Uso de Razón

Una guerra civil acecha a Estados Unidos

Las reformas electorales que han aprobado 19 estados de Congreso republicano son el ingrediente que le faltaba al pastel de la guerra interior. Está listo, sólo le falta la cereza.

MIAMI, Florida.- Hoy es día de asueto por el aniversario del natalicio de Martin Luther King y la clase política hará los homenajes de costumbre, sin atender que una guerra civil está en camino.

Se puede frenar, sí, pero se precisa voluntad política de las dos partes, y no la hay.

Las reformas electorales que han aprobado 19 estados de Congreso republicano son el último ingrediente que le faltaba al pastel de la guerra interior. Está listo, sólo le falta la cereza.

Y la cereza –es decir, el detonante– parece estar anunciada con todo y fecha: primer martes de noviembre de 2024, en las elecciones presidenciales.

Los republicanos, en sus estados, podrán anular las elecciones si pierden.

Y los votantes demócratas, si pierden por las nuevas disposiciones estatales que restringen el sufragio, no van a permitir que los gobierne una minoría.

Si la clase política no desactiva ahora la bomba, este país puede tener guerra, o secesión.

Habrá razones y medios para hacerla, en una nación donde hay más armas en manos de particulares (más de 400 millones) que habitantes en el país.

La guerra civil la ven venir los ciudadanos, y no los políticos. Algunos de ellos la desean.

Una encuesta de Zogby Analytics indica que 46 por ciento de los votantes piensa que Estados Unidos se encamina a una guerra civil (16 por ciento muy probable y 30 por ciento algo probable), contra 42 por ciento que no lo cree.

Entre las personas de 18 a 29 años, 53 por ciento ve probable una guerra civil y sólo 39 por ciento improbable.

Aquí hay un serio problema de inflación, una pandemia galopante y una crisis política. El país está dividido en dos.

Biden ha planteado soluciones urgentes para detener “la caída del cometa” (para usar el símil de la película tan comentada), pero los republicanos le han negado la sal y el agua.

Con la restricción para que personas mayores, negros y latinos ejerzan su voto, segmentos importantes de población vuelven a un estado similar al que existía antes del triunfo de la lucha por los derechos civiles que encabezó el pastor de Georgia.

La situación de por sí es mala.

Aquí la brecha económica entre blancos y negros es igual a la que había antes del asesinato de Luther King.

La riqueza promedio de una familia encabezada por un blanco es 10 veces superior a la de una familia que tiene por cabeza a un negro, con similar nivel educativo: secundaria terminada.

El desempleo es 100 por ciento superior en negros que en blancos.

Los negros son el 12 por ciento de la población del país, y constituyen el 33 por ciento de los presos.

Mueren, antes de cumplir un año de vida, 11.4 niños negros por cada mil nacidos vivos, frente a 4.9 niños blancos (esas cifras son peores a las que había a la muerte del reverendo King, y más desiguales incluso a las registradas en la época de la esclavitud, en 1850: antes de cumplir un año, morían 340 niños negros por cada mil, frente a 217 niños blancos por cada mil).

La discriminación en el crédito a las empresas fundadas por negros es insultante.

Por COVID (datos del primer semestre del año pasado) mueren 92.3 negros por cada 100 mil habitantes, en cambio mueren 45.2 blancos por cada 100 mil.

Y ante este escenario, los republicanos (más dos senadores demócratas), no conformes con bloquear el programa de infraestructura social del presidente, coartan el derecho al sufragio en sus estados.

La locura trumpiana que despliegan los republicanos, para dividir al país y tomar el control de las elecciones, encamina a Estados Unidos a una guerra civil.

En lo dicho: por donde pasa el populismo no vuelve a crecer el pasto.

Me lo dijo un viejo cubano, negro como el carbón y con algunas joyas de bisutería pobre, en una escalinata del parque del dominó en La Pequeña Habana de esta ciudad, cuando inicié la cobertura en Estados Unidos, el año antepasado:

“Este país ya está empingao”.

Tal vez no de manera irremediable, pero hacia allá va.

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