Comienza un mes decisivo para Estados Unidos. Y lo que suceda de ahora al 8 de noviembre nos incumbe a todos.
Las elecciones de ese día, que ponen en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes, una tercera parte del Senado y 36 gubernaturas, definirán el futuro inmediato de Trump y del trumpismo.
Definirán también el futuro del Partido Republicano.
Sabremos si el “viejo y gran partido” logra desprenderse del tutelaje de Donald Trump y de su plataforma xenófoba, racista y antiinmigrante, o si profundiza su crisis de identidad que podría dejarlo arrinconado como un partido de blancos, sureño, sin posibilidad real de ganar la Casa Blanca.
Ahí está la razón por la que estas elecciones intermedias se han convertido en las más costosas de la historia, con una factura estimada en 9 mil 300 millones de dólares, como detalló la semana pasada el corresponsal de El Financiero en Washington, José López Zamorano.
Los republicanos han perdido el voto popular en la mayoría de las últimas elecciones presidenciales, incluidos los triunfos de George Bush Jr y Donald Trump, porque han alejado a las crecientes franjas de votantes independientes, suburbanos o nacidos en el extranjero.
Si los republicanos logran arrebatar a los demócratas el control del Congreso, convertirán a la Colina del Capitolio en el campo de batalla para ponerle freno a la agenda de Joe Biden y negarle cualquier triunfo legislativo hacia las elecciones de noviembre de 2024.
Por el contrario, si los demócratas retienen el control de la Cámara baja y del Senado, mantendrán una plataforma que les permitiría agregar otras victorias legislativas con una agenda de corte moderado.
Recientes encuestas distritales sugieren que los republicanos tienen mejores posibilidades de recuperar el control de la Cámara baja, pues sólo requieren ganar cinco curules adicionales a las que ya tienen.
En el Senado la perspectiva se ve diferente, con los demócratas que probablemente mantendrían la mayoría, debido a la selección de candidatas y candidatos republicanos que aquí hemos señalado como “impresentables”.
Ahí está el factor Trump y el futuro de esa corriente del Partido Republicano: son los candidatos financiados por el expresidente que ganaron las elecciones internas.
Su estrategia, discurso y credo es polarizar a los votantes con posiciones extremistas sobre temas como las armas, el aborto, la migración y la “gran mentira” del inexistente fraude electoral de 2020.
Otra baza para la subsistencia del trumpismo se encuentra en los estados. Si sus candidatos ganan las gubernaturas de Arizona y Pensilvania, tendría la posibilidad influir en la calificación de las elecciones presidenciales.
Eso pondría a Estados Unidos, en 2024, al borde de una nueva crisis constitucional de consecuencias incalculables.
Pero todo el escenario podría ser puesto boca abajo si se materializa encausamiento criminal contra Trump por parte del Departamento de Justicia, no sólo en relación con su papel en el putsch del 6 de enero de 2021, sino por la potencial comisión de delitos de espionaje y obstrucción de la justicia, por los documentos secretos extraídos de la Casa Blanca.
Esto último podría inhabilitarlo para cualquier cargo de elección popular por el resto de su vida.
La última audiencia de la comisión legislativa que investiga el putsch del 6 de enero estaba programada para el pasado miércoles 28 de septiembre, pero fue pospuesta debido al huracán Ian. Cuando se realice, en principio el 13 de este mes, podría ser determinante porque consolidará todas las evidencias contra el entonces presidente y su principal círculo de colaboradores.
Ahí hay algunas razones que hacen de este mes uno de los que tendrá mayores consecuencias para Estados Unidos en la era moderna.