Uso de Razón

… pero lo nuestro es pasar

Quizá la aportación más agradecible de Serrat fue habernos hecho, cual más cual menos, mejores personas de lo que habríamos sido sin él.

Caminó serenamente por la zona de camerinos del Auditorio Nacional, solo, sin la faramalla de un campeón rumbo al cuadrilátero, y subió al escenario para despedirse de miles de personas que han hecho de sus canciones compañeras de vida.

Es tentador, para seguir la letra de José Alfredo, escribir que terminó llorando a mares, pero no fue así, aunque estuvo a punto. Entrecerró los ojos en seis o siete ocasiones, se aguantó hasta donde pudo, pero salieron, discretas, lágrimas que secó con la palma de la mano. Nada de pañuelo blanco e intentar hablar cuando se entrecorta la voz y exagerar la emoción. Joan Manuel Serrat se despidió tal como ha sido siempre: un hombre auténtico.

Desde luego que se le nota la vejez, a un año y medio de cumplir los 80. Arrugas, canas, escaso de pelo y de andar extraño porque “tengo las rodillas hechas polvo”, rejuvenece al empezar a cantar. Baila hacia atrás, hay energía en su voz y gorgorea menos que hace años, cuando daba señales de que perdía la voz.

El público del miércoles era como él. La mayoría algo más joven quizá, pero no mucho. Vibran, se emocionan y se indignan con lo mismo, aunque voten diferente.

Millones se subieron al navío de Serrat en distintas épocas de sus 55 años de estar en los escenarios, en la radio, en la televisión, en discos long play de 33 revoluciones, CD, Spotify…

¿Cuántos viajes en el coche familiar fueron acompañados por las canciones de Serrat? Todos. Ahí íbamos, al volante, y con esos locos bajitos en el asiento de atrás, a los que también marcaron sus letras después de tanto oírlas.

Les pasó lo que a muchos de nosotros. En su corazón también aletearon “Mis gaviotas”, soñaron con volar, se les despertó la curiosidad por conocer el mundo, encontrarse con esa buena gente que danza y juega, esa que donde hay vino bebe vino y donde no hay vino, agua fresca.

Dos generaciones llevan influencia del cantante y compositor que se despidió, ni modo, para siempre. Y se fue con las muy mexicanas “Golondrinas”.

Quizá la aportación más agradecible de Serrat fue habernos hecho, cual más cual menos, mejores personas de lo que habríamos sido sin él.

Imposible salir indiferente luego de acercarnos a Antonio Machado, seguir su caminar por España, desde el huerto claro donde madura el limonero (aún existe, en lo que ahora es el Palacio de las Dueñas, en Sevilla) hasta cruzar la frontera francesa para morir días después de su madre, en el exilio, en un pueblo llamado Colliure, de cuyo cielo Matisse tomó el color azul.

Serrat nos acercó a Miguel Hernández, y nos estremecimos con la muerte de Ramón Sijé a manos del franquismo, e imaginamos el dolor del poeta pastor en una cárcel de Alicante, que busca consuelo en imaginar a su hijo que al octavo mes ríe con cinco azahares, y cae a lo más profundo al pensar que tarde o temprano rodarán dientes abajo buscando el centro.

El hijo del barrio de Poble Sec, en Barcelona, también nos hizo reír, sentirnos el ciudadano que va con los vientos en contra, los bolsillos temblando y el alma en cueros. O imaginarnos de fiesta, a la sombra de un farol en la noche de San Juan. Inventó personajes que quisimos como a familiares, el tío Alberto, currito el palmo que no hizo la mili por no dar la talla. Nos enseñó, con Whitman, que una hormiga es perfecta, igual que el grano de arena y el huevo del zorzal. Y compuso la que es, quizá, la canción más completa que se haya escrito en nuestro idioma en la segunda mitad del siglo pasado, “Mediterráneo”.

Tuvo, en el Auditorio Nacional, la sinceridad de mostrarnos en una pantalla lo que se ha añadido al alma profunda y oscura del Mediterráneo en estas décadas: africanos en balsas que buscan vivir o morir en su travesía hacia Europa, las cercas de púas que encierran a niños palestinos en campos de refugiados y las maravillas que se conservan en sus riberas.

Qué gran concierto de despedida. Fue todo un gesto de su parte rendir homenaje a la amistad. Recordó a Alberto Cortés. Abrazó y le dio su lugar tan merecido al maestro Ricard Miralles. Y eligió a dos de sus amigos para cantar con él en su despedida. El miércoles a Manuel Mijares, un artista ejemplar arriba y abajo del escenario, que se desempeñó con soltura y elegancia en lo que efectivamente fue para todos nosotros: “Hoy puede ser un gran día”. Y el jueves subió a ese himno a la tenacidad y la delicadeza, una inmigrante, Tania Libertad, con quien cantó “Es caprichoso el azar”.

Un apunte íntimo: desde la adolescencia seguí las canciones y entrevistas de Joan Manuel Serrat. De sus letras abrevé coraje para dejar mi pueblo blanco (que no me debe nada, al contrario: como la Ítaca de Kavanfis, me regaló un gran viaje) durante la dictadura de Pinochet, y descubrí un país complejo y maravilloso, que no cambiaría por nada. Pero nunca me atreví a conocerlo personalmente por miedo a que el artista fuera muy superior a la persona.

Un amigo común me alentó a saludarlo en Miami y el miércoles en el Auditorio Nacional. Le di las gracias y pude despedirme de él, a la manera de sus canciones: serena la mirada, firme la voz.

Cae el telón. Lentamente y no del todo, pues nos quedan su música y la sosegada resignación de que lo nuestro es pasar.

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