MIAMI, Florida.- Hoy Ucrania es un país que está siendo destruido mientras Rusia permanece intacta… pero sólo en la superficie.
Rusia no va a ganar la guerra.
Putin, a la cabeza de la segunda potencia militar del planeta, lleva tres semanas sin poder tomar Kiev ni mucho menos hacerse del control de ese país pacífico que se defiende de manera heroica.
En tres semanas, Bush tomó Bagdad.
En tres semanas Estados Unidos asumió el control del territorio mientras el presidente iraquí huía a esconderse en un hoyo, luego de presumir a un ejército armado hasta los dientes, entrenado en la guerra contra sus vecinos y preparado para pelear. A los primeros bombazos sus jefes y tropas salieron corriendo. Lo vi: pude entrar tranquilamente a los tanques abandonados del “poderoso Batallón Medina”, y subirme a lomos de un misil Scud que dejaron sin disparar en las puertas de Babel.
Por lo que se observa, Putin no va a ganar esta guerra. No puede con los ucranianos.
Su crueldad es proporcional a su impotencia.
Rusia tardará décadas en salir de la ruina económica en que la ha metido la locura de Vladimir Putin. Ucrania tendrá un Plan Marshall y su bandera será un símbolo de resistencia y libertad.
Vamos al presente.
Bloomberg informó la semana pasada que el PIB ruso perdió 30 mil millones de dólares y su economía caerá 9 por ciento en este año.
Para el Bank of America, la caída del PIB de Rusia será de 13 por ciento, y todavía más si se suspenden las compras de energía a ese país, como ya lo instruyó el presidente Biden en Estados Unidos.
Putin se está ahogando y su recurso es masacrar hogares, hospitales, refugios de mujeres, niños y ancianos. Ni así. Pide que le ayude China.
El miércoles el canciller ruso hablaba de que había “pasos a la paz”, mientras su aviación bombardeaba un teatro en la ciudad de Mariúpol que tenía cientos de refugiados adentro. Quedó en escombros.
También ahí bombardearon zonas residenciales, donde han matado a 2 mil 500 personas.
Al norte de Ucrania, en Chernígov, 10 personas que hacían fila para comprar pan fueron asesinadas con fuego aéreo ruso.
Tal vez tomen Kiev, o la destruyan, pero los rusos no van a ganar la guerra.
Lo explicó con claridad en The Washington Post el periodista Max Boot, autor de Ejércitos invisibles: una historia de la guerra de guerrillas desde la antigüedad hasta el presente:
Ésa es una historia que Putin debería conocer bien ya que Leningrado, ahora llamado San Petersburgo, es su ciudad natal, y su hermano murió en el asedio. La población murió de hambre, pero no se rindió.
Putin está haciendo que la vida de los civiles ucranianos sea un infierno, pero los combatientes ucranianos suministrados por Occidente pueden hacer que la vida de las tropas rusas sea un infierno en los próximos años, y se necesitarán más que unos ataques de misiles para cortar las líneas de suministro de Ucrania de sus vecinos de la OTAN (hasta aquí la cita de Boot).
El miércoles, en un discurso a través de Zoom, desde Kiev al Congreso de Estados Unidos, el presidente Zelenski convenció a la clase política de este país, que respondió con ayuda inmediata a Ucrania.
Les abrió el panorama a los legisladores con asombrosa sencillez:
“La paz en su país ya no depende sólo de ustedes y de su pueblo. Depende de los que están a su lado, de los que son fuertes. Fuerte no significa grande. Fuerte significa valor y estar listo para luchar por la vida de sus ciudadanos y ciudadanos del mundo. Por los derechos humanos, por la libertad, por el derecho a vivir dignamente y a morir cuando te llegue la hora, no cuando lo quiera otro, tu prójimo. Hoy, el pueblo ucraniano no sólo defiende a Ucrania, sino que lucha por los valores de Europa y del mundo, sacrificando nuestras vidas en nombre del futuro”.
Biden respondió en ese momento con 800 millones de dólares en misiles antiaéreos (800), 9 mil misiles antitanques, 7 mil armas individuales, drones ‘suicidas’, y 20 millones de balas. Eso se suma a los mil millones de dólares aprobados la semana pasada.
Fue lo que Zelenski pidió, como alternativa al cerco aéreo que no se puede hacer, pues implicaría guerra mundial y nuclear.
El apoyo con armas a Ucrania no es una acción guerrera, sino ayudar a defenderse a una nación libre y soberana, que está siendo destruida y sus habitantes asesinados, sin haber dado un solo motivo para sufrir la agresión.
Así es que ayudar a Ucrania a defenderse, contener al ejército de Putin y aislar al agresor para que no se vuelva a repetir, es un deber moral a estas alturas del siglo 21.
No sancionar a Putin con el argumento de “queremos buenas relaciones con todos los gobiernos”, o recriminar a quienes envían armas a Ucrania, es un mal disfraz para ponerse del lado obscuro de la humanidad. Del lado de Putin.
Hablo del gobierno mexicano, entre otros (muy pocos, por cierto).