan por muerta.